Siempre me pongo de pie al escuchar el Himno Nacional y para saludar a la bandera: son los símbolos incorruptibles de la conciencia cívica de la nación.
Por Rogelio Ríos Herrán
En la mañana fresca del fin de verano en Monterrey, antes de que el calor del mediodía funda todo, yo me pregunto qué celebrar el 15 de septiembre.
Recuerdo con nostalgia los lejanos años de la escuela primaria.
Cada año, la maestra Catalina Zamudio, inolvidable, se esmeraba en hacer del día del grito de independencia una fecha especial para sus niños.
“Se levanta en el mástil mi bandera como un sol entre céfiros y trinos…”, cantábamos con entusiasmo con la mano en el pecho, contentos, elementales y orgullosos de ser mexicanos.
El sentimiento de identidad con la bandera tricolor se quedó grabado profundamente en mi persona.
A la fecha, al escuchar en cualquier lugar el Himno Nacional me pongo de pie en señal de respeto, aunque nadie más lo haga.
De niños y adolescente se nos hablaba en la escuela de democracia, igualdad entre las personas, derechos labrados en piedra en la constitución política.
El lugar de México en el mundo, se nos decía, era único y privilegiado: cómo México no hay dos.
La ley era la medida de todas las cosas y personas en el territorio nacional, según pregonaba el discurso educativo oficial.
Duró este mito ensoñador hasta que la vida real, las lecturas y la apertura de la mente en la juventud lo colocó en su justo lugar.
Ser mexicano era otra cosa distinta y opuesta a la ensoñación patriótica.
La violencia campeaba como siempre en todo el país.
Las leyes eran letra muerta y las cárceles eran para quienes no tenían dinero para sobornos a la autoridad o gastos de abogados.
La ausencia del estado de derecho, la presencia oscura del crimen organizado, la corrupción burda llevada a las grandes alturas, con todo eso choqué de frente.
No culpo, sin embargo, a mis maestros queridos por la educación que me dieron.
Ellos obraron de buena fe porque creían que la imagen del país que nos inculcaron era factible.
Creían también que, al crecer. nosotros llevaríamos una semilla de idealismo y conciencia cívica que empezaría a transformar poco a poco al país.
Los frutos de esas semillas no lo verían nuestros maestros, pero sí nuestros hijos y nietos.
Eso se llamaba inculcar el amor a México y el anhelo de ver un país más próspero, más obediente de las leyes y más consciente de sus errores y posibilidades.
En la hora oscura que vivimos hoy en este país gobernado por la cuarta transformación, yo sigo pensando en la bandera nacional.
Pienso en ella no solo con la nostalgia del niño, sino con la convicción del hombre maduro que ve en ella el estandarte de la resistencia civil.
Toda la corrupción de los gobernantes morenistas no podrá abatirla.
La temible presencia del crimen organizado en todo el país no evitará que ondee alegre en los días de céfiros.
No nos pueden robar la bandera tricolor. No tienen ese poder.
Bajo la opresión autoritaria morenista que hoy quiere aplastar a los mexicanos, algo resiste y se opone.
Es la fuerza de la bandera nacional que está por encima de la opresión y es visible para quienes desde niños aprendimos a venerarla.
Por eso siempre me pongo de pie al escuchar el Himno Nacional y para saludar a la bandera: son los símbolos incorruptibles de la conciencia cívica de la nación.
“Y también por su amor vivir…”
@RiosH60