La ONU vive un momento de definición, está bajo fuertes críticas y a veces se descomponen sus escaleras eléctricas en el edificio sede. Pero su espíritu y fuerza institucional permanecen, mientras los gobernantes del mundo son efímeros.
Por Rogelio Ríos Herrán
Como entusiasta de la diplomacia multilateral, sigo creyendo que la Organización de Naciones Unidas mantiene su utilidad para el mundo.
Sí, tiene muchos problemas internos, no puede evitar guerras y conflictos alrededor del mundo y requiere urgentemente de una remodelación general.
Pero no hay otro foro mundial de estatura política y moral semejante a las Naciones Unidas.
No existe un documento verdaderamente universal, como la Carta de las Naciones Unidas, que hable en nombre de los pueblos.
Sobre todo, el momento excepcional de su fundación en 1945 en torno a un espíritu genuinamente universalista no ha perdido fuerza.
Si antes la amenaza de las bombas atómicas impulsó su formación, ahora el temor que infunde la Inteligencia Artificial (IA) empujará su reconstrucción en el siglo 21.
Bastaría, para empezar, con recuperar la funcionalidad del Consejo de Seguridad eliminando su pecado original: el derecho de veto de las grandes potencias.
Al empezar el 22 de septiembre la sesión ordinaria 81 de la Asamblea General, me di a la tarea de seguir sus deliberaciones con una taza de café en mano.
Las presentaciones de los jefes de estado fueron el plato fuerte del día.
Observar sus recursos retóricos, el porte y carisma mediático -o la falta de ellos- es un ejercicio necesario para calibrar a los gobernantes mundiales.
El presidente brasileño Lula arrancó el desfile mostrando su buen oficio como orador elocuente, ordenado y respetuoso del recinto.
Aferrado a su ideología de izquierda, levantó aplausos por momentos. Tiene mucha calle y se nota.
El turno siguiente fue el del presidente Donald Trump, quien extrañamente se plantó ante la Asamblea General para reivindicar su derecho al uso de la fuerza militar en interés de su país.
Las Naciones Unidas se crearon bajo el principio de la renuncia de los estados al uso de la fuerza en las relaciones internacionales.
En el preámbulo de la Carta, se establece la finalidad de “asegurar mediante la aceptación de principios y la adopción de métodos, que no se usará la fuerza armada sino en servicio del interés común”.
Algo falló en el equipo de la Casa Blanca al no advertir a Trump la contradicción entre su afirmación y lo establecido en la Carta de Naciones Unidas.
Cada jefe de estado tiene la oportunidad de hablar en la tribuna de la Asamblea General y buscar sus 15 minutos de fama.
O, en caso opuesto, padecer sus 15 minutos de desprestigio internacional.
El requisito indispensable es, obviamente, estar presente en el foro en Nueva York.
Enviar delegaciones de menor nivel, como lo hizo México, no ayuda a cultivar relaciones entre gobernantes mundiales.
La ausencia de la presidente Claudia Sheinbaum en el máximo foro mundial es lamentable.
La voz del gobierno mexicano sobre los temas relevantes como la IA y el cambio climático, la agresión rusa a Ucrania o los conflictos en Medio Oriente será irrelevante.
Mientras en México se discute sobre el uso de celulares en los salones de clases, el mundo delibera sobre las amenazas de la IA.
Mientras el Senado mexicano debate sobre la Liga MX de fútbol profesional, en la ONU se buscan soluciones a la crisis energética actual.
Muy al estilo de su antecesor, Sheinbaum mantiene la idea falaz de que “la mejor política exterior es la política interior”.
No sabe ella quizá que México jugó un papel activo en la creación de la Organización de las Naciones Unidas.
Hoy, lamentablemente, la voz oficial mexicana no tiene peso en la Asamblea General.
La ONU vive un momento de definición, está bajo fuertes críticas y a veces se descomponen sus escaleras eléctricas en el edificio sede.
Pero su espíritu y fuerza institucional permanecen, mientras los gobernantes del mundo son efímeros.
Yo apuesto por las Naciones Unidas.