Se olvidaron los cómplices gubernamentales que pactaron con criminales que el poder es temporal, pero sus consecuencias son permanentes.
Por Rogelio Ríos Herrán
Al final, es la desgracia de familias rotas lo que deja la narcopolítica.
Si la muerte es el gran igualador de las personas, la muerte civil en vida de los narcopolíticos es, al contrario, un diferenciador nefasto para sus seres queridos ante la sociedad.
“Que sube y que baja, que llega hasta el plan, ¿adónde van los muertos? ¿Quién sabe a dónde irán?”, dice la popular canción mexicana El Sube y Baja (con el grupo Montez de Durango).
Se olvidaron los cómplices gubernamentales que pactaron con criminales que el poder es temporal, pero sus consecuencias son permanentes.
El sube y baja no se equivoca.
No sabemos a dónde irán los muertos, aunque tenemos una buena idea de a dónde irán los vivos.
¿Quién no asocia hoy los apellidos Rocha, Inzunza, Diaz y Mérida (¡un General de División!), entre otros, con el desprestigio personal?
Justa o injustamente, el desprestigio caerá sobre sus familias durante varias generaciones.
¿Calcularon alguna vez los personajes buscados por la justicia estadounidense que si caían se llevarían consigo a sus familias?
¿Pensaron en sus hijos? ¿Desoyeron los consejos de sus padres o hermanos? ¿Qué explicación darán a los nietos que ven al abuelo señalado como criminal?
Seguramente no pensaron en ellos.
No creyeron tampoco que con sus actos de complicidad criminal encubrieron miles de asesinatos, desapariciones, extorsiones, robo de propiedades y alentaron una industria letal de drogas químicas.
Sinaloa, la patria chica de algunos de ellos, no provocó escrúpulo alguno en sus corazones antes de ser entregada a los criminales.
Todo el dolor del pueblo sinaloense no alcanzó a cruzar por sus mentes ocupadas en contar el dinero a manos llenas.
Grandes mansiones, empresas en auge y poder inmenso los envolvieron en una nube que les impidió ver que después de la subida, viene la bajada.
La muerte civil los convierte en personajes de la novela Pedro Páramo (del escritor Juan Rulfo), quienes no encuentran su lugar en el mundo terrenal.
Ya se ocultaron del mundo, pero no engañan a nadie.
Son fantasmas de carne y hueso.
No son víctimas que merezcan la empatía o tengan la dignidad de los desaparecidos y asesinados por el crimen organizado.
No hay piedad para los narcopolíticos ni en la hora de la desgracia.
Desde las familias de las víctimas del crimen organizado en Sinaloa y en todo México, no hay un solo rezo para quienes contribuyeron a la tragedia nacional.
No sé si los narcopolíticos serán extraditados, aunque dos de ellos se entregaron por iniciativa propia en Estados Unidos.
No sé si serán investigados y juzgados en México. Lo dudo.
Desde ahora, sin embargo, empiezan a pagar el castigo de la muerte civil y la desgracia de sus familias rotas y desprestigiadas.
¿En qué carajos estaban pensando cuando se corrompieron?
El sube y baja no se equivoca: llegó su hora.
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