Para que exista la corrupción en el gobierno (o en los militantes del partido oficial) se necesita la contraparte que la busque, promueva o simplemente se acomode a ella. Del otro lado de la mesa se completa la ecuación de la posible complicidad legendaria de políticos y empresarios en México.
Por Rogelio Ríos Herrán
Por lo pronto, decidí cambiar mi marca de tequila.
Adiós al tequila Cuervo Tradicional, “el de la botella de Pedro Infante”, como le dice la gente de buen beber.
De la botella a medias de Tradicional que tenía en casa tiré el líquido por el fregadero.
Cuando al empresario tequilero más poderoso de México, Juan Domingo Beckmann, se le ocurrió reunirse en un lugar público con los hijos de López, sonó mi alarma.
Si el gran señor tequilero quiere danzar con los lobos, allá él, pero no seré yo quien le haga ganar más dinero bebiendo cualquiera de sus marcas.
Para mí, todo quedó claro al difundirse la información de esa reunión de políticos y empresarios.
Para que exista la corrupción en el gobierno (o en los militantes del partido oficial) se necesita la contraparte que la busque, promueva o simplemente se acomode a ella.
Del otro lado de la mesa se completa la ecuación de la posible complicidad legendaria de políticos y empresarios en México.
No me explico por qué un empresario de ese nivel y ascendencia se sienta a la mesa equivocada.
Teclee usted “Juan Domingo Beckmann” en el buscador Google y seguramente se sorprenderá tanto como yo.
Beckmann Legorreta dirige Becle, empresa matriz o controladora de José Cuervo, la compañía tequilera más grande del mundo.
Juan Domingo representa a la décimo primera generación de su familia en el negocio tequilero.
Además de José Cuervo, su empresa maneja las marcas Maestro Dobel, 1800 Tequila y Gran Centenario sin olvidar la afamada Tradicional.
“Pertenece a una de las familias más acaudaladas de México, con una fortuna familiar estimada en varios miles de millones de dólares” (cita textual de Google).
Estudió administración de empresas y una maestría en marketing en la Universidad Anáhuac.
¿Por qué arriesga su prestigio un empresario de alto nivel al dejarse ver en público con políticos sobre los cuales pesa la sospecha de investigaciones en Estados Unidos?
¿Cómo explicará su decisión a accionistas, clientes y distribuidores en Estados Unidos (Proximo Spirits) y Europa?
“Mami, ¿el abuelo es amigo de ‘Andy’?”, preguntarán los nietos en casa.
La misma pregunta se hace, me imagino, cada una de las diez generaciones anteriores de su familia.
¿Cree Beckmann que yo -y quizá muchos consumidores de Tradicional- me quedaré indiferente a esos devaneos?
No puedo creer que no le hayan hablado sus asesores sobre el altísimo riesgo de aceptar recursos de Dios sabe dónde para su portafolio de inversiones.
Ni que le hayan advertido que reunirse con ciertos personajes es mejor hacerlo en privado y no en público de la gente, como dice la canción.
Poco entiendo yo de los grandes negocios entre empresarios de altos vuelos y políticos de renombre.
Lo que sí recuerdo es el viejo dicho de mi abuela Mamá Chayito: “mijo, dime con quién andas y te diré quién eres.”
Entre que son peras o manzanas en las investigaciones judiciales en Estados Unidos a políticos mexicanos, más valdría andarse con tiento entre quienes se acercan a ellos.
Por lo pronto, en espera de mejores tiempos, volveré a mi Hornitos reposado del que nunca debí haberme alejado.
Es de la casa Sauza, viejos tequileros de tradición que no se sientan a cualquier mesa.
Lo beberé tranquilo en casa, sin sobresaltos, en compañía de amigos de ley y “alejado del bullicio de la falsa sociedad”, como José Alredo Jiménez.
¿Qué mejor manera de echarse un tequilita?