Tanto a la Casa Blanca como al Palacio Nacional les tocará pagar, tarde o temprano, el costo de sus errores en el manejo de la economía.
Por Rogelio Ríos Herrán
La inflación es para los gobernantes arrogantes, ignorantes y estúpidos, lo que la kriptonita a Superman.
Si es de un dígito, dos, tres o hasta cuatro, como en varios casos de la historia reciente en América Latina, cuando ella aparece no hay gobierno que quede en pie.
Me explico.
Es difícil sacar la inflación de las columnas y notas de las secciones financieras de los medios de comunicación para explicar al público en general.
La inflación es uno de esos conceptos complicados para describir, pero que todo el mundo puede reconocer cuando la encuentra en el supermercado.
Es como describir una jirafa a quien jamás ha visto una.
En su forma más sencilla, la inflación es el aumento generalizado y constante de los precios de los bienes y servicios de un país durante un tiempo determinado y por diferentes causas.
Cuando la inflación se presenta, el dinero pierde valor.
El legendario economista norteamericano Paul Samuelson extendió la definición del concepto.
La inflación es una situación temporal en la que suben de manera generalizada tanto los bienes como los factores de la producción, explicó el maestro.
Suben también los salarios, las rentas y los costos de las empresas en un movimiento que arrastra a la economía entera.
Samuelson, Premio Nobel de economía (1970), habló también de una forma perniciosa de inflación: la estanflación.
En este último caso, la inflación no se deriva del crecimiento acelerado de la economía.
Los precios suben descontroladamente, mientras la economía está estancada y crece el desempleo: estanflación.
En cualquiera de sus formas, inflación o estanflación, los efectos en la política y las instituciones de un país son devastadoras.
En Estados Unidos, por ejemplo, la inflación general subió al 3.7 por ciento en septiembre, frente a 3,4 por ciento en agosto, por arriba de las expectativas.
En México, por su parte, la inflación general subió al 3.45 por ciento en septiembre frente al 3.26 por ciento reportado en agosto.
Los promedios mencionados no reflejan que los aumentos porcentuales específicos hayan sido mayores, por ejemplo, en los alimentos.
En ambos países, el detonante principal -pero no el único- ha sido el aumento en los precios de los productos energéticos.
La inflación no hace distinciones entre las ideologías.
Podemos discutir si en el caso de Estados Unidos hay inflación por el crecimiento de la economía.
O si, en el caso de México, debatir sobre si estamos en un escenario de estanflación, como diría el maestro Samuelson.
Lo que es indiscutible es que tanto a la Casa Blanca como al Palacio Nacional les tocará pagar, tarde o temprano, el costo de sus errores en el manejo de la economía.
No hay escapatoria posible.
A menos de tres semanas de las elecciones intermedias en Estados Unidos, la factura inflacionaria le llegará primero al presidente Trump.
El pronóstico electoral de diferentes encuestadoras y analistas es que los republicanos perderán, por lo menos, la mayoría en el Congreso.
Si los apuran, los analistas dirán también que es muy probable que pierdan también la mayoría en el Senado.
Después, será el turno de Claudia Sheinbaum de pagar la factura de los errores heredados y los propios de su gobierno.
Termino con unas palabras de Paul Samuelson.
“La inflación es como un dinosaurio que nos embiste. Si no lo paramos, se comerá todo lo que hemos ahorrado y destruirá nuestra sociedad”.
Qué acertada descripción para aplicar a la mal llamada Cuarta Transformación.
@Rios60H