El presidente ruso Putin y su ministro del exterior, Lavrov, al dar la orden de ataque, consumaron una maniobra diplomática de engaño a los diplomáticos estadounidenses que me gusta describir como un “scam”, es decir, una estafa que se basa en situaciones falsas de urgencia para obtener dinero o beneficios de las personas crédulas y descuidadas.
Por Rogelio Ríos Herrán
A Donald y Marco, los traviesos rusos les dieron gato por liebre con un “scam” de antología.
Con un ataque masivo de casi mil proyectiles, entre drones y misiles, dirigido el 24 de marzo en contra de ciudades y personas civiles en el centro y el oeste de Ucrania, Rusia empezó su “ofensiva de primavera”, cuyo objetivo es asegurar algunas poblaciones de valor estratégico -a cualquier costo humano en bajas- en la región de Donetsk, al oriente de Ucrania.
En la ciudad de Lviv, cerca de la frontera polaco ucraniana, las bombas rusas dañaron severamente una iglesia antigua que ha sido declarada patrimonio cultural de la humanidad por la UNESCO. Hubo muchos muertos, incluidos varios niños, entre la población civil.
El presidente ruso Vladimir Putin y su ministro del exterior, Sergei Lavrov, al dar la orden de ataque, consumaron una maniobra diplomática de engaño a los diplomáticos estadounidenses que me gusta describir como un “scam”, es decir, una estafa que se basa en situaciones falsas de urgencia para obtener dinero o beneficios de las personas crédulas y descuidadas.
¿En qué consistió el “scam” ruso que atrapó a la Casa Blanca?
Aprovechando la urgencia del presidente Trump por imponer su huella personal en la diplomacia mundial con el ataque conjunto entre Israel y Estados Unidos a Irán, los rusos mostraron su verdadera cara en Ucrania: su intervención en las negociaciones de paz auspiciadas por Trump fue un engaño para ganar tiempo y lanzar una nueva ofensiva militar el 24 de marzo.
A pesar de que el presidente ucraniano Zelensky y los aliados europeos de la OTAN advirtieron, una y otra vez, al presidente Trump y al secretario Rubio que los rusos los estaban engañando, no sólo no hicieron caso, sino que levantaron algunas sanciones a Rusia para la venta de su petróleo en vista de la disrupción del mercado petrolero mundial por el cierre del estrecho de Ormuz.
Ahora mismo, Rusia obtiene 150 millones de dólares diarios por la venta de ese petróleo (4 mil 500 mdd al mes) y, con ese respiro, lanzó su ofensiva de primavera.
Durante el encuentro entre los presidentes Trump y Putin en Alaska (agosto de 2025), Putin, siempre asesorado por el viejo lobo de mar Sergei Lavrov, jugó sus cartas a la perfección al decir que estaba “sinceramente interesado” en alcanzar la paz en Ucrania.
Durante su discurso en la Conferencia de Munich 2026, en febrero, el secretario Rubio dijo a los europeos que “somos parte de una civilización occidental” y que “estamos juntos” en la tarea de renovación y restauración del mundo, ni más ni menos.
“Estar juntos” no incluyó, un mes después, que los aliados europeos fueran consultados por Washington sobre el ataque a Irán.
La ironía del asunto es que el presidente Zelensky consintió que asesores militares ucranianos auxilien con su experiencia a sus contrapartes norteamericanas en la lucha contra los drones iraníes.
La situación bizarra es que Trump ayuda a Rusia con el petróleo en detrimento de Ucrania y sin importar que los rusos sean un aliado tradicional y cercano al gobierno de Irán, quien a su vez provee de drones iraníes al ejército ruso para asesinar ucranianos.
Parece un “scam” redondo, como quitarle un dulce a un niño o apoderarse del dinero de una anciana viuda, algo en lo cual los diplomáticos rusos son expertos.