Apropiarse de las figuras de Jesucristo y su vicario León XIV para fines políticos y vulgarmente terrenales, fue un error de Trump que le traerá desprestigio y debilitará sus posibilidades electorales en noviembre próximo.
Por Rogelio Ríos Herrán
“¿Cuántas divisiones tiene el Papa?”, preguntó alguna vez un arrogante Stalin, el dictador soviético, cuando unos años antes de la Segunda Guerra Mundial el Ministro del Exterior francés le sugirió mejorar sus relaciones con El Vaticano.
Stalin erró en su apreciación del papel del Papa en política internacional como Jefe del Estado de la Ciudad del Vaticano que no necesitaba recursos militares para ejercer su influencia.
Otro personaje no menos arrogante, el presidente estadounidense Donald Trump, se refirió recientemente al Papa León XIV en términos despectivos.
“El Papa es débil en materia de crimen y terrible en política exterior. No quiero un Papa que piense que está bien que Irán tenga un arma nuclear”, dijo Trump.
El presidente estadounidense mostró una apreciación equivocada de la figura del Papa León, líder espiritual del catolicismo y figura diplomática de las más elevada estatura moral en política internacional, que dejó a Trump al nivel de Stalin: por los suelos.
Al incidente de su desafortunada declaración en redes sociales, el señor Trump sumó un acto bizarro: en una imagen posteada en su cuenta digital se representó como la encarnación de Jesucristo aliviando a un enfermo entre una parafernalia de imágenes militares.
A la burla se sumó el agravio. Apropiarse de las figuras de Jesucristo y su vicario León XIV para fines políticos y vulgarmente terrenales, fue un error de Trump que le traerá desprestigio y debilitará sus posibilidades electorales en noviembre próximo.
Eso no es todo. Lo más grave del incidente papal de Trump es lo que refleja moralmente de su persona: es un hombre incapaz de contenerse verbalmente, sin fondo espiritual ni estructura moral que lo guíe en sus decisiones.
Solamente un alma vaciada de fe y sentimientos de fraternidad y amor al prójimo, lo cual es el centro del mensaje de Jesucristo y los evangelios, puede hablar y portarse con tanto desprecio a lo sagrado.
Representar en su persona a Jesucristo no fue una broma, sino el síntoma de lo que verdaderamente es Donald Trump cuando ha perdido la brújula ética, el compás moral y el sentido de la realidad.
Entre Stalin y Trump no podrán destruir la figura espiritual del Papa y la importancia política de El Vaticano a fuerza de soltar preguntas necias y palabras demenciales.
En el basurero de la historia están los restos de Stalin y de su elevada cuenta de millones de personas muertas bajo su mano dura en la Rusia soviética.
Un lugar destacado aguarda a Trump, si persiste en comportarse como lo hace hoy, en ese basurero universal.
Cuando transcurran las décadas y los siglos, nadie recordará a Stalin ni a Trump, pero todos verán al Papa que marcará la continuidad de la Iglesia Católica milenaria.
El tiempo pondrá a cada quien en su lugar. El poder es temporal y vulgar, pero la fe es eterna y sublime.
@Rios60H
