La reticencia cultural de los mexicanos a pensar que estamos viviendo en medio del terrorismo del crimen organizado y del proveniente del Estado mexicano, no podrá soportar el embate estadounidense.
Por Rogelio Ríos Herrán
A los mexicanos nos da urticaria escuchar la palabra “terrorismo” en boca de estadounidenses y europeos porque creemos que eso no sucede en nuestro país.
No, aquí no hay terroristas como aquellos que en décadas pasadas estallaron bombas en automóviles y casas en países europeos: los vascos asesinos de ETA o las Brigadas Rojas de Alemania, por ejemplo.
No, aquí nadie ha estrellado dos aviones jet comerciales en las Torres Gemelas del World Trade Center en Nueva York.
De ninguna manera hay en México, creemos en nuestro simplismo campirano, terroristas palestinos asesinando atletas judíos como en los juegos olímpicos de Munich en 1972.
Lo que tenemos en México son traficantes de drogas, narco corridos, narco violencia y narco lavado de dinero, pero no son “terroristas”.
¡Como México no hay dos! Faltaba más.
La ilusión de no albergar al terrorismo en tierras mexicanas se esfumó.
La estrategia más actualizada del gobierno estadounidense en contra de las organizaciones criminales consiste en delatar sus prácticas criminales como terroristas.
Al hacerlo, su persecución, captura, enjuiciamiento y eliminación se hará conforme a estatutos legales especiales.
Terrorismo, según la deficinición del gobierno de Estados Unidos, es “el uso ilegal de laa fuerza o la violencia contra personas o bienes para intimidar o coaccionar a un gobierno o a la población civil con el fin de alcanzar objetivos políticos, sociales o ideológicos” (según el Legal Information Institute).
Aún más, el terrorismo internacional “son los actos violentos o peligrosos para la vida humana que violan las leyes penales federales o estatales y que ocurren fuera de la jurisdicción estadounidense o trascienden las fronteras nacionales” (Legal Information Institute).
La reticencia cultural de los mexicanos a pensar que estamos viviendo en medio del terrorismo del crimen organizado y del proveniente del Estado mexicano, no podrá soportar el embate estadounidense.
Bajo los estatutos contra el terrorismo del vecino del norte, la responsabilidad criminal se extendería a cómplices, socios, colaboradores, empresas y despachos, sus familiares y parientes, compadres y amantes, bueno, hasta al pobre velador que cuida el negocio.
No para ahí la cosa.
El dinero ilícito que el crimen organizado inyecta a la política mexicana sería rastreado bajo esa perspectiva legal en Washington.
No hablo solamente de sobornos a funcionarios de gobierno y de seguridad pública, a militares y marinos de alto rango, sino del financiamiento de campañas electorales.
¿Por qué creen que en el Congreso de la Unión los diputados de Morena impulsan la discusión sobre una ley en contra de la “injerencia extranjera” en las elecciones mexicanas?
Como si no tuvieran mejores cosas que hacer, los legisladores morenistas buscan inmunidad contra los señalamientos de Estados Unidos, la Unión Europea, observadores internacionales y de derechos humanos en contra de las elecciones estilo Morena.
Se trata de cuidar el negocio electoral a toda costa, no de combatir al crimen organizado.
El problema central es que no importa lo que hagan los diputados oficialistas, desde Estados Unidos se observará a la política mexicana con el filo de los estatutos terroristas.
De ahora en adelante, ¿quién en su sano juicio se atreverá a ser candidato de Morena a un puesto de elección popular?
Lo de menos sería que les quiten las visas americanas y sanseacabó.
Lo de más sería que una mañana despertaran y encontraran en las noticias que están incluidos en la lista más reciente de extraditables solicitados por Washington.
No hablo de personas de buena fe, honestas y con principios que existen, aunque pocos, en la política morenista.
Yo me refiero al dinero ilícito que en miles de millones de dólares entra en las campañas electorales, según los cálculos de las agencias de inteligencia gringas, sin que necesariamente los candidatos se den cuenta, pero que los convierten en cómplices.
Buena suerte con eso, futuros candidatos morenistas a puestos de elección popular: hagan bien sus apuestas de vida.
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