Cuando hago a un lado el análisis político, las razones estratégicas o las consideraciones de geopolítica, sólo queda la crudeza de la muerte y destrucción que dejan las bombas sobre la población en Teherán y otras ciudades.
Por Rogelio Ríos Herrán
A a guerra de agresión iniciada hace dos meses por Estados Unidos e Israel en contra del gobierno de Irán se sumó a otra guerra que sufrían, de tiempo atrás, los iraníes de parte del régimen de mano dura de los ayatolas.
Cuando hago a un lado el análisis político, las razones estratégicas o las consideraciones de geopolítica, sólo queda la crudeza de la muerte y destrucción que dejan las bombas sobre la población en Teherán y otras ciudades.
Sobre la burla el escarnio: todo eso lo hacen, dicen el presidente Trump en Washington y su aliado Netanyahu en Tel Aviv, para liberar al pueblo iraní.
Vaya forma de liberar a un pueblo o, como decimos en México, ¡no me defiendas, compadre!
La brutal represión que sufrieron los manifestantes en las ciudades iraníes en enero pasado en protesta por el alto costo de la vida, el desempleo y la ausencia de libertades civiles elementales no tuvo pausa.
No bien había concluido la policía de los ayatolas la eliminación sumaria de miles de personas, cuando los libertadores de Occidente avisaron a los ciudadanos que, ahora sí, llegaría hasta ellos el aire de la libertad.
El pequeño detalle es que, antes de respirar la libertad, debían inhalar el humo de las bombas y el olor de la muerte, verían sus casas y departamentos destruidos y a su país arrasado.
La cuota de muertes de hombres, mujeres y niños no parece tener fin.
Que el Estrecho de Ormuz esté abierto o cerrado, controlado por Irán o Estados Unidos es irrelevante para las vidas y los hogares de las víctimas de la guerra.
Está claro que lo que menos importa a los gobernantes de Irán, Estados Unidos e Israel es la población iraní.
Si es necesario dejar en ruinas a Irán para liberarlo, adelante, piensan en Washington y en Israel.
Si es necesario sacrificar a la población entera para defender su poder y privilegios, adelante, piensan los ayatolas.
¿Quién siente empatía por los ciudadanos de Irán?
¿Cómo y a qué costo se reconstruirá la infraestructura arrasada por la guerra?
¿Calcularon los libertadores estadounidenses e israelíes de Irán el sufrimiento que causarían sus actos de guerra sobre la población?
¿No siente el régimen iraní el menor escrúpulo al sacrificar a su pueblo para salvar su pellejo?
La visión de la guerra desde un War Room y a través de imágenes de video elimina la sensibilidad de los militares y gobernantes y esteriliza, por decirlo así, el sufrimiento de las víctimas.
Desde la comodidad del aire acondicionado, las bebidas y los bocadillos en el búnker de la Casa Blanca, en el cuartel de Netanyahu o en las profundidades de una montaña cercana a Teherán, la guerra es un videojuego.
La muerte vista en una pantalla es insensible. No se oyen los gritos, no salpica la sangre ni golpean los escombros en la cara.
Cuando el espectáculo empieza a fatigar, se apagan las pantallas y punto.
Intento imaginar lo que es vivir un día en Teherán o en otras ciudades iraníes. No me alcanza la imaginación para captar la angustia de sus pobladores.
Para ellos, si no te mata un misil o un dron, te mata la policía de los ayatolas.
Guerra sobre guerra, no quedará piedra sobre piedra.