Los más viejos sabemos desde hace décadas que estamos perdiendo a México y que los males de nuestro país forman parte de una experiencia mundial.
Por Rogelio Ríos Herrán
En mis conversaciones diarias con amigos, vecinos y familiares, encuentro dos sentimientos que permean las vidas personales.
El primero de ellos es la resignación a vivir como ciudadanos de gobiernos que compiten por decepcionar a los gobernados con su mediocridad y corrupción.
El segundo es la incertidumbre por el futuro inmediato del país y la impotencia de ver que quienes tienen las riendas de los gobiernos se complacen en la estulticia.
En este punto introduzco un matiz importante: mi generación (+60 años) ha vivido crisis catastróficas de gobiernos, devaluaciones fantásticas, presidentes vanidosos, gobernadores caciques y un largo etcétera.
Para los jóvenes ciudadanos de hoy, sin embargo, esas experiencias del pasado significan poco o nada. Sus percepciones del mundo tienen, a lo mucho, diez años de antigüedad.
Los más viejos sabemos desde hace décadas que estamos perdiendo a México y que los males de nuestro país forman parte de una experiencia mundial.
Para los más jóvenes, los adultos mayores somos exagerados, sabelotodos y desconectados de la nueva sociedad digital en formación.
No se imaginan a México como un “país perdido”. Esas son cosas de viejos en mesas de café.
Como siempre han visto a los gobernantes de hoy en el poder, asumen que la mediocridad y la estulticia es el estándar universal.
Para entendernos, “estulticia es la necedad, tontería o estupidez, caracterizada por una falta de inteligencia, sensatez o entendimiento en el actuar”.
Los antónimos u opuestos son inteligencia y sagacidad (Diccionario de la lengua española en dle.rae.es).
Cuando has nacido en los sistemas políticos basados en la estulticia, la mediocridad se da por descontada y la inteligencia es peligrosa para los sistemas.
La escritora turca Ece Temelkuran vivió en su país natal la terrible experiencia de la llegada del populismo de Erdogan consumado en un intento de golpe de estado en 2016.
A partir de ahí, el control del poder presidencial y la eliminación de contrapesos judiciales y legislativos permitió al gobernante turco convertirse en el dictador de hoy.
Impresionada profundamente por esa experiencia, Temelkuran escribió el libro “Cómo perder un país” (2019) después de estudiar otros países y ligar al caso turco con la corriente mundial de populismos.
“La horrenda ética que se ha elevado hasta los niveles más altos de la política”, advirtió la escritora, “se filtrará y se multiplicará, llegará a todas las ciudades e incluso penetrará en las urbanizaciones valladas”.
“Es una tendencia histórica, y está convirtiendo la banalidad del mal en el mal de la banalidad”, agrega.
“Por más que se presente de manera distinta en cada país, es hora de reconocer que lo que está ocurriendo nos afecta a todos”, concluye.
Yo hablo de un “país perdido” no contra un modelo utópico de México que nunca existió, sino contra la “frágil democracia”( José Woldenberg) que se construyó desde hace cuatro décadas, si la contamos desde la controvertida elección en Chihuahua en 1986, la del “fraude patriótico” de Manuel Bartlett.
La fatiga extrema de la democracia mexicana no resistió la llegada al poder en 2018 del populismo de Morena y sus mesías y apóstoles apócrifos que trajeron consigo la estulticia como modo de gobierno.
“Lo crean o no, lo que sea que le haya pasado a Turquía también les amenaza a ustedes. Esta locura política es un fenómeno global”, dice Temelkuran.
Feliz fin de semana.
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