viernes, agosto 21, 2026

Kiev y el encono de Putin

  ¿Qué quiere Putin de Ucrania? ¿Por qué muestra el afán obsesivo de destrucción de Kiev y otras ciudades? ¿Por qué el nuevo zar que domina un territorio de poco más de 17 millones de kilómetros cuadrados invade Ucrania y se apropia de una quinta parte del país? 

Por Rogelio Ríos Herrán  


     La capital de Ucrania, la hermosa Kiev, ha padecido un verano bajo los bombardeos indiscriminados de las fuerzas armadas rusas que invadieron a ese país en febrero de 2022. 

Los misiles rusos apuntan a la población civil: almacenes comerciales, iglesias, jardines de niños, cafés, centrales generadoras de electricidad, fábricas y medios de transporte. 

Oleadas de drones encabezan los ataques con el fin de abrumar a las defensas ucranianas. 

Después, los misiles balísticos, hipersónicos y las bombas de racimo rusas completan la tarea. 

Las noches se hacen eternas en los túneles del Metro que sirven de refugio a los ucranianos, me platican amigos mexicanos que residen allá. 

Duermen vestidos con ropa de calle y saben perfectamente bien la ruta a la entrada del Metro más cercana. 

El ejército ucraniano carece casi por completo de defensas aéreas para Kiev, pero ha logrado llevar la guerra de drones a territorio ruso. 

Sin importar el número elevado de bajas rusas (“el molino de carne”, lo llaman soldados rusos sobrevivientes), Vladimir Putin no busca la paz más que como estrategia de engaño a Europa y Estados Unidos. 

Las Naciones Unidas condenaron desde el inicio de la incursión ilegal rusa en 2022 a la Federación Rusa como el país agresor de Ucrania y exigieron el retiro inmediato del ejército de ocupación. 

La Corte Penal Internacional emitió en 2023 una orden de arresto por crímenes de guerra en contra de Vladimir Putin y María Belova, Comisionada para los Derechos del Niño en Rusia. 

Los cargos: la deportación y el traslado ilegal de niños ucranianos durante la invasión rusa. 

En una nuez, las acusaciones se fundamentan en lo siguiente: 

  1. 1) Los ocupantes (Rusia) no tienen derecho a cambiar el estado civil de los niños. (Convención de Ginebra sobre la protección de personas civiles, 1949).

  2.  

  1. 2) Putin y Belova violaron el derecho de los niños a un nombre y a la adquisición de la ciudadanía (Convención de la ONU sobre los Derechos del Niño).

  2.  

  1. 3) Rusia violó el principio de que nadie podrá ser expulsado, ni individual ni colectivamente, del territorio del Estado del que sea ciudadano (Convenio para la Protección de los Derechos Humanos y las Libertades Fundamentales).  


El gobierno ucraniano reclama por lo menos 16 mil casos de deportación forzada de niños. 

El gobierno ruso reconoc el traslado de dos mil niños “sin tutores” (retirados de orfanatos y hogares infantiles), y ordenó la simplificación del trámite de la ciudadanía rusa para ellos.  

La orden de arresto internacional contra Putin y Belova no se ha cumplido. 

         Los residentes de Kiev, mientras tanto, tratan de llevar su vida normal y cotidiana durante el día, pero se preparan para las noches de bombardeos inclementes. 

En el lejano verano de 1983, Putin se casó con Liudmila Pútina y la feliz pareja decidió pasar su luna de miel en Kiev, ironías de la vida. 

Desps de dos hijas y varios años, el matrimonio terminó en divorcio en 2013. 

¿Qué quiere Putin de Ucrania? ¿Por qué muestra el afán obsesivo de destrucción de Kiev y otras ciudades? 

¿Por qué el nuevo zar que domina un territorio de poco más de 17 millones de kilómetros cuadrados invade Ucrania y se apropia de una quinta parte del país? 

Aparte de estas preguntas, es necesario plantear otras más inquietantes. 

¿Por qué ha permitido Europa la agresión rusa a Ucrania desde 2014? 

¿De qué sirvieron la OTAN y la Alianza Atlántica con Estados Unidos si Putin no fue frenado en sus ambiciones imperiales? 

¿Por qué los gobiernos nacionales de Morena son claramente partidarios de Rusia y callan ante la agresión a Ucrania? 

Cada día en punto de las 12:00 horas, hago una pausa al mediodía para reflexionar y elevar una oración por Kiev. 

Son las 9 de la noche en Ucrania y los kievitas se disponen a dormir con una oreja pegada a las alarmas contra bombardeos. 

Terminarán la noche refugiados en un túnel del Metro. 

 

viernes, agosto 14, 2026

‘WhatsAppitis Aguda’ (WPA)

¿En qué momento acabé participando en tantos y tantos chats que ya no recuerdo bien por qué me metí o me agregaron al grupo?

Por Rogelio Ríos Herrán


Abro los ojos en la cama, veo el reloj y son casi las seis de la mañana.

Adormilado, desciendo por la escalera con sumo cuidado mientras las alertas empiezan a sonar en el celular que guardo en el bolsillo.

Antes de dar gracias por el nuevo día y elevar una oración, veo en la aplicación de WhatsApp que tengo 900 mensajes pendientes.

¿A qué hora se juntaron tantos mensajes no vistos?

¿En qué momento acabé participando en tantos y tantos chats que ya no recuerdo bien por qué me metí o me agregaron al grupo?

Mientras el café se cuela lentamente en la cafetera, una idea me atraviesa la mente.

¿Qué tal si, por hoy y para variar, respondo cada uno de los mensajes pendientes?

A las seis de la mañana en punto abrí el primer mensaje, el cual despaché en 30 segundos.

Voy a poner el límite de un minuto, me dije, para contestar cada mensaje aprovechando que estaré solo en casa durante el día entero.

Grave error.

No hice el cálculo elemental de la tarea que acababa de emprender.

Novecientos mensajes, me di cuenta al día siguiente en el hospital, a un minuto por cada uno dan un total de 900 minutos.

Los 900 minutos, divididos en segmentos de 60 minutos (una hora), se traducen en ¡15 Horas!

Es decir, desde las seis de la mañana hasta las nueve de la noche, estuve revisando y contestando mensajes.

En algunos casos los despaché en segundos, pero en otros gasté dos o tres minutos.

Con el celular en la mano, me serví una taza de café y una pieza de pan dulce, lo cual sería el único alimento que probé en toda la jornada.

Con frenesí inexplicable puse mi atención total a contestar y contestar mensajes desde la cocina, caminar un rato largo en el garage y terminar en el sofá de la sala.

Tuve que hacer equilibrios para ir al baño sin detener mi labor, se imaginarán ustedes.

Respondí mensajes viejos de varios días en que amigos invitaban a reuniones que ya habían pasado.

Revisé los chats de camaradas sesentones que se dividen entre los clavadísimos en la política y la grilla y los desmadrosos que suben mujeres en cueros, rock viejo y cervezas.

Me harté de clips sobre Scheinbaum perorando en las conferencias mañaneras, Fernández Noroña discutiendo a gritos y el último berrinche de Lenia Batres en el pleno de la Suprema Corte.

Revisé cientos de mensajes para mantener la salud en la tercera edad.

Un tipo oriental de 65 años pero con musculatura de hierro y pelo cano, por ejemplo, me daba consejos para hacer Tai Chi en la silla de la cocina.

Vi los videos sobre Donald Trump durmiendo un “coyotito” en eventos públicos en la Casa Blanca.

Me indigné con las imágenes de los misiles rusos cayendo y matando niños en Kiev.

Como a las tres de la tarde, alguien subió un clip con López Obrador diciendo hace años que el sistema de salud sería como el de Dinamarca.

Las llamadas constantes de mi familia desde un día de campo de la escuela de las hijas empezaron a llegar cada rato.

Mejor termino de revisar mensajes, pensé a las 20:30 horas, y después respondo las llamadas.

A las nueve de la noche y tres minutos terminé la revisión, pero no pude levantarme del sofá.

La mano derecha estaba entumecida, la rodilla tiesa, el dedo índice ya no tenía mi huella dactilar y el hombro casi no podía moverlo.

Tranquilo, pensé, ya pasó todo. Lo lograste, campeón.

Contesté como pude las llamadas de la familia, fingí que todo estaba bien y que se me había perdido el celular en casa en modo silencioso.

El colapso emocional llegó cuando me di cuenta de que, entretenido en revisar los mensajes viejos, no tomé en cuenta que omití los mensajes frescos del día.

Cuando creí que por primera vez vería el número cero de mensajes sin leer en la app, me llevé la sorpresa de mi vida.

Durante 15 horas, a un ritmo de 15 entradas por hora, había 225 mensajes por revisar a un minuto cada uno: casi cuatro horas más.

Me derrumbé exhausto en los primeros peldaños de la escalera.

Al llegar la familia, yo estaba encorvado llorando y gimiendo en este valle de mensajes sin leer.

Al día siguiente, una amable doctora dijo sonriendo, después de escuchar mi odisea, que yo acababa de inventar el síndrome más nuevo: “WhatsAppitis Aguda” (WPA).

No alcanza la vida para el WhatsApp.

¿Qué puedo hacer?


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