lunes, mayo 01, 2017

'BAÑO DE PUEBLO'

Niña en zona marginada.
Fuente: Google.com



Por Rogelio Ríos Herrán

Como parte del catálogo del colorido lenguaje político mexicano de otras épocas, darse un “baño de pueblo” implicaba para los candidatos en una contienda electoral recorrer colonias marginadas, zonas rurales paupérrimas, comer y poner buena cara a tacos y tamales que la gente les ofrecía en esas bien orquestadas giras populares.

La expresión se extendía también a funcionarios en el cargo: el Presidente de la República, los gobernadores, incontables alcaldes de ciudades y pueblos, diputados, directores de paraestatales, etcétera, quienes en busca de afianzar sus posiciones políticas presentes y futuras no dudaban en darse un baño de pueblo a la primera oportunidad que tenían, tomándose la foto abrazando a una abuelita y enfundados en sus pantalones de mezclilla.

La cobertura de los medios de comunicación siempre ha sido profusa en esos eventos, pues ofrecen en un solo paquete todo lo necesario para armar la nota: una figura pública relevante, discursos y frases para los titulares, abundantes fotos y videos, y al final la sensación de que se plasmó como noticia un acto relevante del día.

Así persiste hasta nuestros días la escenografía de los baños de pueblo en las campañas electorales y entre funcionarios de gobierno. De haberse concebido de otra manera, de existir realmente un contacto cercano y constante de los funcionarios y representantes con “el pueblo”, no habría necesidad alguna de darse baños ocasionalmente con algo que debería estar siempre presente en las consideraciones de los gobernantes: se gobierna para el pueblo, es decir, para satisfacer el interés público.

Y no habría necesidad alguna de coberturas especiales y grandiosas de los medios de comunicación. La información sobre lo que pasa y atribula a la sociedad provendría directamente de las personas y grupos, no de la mediación ficticia de los gobernantes.

Ahí estaría la verdadera razón de ser de la expresión “baño de pueblo”: dar voz a los que no la tienen para expresar sus posturas y opiniones sobre los asuntos públicos; dar espacio mediático a las voces genuinas de los ciudadanos, a sus anhelos y frustraciones, sin que necesariamente pasen por el filtro de los funcionarios públicos.

Hay un mundo allá afuera, vasto y diversificado, esperando a ser revelado a los ojos de todo México. Zonas urbanas y rurales extensas, cuyos habitantes luchan día a día para ganarse el pan, sostener a sus familias y educar a sus hijos. Muchachos y estudiantes cuyo horizonte de vida está limitado por sus escasos recursos, su entorno físico limitado, su paisaje urbano o rural francamente miserable, pero que en una buena parte mantienen un sólido optimismo sobre su futuro y sus posibilidades.

No leen periódicos, no ven noticieros, tienen un acceso difícil a internet, no pueden comprar caros smartphones ni costosas laptops, pero viven, trabajan y se divierten con mucho entusiasmo. No necesitan darse ningún baño de pueblo: ellos son el pueblo.

Las campañas políticas les pasan de lado, pues carecen de atractivo para ellos, les resultan aburridas y repetitivas. Sospechan que los políticos son rolleros y transas, su politización es mínima ante el imperativo de trabajar y ganarse la vida, y no los seduce realmente ninguna ideología.

Recorro grandes sectores del área metropolitana de Monterrey y me convenzo cada vez más de que no hay puentes, sino grandes abismos entre los políticos que nos gobiernan y la gente de las colonias populares, millones de personas que no sienten que sean esos políticos los que conocen y comprenden sus problemas ni los que irán a resolverlos.

Calles y más calles en mal estado, colonias y más colonias con casas grises de block apenas alegradas aquí o allá con alguna mano de pintura, parques abandonados, pandillas y asaltantes, drogas y alcohol a pasto, polvo y rutas de camiones inseguras, tardadas y caras, en fin, el paisaje de vida de quienes cada día ponen un pie al salir de sus casas para desde ese instante luchar contra las adversidades.


¿Baño de pueblo? Suena a broma cruel. Mejor vivan como el pueblo, a ver si así empiezan a comprender para qué sirve gobernar.

rogelio.rios60@gmail.com

miércoles, marzo 22, 2017

ATRAPADOS EN EL 2018

Fuente: Google.com

Por Rogelio Ríos Herrán

Como si no tuviéramos nada más de qué preocuparnos, los mexicanos nos metimos de lleno a la carrera por la sucesión presidencial del 2018 y casi nos olvidamos de todo lo demás.

Qué importan el calentamiento global, los mercados petroleros, la guerra de Siria, la crisis de refugiados que buscan llegar a Europa, las nuevas políticas migratorias de Trump, entre otras muchas cuestiones, si no tenemos ojos para nada más que tratar de adivinar quién será nuestro próximo Presidente de la República.

Todo se observa en función de la próxima elección presidencial: las elecciones en Coahuila y el Estado de México, el desempeño de Miguel Mancera en gobierno de la CDMX o de El Bronco en Nuevo León, los escándalos de corrupción, el golpeteo político intenso entre los partidos, etc.

Nada escapa a la fuerza de gravedad de la elección presidencial. Es como un hoyo negro sideral que todo se traga sin remedio y al cual hay que someter las voluntades y el pensamiento.

Es un terrible lastre del presidencialismo mexicano eso de hacernos creer que no hay nada más importante en México que la renovación sexenal del Ejecutivo federal, que sigue siendo el Señor Presidente la figura clave del sistema político, y que a su sombra -quién quite- quede algún familiar o amigo al cual podamos pedirle una chamba o algunos favores. Así funciona más o menos la lógica electoral de muchos mexicanos.

Parece como si nada valieran los avances de tres décadas en materia de reformas políticas y electorales, de empujar la agenda del acceso a la información y la transparencia, de construir un sistema electoral mucho más confiable que el anterior, y de elevar la causa de la defensa de los derechos humanos a niveles constitucionales.

Surgió en México desde los años posteriores a los trágicos eventos de Tlaltelolco en 1968, una nueva manera de percibir y actuar en la política, pero el peso de los factores más retrógrados del viejo sistema -la corrupción, la violencia y el autoritarismo-  y la fuerza de la figura presidencial, aunque muy disminuida, no han dejado de prevalecer en la mente de muchos mexicanos.

La maldición del sexenio -la de creer que México muere y nace cada seis años- sigue tan presente como siempre, como en el país de la época del presidencialismo triunfante y avasallador. Ahora, además, con la novedad de que cualquier Gobernador, apenas pone un pie en la silla de su estado, se siente llamado a glorias más altas: las de Los Pinos.

Así no se puede gobernar un estado, ni mucho menos un país. La conducción de los asuntos públicos requiere dedicación completa, vocación de servicio intensa y una integridad a prueba de los “cañonazos de 50 mil pesos” de la época de Álvaro Obregón.

Eso solamente para empezar, pues además son indispensables otras virtudes: tolerancia, mente abierta, sensibilidad social, cariño por el terruño.

Me duele decirlo, pero mi favorito para “la grande” del 2018 sigue siendo el abstencionismo, pues ningún candidato se acercará siquiera a lo que pudiera ser una cifra histórica de mexicanos que no acudan a las urnas ese año por diversas razones, pero que se resumen en un desencanto profundo con la política y los políticos en general.

Si bien las cifras indican que del 41.4 por ciento de abstencionismo en 2006 se pasó al 36.9 por ciento en 2012 (un nivel similar al de la elección del 2006, según cifras del Centro de Estudios Sociales y de Opinión Pública), el nivel de desprestigio de la clase política por los escándalos de corrupción a los ojos de los ciudadanos, además de otros factores, y la falta de rendición de cuentas ante la justicia, podría volver a elevar en el 2018 el voto de abstención a niveles cercanos al 50 por ciento para una elección presidencial.

El primer paso para revertir esta situación y el negro panorama que se vislumbra sería el de sacudirnos las telarañas mentales del presidencialismo y de la vieja cultura política mexicana. El relevo generacional de políticos y ciudadanos ya se está dando, a las mentalidades tradicionales las sustituirán las mentalidades modernas, pero nada garantiza que el proceso culmine con éxito.

Habrá que dar igualmente una extensa batalla para sacudirnos al “viejo régimen” que todavía nos quiere aprisionar en su discurso político y su presidencialismo obsoleto para poner en práctica una política moderna inclusiva, tolerante, sustentada en las normas democráticas y en el bien común. Ya estamos en el siglo 21, bien nos merecemos eso los mexicanos.

rogelio.rios60@gmail.com

domingo, marzo 19, 2017

De rodillas, no

Por Rogelio Ríos Herrán

No sé si justa o injustamente, pero prevalece en muchas personas la percepción de que el Gobierno mexicano no ha tomado una posición realmente firme ante los embates de la nueva administración de Donald Trump.

Escucho críticas por todos lados sobre que la postura oficial mexicana es “tibia”, que debería responderse con mucho mayor firmeza a los “insultos” y “agresiones” verbales de Trump, en fin, que tendría una figura gubernamental de peso que elevar una voz más crítica ante la Casa Blanca para recoger los agravios que muchos mexicanos sienten bajo el nuevo Gobierno estadounidense.

Pero difícilmente puede esperarse, por ejemplo, de Luis Videgaray o de Ildefonso Guajardo, secretarios de Relaciones Exteriores y Economía respectivamente y ambos con muchas tablas en la administración pública, que asuman posturas radicales con las cuales pondrían en riesgo su papel clave en las negociaciones políticas y comerciales con los funcionarios estadounidenses.

Otras voces de analistas y expertos en la relación bilateral México-Estados Unidos aconsejan, por su parte, recurrir al cabildeo intenso ante legisladores norteamericanos, litigar sin descanso en sus cortes, cortejar a sus ONGs, utilizar los foros de sus universidades como plataformas para difundir las posturas críticas de los mexicanos, en fin, tener la mayor presencia posible en los medios de comunicación y las redes sociales al norte de la frontera para reafirmar las posiciones y presentar los desacuerdos que en todo México se sienten, en particular, ante la política migratoria de Trump.

¿Cuál es el mejor camino con Estados Unidos? ¿Confrontar o convencer? ¿Aguantarse las ganas de reaccionar de inmediato con represalias de botepronto o guardar la compostura y tomar la ruta larga de una batalla de las ideas?

A la larga tendrá mayor impacto la estrategia de presentar y defender nuestros argumentos directamente ante la sociedad estadounidense, de convencerlos en su propio terreno y con argumentos sólidos de la justeza de nuestra causa (que se resume en que los mexicanos son muy valiosos para la economía y la sociedad de Estados Unidos, no unos criminales y violadores), que los beneficios de cualquier golpe temporal que por la vía de una represalia –comercial o de otro tipo- podamos asestar a las políticas de la Casa Blanca.

No olvidemos jamás una cuestión de fondo entre México y Estados Unidos: la existente asimetría o desigualdad de poder e influencia que subyace a la relación bilateral, la cual no desaparecerá como por arte de magia por los eventos que se susciten día a día entre ambos países.

La asimetría y la elevada concentración de nuestra economía hacia Estados Unidos no son realidades que benefician al poder negociador de los mexicanos, es verdad, aunque ciertamente no nos ponen de rodillas ante nadie.

Lo que digo es que no debemos perder la cabeza ante Donald Trump. Presidentes van y vienen tanto en México como en Estados Unidos y ninguno de ellos, por más ominosas que sean sus políticas, van a alterar un hecho fundamental: somos vecinos geográficos que viviremos por siempre uno al lado del otro, nadie se va a mudar a otra parte. Es mejor para todos, entonces, tratar de entendernos y de vivir en paz.

Una cosa es segura: elevar el tema de México a un lugar prioritario en la opinion pública estadounidense es nuestro principal reto, una batalla que se pelea con la fuerza de las ideas y de los argumentos  y que será posible de lograr si hacemos los mexicanos –como usted y yo- el gran esfuerzo de involucrarnos y participar activamente en ello, algo que siempre nos cuesta mucho trabajo.


De otra manera, si nos abandonamos a la inercia de las cosas, a dejar pasar lo que venga, pesará sobre nosotros el poderío de nuestro vecino del norte. Por lo menos, no nos pongamos nosotros mismos de rodillas, busquemos a quienes dentro de Estados Unidos son afines y solidarios con nuestras posiciones y peleemos por ese conducto nuestra batalla sin armas: el poder de la argumentación y del debate. A eso no nos podrá ganar nadie.

rogelio.rios60@gmail.com

viernes, marzo 03, 2017

Seducidos por el poder

Superman, el Hombre de Acero.
Fuente: Google.com


Por Rogelio Ríos Herrán


No deja de sorprenderme, aunque ya debería estar acostumbrado a ello, la transfiguración sorprendente que se ve en una persona una vez que pasa de ciudadano o candidato a asumir el poder al ganar –de la manera que sea- una elección.

No me refiero únicamente al caso emblemático de Donald Trump en Estados Unidos, el cual todos tenemos en mente en estos días, sino en general a cualquier gobernante de prácticamente cada pueblo o gran ciudad en nuestro país y en el Continente Americano.

Desde este punto de vista, Trump no sería más que otro caso de ebriedad de poder, de asumir casi como una conquista militar lo que debería ser una responsabilidad de gobernar para todos, es decir, de considerar a todos los sectores sociales, formas de vivir y de pensar diferentes, en un gobierno que fuera lo más incluyente posible.

Nada de eso se vislumbra en Estados Unidos. Washington es ahora la capital de los conquistadores del poder que pretenden gobernar por decreto, en lugar de la negociación legislativa, y que no dudan en cuestionar e insultar a los jueces si sus decisiones no les son favorables.

En mayor o menor medida, sin embargo, encontramos eso en la experiencia política más inmediata que percibimos a nuestro alrededor. El ganador se lleva todo, parece ser la consigna. No se toman prisioneros, los derrotados deben ser eliminados si ellos mismos no se hacen a un lado.

No hay interés alguno en gobernar con todos y para todos. Eso es retórica de candidato en campaña que no se aplica una vez logrado el poder.

Con todo ello la clase gobernante recién llegada se empobrece, se cierra las puertas a aprovechar la riqueza que proviene de la diversidad de opiniones y perspectivas sobre el gobierno, sobre lo que la sociedad espera de sus gobernantes ante los problemas que agobian a los ciudadanos y en vista de la incapacidad o ineptitud de las autoridades para resolverlos.

El abismo entre los gobernantes y los ciudadanos no se salva simplemente porque una camarilla sustituye a otra en el poder o porque el candidato demagogo y mesiánico logra ganar sorpresivamente una elección. Sea la Casa Blanca o el Palacio Municipal de Hualahuises, N.L., el dilema es el mismo para el ciudadano. ¿en qué me beneficia que tal o cual candidato gane si de todas maneras no va a resolver mis problemas, sino al contrario, los va a aumentar? ¿Qué diferencia hay entre los candidatos si una vez en el cargo todos ellos –sin excepción- resultan seducidos por el poder y se conducen con el menor sentido democrático posible?

Si, además, los ganadores son pintorescos –como Trump en Estados Unidos o Duterte en Filipinas e innumerables ejemplos en México- y la atención se desvía hacia sus ocurrencias y caprichos diarios, entonces los temas y asuntos que realmente interesan a las personas quedarán sepultados bajo una gran capa de frivolidades y poses de falsa bravura a las que se recurre para entretener al respetable público.

¿Cómo romper esa rueda de molino en la que el ciudadano arrastra a sus gobernantes? Con un voto mejor razonado, para empezar, que evite al máximo las sorpresas de candidatos super héroes que luego no saben qué hacer cuando llegan al poder, pero sobre todo con una actitud de mayor involucramiento en la vida pública -a través de partidos políticos u organizaciones ciudadanas- que vaya más allá de la acción de depositar un voto en la urna.

Exigir, demandar, vigilar y asegurarnos de que quienes gobiernen lo hagan para nosotros, no sólo para la camarilla de aliados y amigos de la que invariablemente se rodean y que saquean las arcas públicas. Eso sería un buen comienzo.

rogelio.rios60@gmail.com

lunes, febrero 20, 2017

Una memoria diplomática

Fuente: Google.com


Hillary Clinton
“Hard Choices”
New York: Simon & Schuster, 2014, 635 pp.

Disfruté mucho la lectura de las memorias de Hillary Clinton al frente del Departamento de Estado (2009-2013), una de las facetas más interesantes de su extensa vida pública.

No sólo porque el libro en sí mismo es un testimonio invaluable de su paso como jefa de la diplomacia estadounidense bajo las órdenes del Presidente Barack Obama, sino porque su lectura la empecé desde antes de que ella decidiera lanzarse por la conquista electoral de la Casa Blanca.

Que haya perdido la elección ante el paso del huracán Trump no le resta mérito al libro, al contrario, realza su valor testimonial y ayuda a tratar de descifrar algunos de los dilemas que todo Presidente estadounidense -y el propio Donald Trump, por supuesto- enfrenta en la arena internacional: la elección entre la defensa de los intereses de Estados Unidos por sobre sus ideales democráticos, la lucha por los derechos humanos aunque se apoye a gobiernos dictatoriales si los intereses de Washington así lo justifican, la definición de ayuda al desarrollo sin que conlleve implicaciones políticas, en fin, todas las “hard choices” (“decisiones difíciles”) que los mandatarios norteamericanos y sus funcionarios más cercanos enfrentan una vez que llegan al cargo.

No pierde interés el libro de Hillary por el hecho de que ella no hubiera sido electa para la Casa Blanca, pues en el fondo los dilemas que expone como parte de su labor diplomática están siempre presentes para cada nuevo gobierno. El arranque impreciso y errático de la administración de Trump exhibe una falta de preparación cuyos riesgos, como bien lo mencionara Clinton en su libro, debilitan la posición influyente de los Estados Unidos en los asuntos mundiales y crean un factor de inestabilidad con amplias repercusiones mundiales.

“La vida es toda sobre tomar decisiones. Nuestras decisiones y la manera en que las manejamos modelan a las personas en que nos convertimos. Para los líderes y sus naciones, pueden significar la diferencia entre la guerra y la paz y entre la pobreza y la prosperidad”, afirma Hillary.

Lo que se gana y se pierde en cada decisión tomada, los costos de lo que se dejó de hacer por seguir una senda determinada en lugar de otra, es algo con lo que los líderes de naciones y gobiernos tendrán que vivir para el resto de sus vidas.

Atinadamente, Hillary desglosa en cada uno de sus capítulos, dedicados a temas específicos o regiones y países, los dilemas a los que se enfrenta y su razonamiento para haber tomado tal o cual decisión de una manera que busque conciliar los intereses estadounidenses con sus grandes ideales democráticos. No siempre se pudo lograr ese delicado balance, según la crónica de Clinton.

Para los estudiosos de las relaciones internacionales y, en particular, de todo lo que sucede en la política norteamericana, las memorias diplomáticas de Hillary Clinton le proporcionarán un vistazo bien hecho y escrito sobre la diplomacia estadounidense actual, su concepción y formulación y los siempre presentes problemas en su implementación como política concreta.

Al libro lo complementan, además, una serie de fotografías de la labor diplomática de Hillary, algunas con líderes mundiales, pero sobre todo mostrando en ellas la atmósfera en la cual trabajaba la máxima encargada de la diplomacia estadounidense, una trotamundos que indudablemente dejó una huella profunda y un legado difícil de igualar o superar por sus sucesores en el Departamento de Estado.

Ojalá esta tradición anglosajona de escribir una memoria de los cargos y momentos por los que una persona atraviesa en su vida pública en Estados Unidos se replicara en América Latina, así tendríamos más oportunidades invaluables de conocer desde adentro, a través de la mirada de sus protagonistas clave, los valores y concepciones del mundo que impulsan la toma de las “decisiones difíciles” de nuestros líderes.

Gracias por el esfuerzo, Hillary.

rogelio.rios60@gmail.com


domingo, febrero 12, 2017

La buena vecindad con EU

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Por Rogelio Ríos Herrán

Toma mucho más que un cambio de inquilino en la Casa Blanca para descarrilar la bien cimentada relación bilateral entre México y Estados Unidos.

No se derrumbará, como un viento que deshiciera un frágil castillo de naipes, el entramado económico que mueve a las dos naciones, el que día a día impulsa los pistones que hacen andar los motores mexicanos y norteamericanos.

Vecinos por razones geográficas, históricas, estamos en México en una envidiable posición para negociar cualquier tipo de tema con Estados Unidos. Esa cualidad única entre los dos países trasciende a cualquier otra consideración o a los momentos conflictivos entre ambos gobiernos, como el que actualmente se vive en México con llegada de Donald Trump a la Presidencia estadounidense.

Por supuesto que es preciso resistir como nación la dureza de los embates políticos que nos llegan desde Washington, en primer término, el de la construcción anunciada de un muro que acabaría de cercar la frontera de 3 mil kilómetros, pero además los cambios inminentes en las políticas migratorias norteamericanas y su cantada preferencia por volver a épocas ya superadas de proteccionismo comercial tradicional y su rechazo a los acuerdos comerciales regionales.

Todo ello se habrá de combatir en todos los terrenos disponibles para los cuales no hay muros que valgan. Pero no veo que la forma adecuada de hacerlo sea la de permitir que los mexicanos nos embarquemos en una fiebre de antiamericanismo y de rechazo a todo “lo gringo”.

Protestar contra las políticas de Donald Trump es una cosa, perfectamente legítima y necesaria, pero no tiene ello que derivar en un rechazo ciego a todo lo que nos viene del Norte.

No debe ser así porque enterraríamos con esas actitudes el puente natural que ya existe entre las economías y las sociedades de México y Estados Unidos y que es nuestra mejor plataforma para lograr hacer oír nuestras voces ante el gobierno estadounidense.

En la sociedad norteamericana, en su diversidad y amplio espectro de posturas y principios, es donde podemos encontrar los aliados naturales que desde México tanto se necesitan para dar la “batalla de las ideas” en favor de mantener los más fluido posible nuestros intereses conjuntos como vecinos y como miembros de la América del Norte.

No se trata de rechazar al “gringo” nada más porque sí, como se ha hecho en otras épocas en México; al contrario, nuestra mirada debe abarcar y atraer hacia nuestra causa común a quienes desde la sociedad estadounidense cultivan y ponen en práctica las mejores prácticas democráticas y abrazan solidaridad entre las naciones, especialmente a quienes tienen que huir de sus países de origen por guerras civiles y violencia generalizada.

Eso no lo va a detener ningún muro.

rogelio.rios60@gmail.com


viernes, enero 20, 2017

Donald Trump, el monje y el hábito

Vista de la entrada a la Torre Trump en Nueva York.
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Por Rogelio Ríos Herrán

¿Le dará la investidura como el Presidente 45 de Estados Unidos a Donald Trump la respetabilidad que ha buscado en su vida personal y en su trayectoria profesional durante toda su vida?

¿Quedará atrás de él, una vez instalado en la Casa Blanca, todo el daño que como hombre de negocios sin escrúpulos causó a tanta gente que fueron socios, empleados suyos, clientes o competidores comerciales?

Como por arte de magia, ¿puede cambiar un hombre como Trump de ser, por decir lo menos, un pícaro en los negocios a convertirse en un Presidente que esté a la altura de la responsabilidad de gobernar a Estados Unidos y hacer que su país sea un actor responsable y una fuente de estabilidad en la arena internacional?

Dice la sabiduría popular que el hábito no hace al monje, y nada mejor se me ocurre para referirme al Presidente Trump, una vez que hoy 20 de enero de 2017 tome posesión del cargo.

Casi no hay en sus antecedentes profesionales algo que nos permita tener siquiera un poco de optimismo, alguna característica que alimente el beneficio de la duda que todo mandatario estadounidense merece al empezar su gestión.

Un día muy especial es hoy para Estados Unidos, es verdad, y no es el momento de arruinarle la fiesta a los republicanos, pero en la política se sabe desde tiempos antiguos que los errores se pagan muy caro. Y eso es precisamente el caso con Trump: no es de él la culpa de lo que dijo en campaña y lo que piensa hacer como Mandatario, sino de una sociedad y un sistema político que le permitieron increíblemente ganar la Presidencia de su país sin estar preparado para tal responsabilidad.

Es la sociedad estadounidense en su conjunto, su gobierno, sus legisladores, sus sistema electoral obsoleto, sus medios de comunicación vulnerables y manipulables, todo eso en su conjunto, lo que hizo que hoy llegue a la Casa Blanca un aprendiz de Presidente, justo cuando el cargo no permite a nadie que llegue a él una curva de aprendizaje. Ser un CEO no es suficiente para ser un Presidente.

Trump carece absolutamente de experiencia en la administración pública, no tuvo nunca un puesto de elección popular, y a lo largo de su vida, según expusieron en un excelente libro los reporteros del Washington Post (Michael Kranish y Marc Fisher.“Trump Revealed: An American Journey of Ambition, Ego, Money and Power", Scribner, 2016”), no dudó, por ejemplo, en recurrir a sobornos e intimidaciones a funcionarios municipales y estatales en Nueva York para edificar su imperio de bienes raíces sobre la fortuna heredada de su padre. De diplomacia y política internacional, del rol de las mujeres en su vida, mejor ni hablemos.

Frente a eso, esperar que el hábito cambie al monje parece una apuesta muy arriesgada, una de ésas que ningún jugador experimentado se atrevería a poner sobre la mesa.

Espero sinceramente equivocarme, pero el pueblo estadounidense, esa gran sociedad diversificada y dedicada en cuerpo y alma a salir adelante día a día con sus vidas, deberá sufrir las consecuencias de este desastre histórico en Estados Unidos si se impone la sabiduría popular y, en efecto, el hábito (la investidura presidencial) no hace monje a Trump.

rogelio.rios60@gmail.com

Mexicanos con bandera nacional

Siempre me pongo de pie al escuchar el Himno Nacional y para saludar a la bandera: son los símbolos incorruptibles de la conciencia cívica d...