miércoles, agosto 06, 2025

Hiroshima en 2025

El mundo vive hoy una nueva amenaza de destrucción nuclear global: entre tantos países armados con bombas atómicas infinitamente más destructivas que las arrojadas sobre Japón en 1945, el peligro de destrucción global de la Humanidad y la Tierra es real, inmediato y altamente probable.

Por Rogelio Ríos Herrán


La ciudad japonesa de Hiroshima, víctima del primer ataque con una bomba atómica el 6 de agosto de 1945, realizado por los Estados Unidos en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, mantiene su vigencia como símbolo del rechazo a las armas atómicas y en favor del desarme nuclear total en el mundo.


A mi generación universitaria, en la cual obtuve el título de Relaciones Internacionales en 1981, le tocó estudiar el mundo de la Guerra Fría con sus dos grandes potencias nucleares, Estados Unidos y la Unión Soviética, y la doctrina de la disuasión nuclear mutua.


En palabras sencillas, la dichosa doctrina decía que, si los rusos atacaban a los norteamericanos o viceversa, cada uno de ellos tenía la capacidad de respuesta suficiente para destruir al atacante mediante una represalia.


Visto a la distancia de los años, eso fue un acuerdo entre gánsteres nucleares de Moscú y Washington: si tú atacas mi territorio, yo destruyo el tuyo: eso fue la “destrucción mutua asegurada” durante la duración de la Guerra Fría (1945-1991).


La cantidad inmensa de dinero que soviéticos y norteamericanos invirtieron en la carrera armamentista y en la carrera a la luna y al dominio del espacio alrededor de la Tierra, fue dinero desperdiciado en armas que, de lo contrario, hubiera sacado del subdesarrollo y la pobreza quizá al continente africano entero.


Pero no es sólo el dinero malgastado, sino la posesión de un poder destructivo sobre el planeta que tuvieron en su momento las dos grandes potencias nucleares.


Se apropiaron los gánsteres nucleares de la capacidad de decidir sobre la vida y la muerte de miles de millones de personas y sobre la naturaleza y la superficie de la Tierra.


Jugaron rusos y americanos a ser dioses nucleares, a cualquier costo y por sobre cualquier consideración política, ética y moral.


Al estallar la bomba atómica sobre la ciudad de Hiroshima, alrededor de las 8 de la mañana del 6 de agosto de hace 80 años, y matar al instante a casi 80 mil personas, a las cuales se sumarían otros miles más debido a los efectos de la radiación nuclear, el mundo supo de inmediato que este poder de destrucción rebasaba a cualquier consideración política, ideológica o militar.


Nunca debió ningún gobierno aplicar el conocimiento sobre el átomo y la energía nuclear a usos militares y la construcción de armas nucleares. Fue el error más grave cometido por la Humanidad en el siglo 20.


La segunda bomba nuclear arrojada en Nagasaki el día 9 de agosto, otro ataque militar de los Estados Unidos sobre una población civil vulnerable, provocó más muerte y destrucción y, unos días después, la rendición incondicional del Ejército Imperial japonés.


A partir de ese punto, el desarrollo de las armas nucleares fue acelerado y extenso: más países fabricaron armas atómicas e hicieron innumerables “pruebas nucleares” bajo y sobre la superficie de la Tierra, en el mar y en islas pequeñas.


La magnitud del ataque a Hiroshima y Nagasaki, el trauma colectivo de dos ciudades japonesas atacadas con armas de elevadísima capacidad destructiva rompió cualquier restricción ética sobre el uso de esas armas presentada por los científicos participantes en el Proyecto Los Álamos.


No hubo ya más ataduras a las bombas atómicas que la de la cruda posibilidad de lanzar un ataque nuclear y ser destruido por la respuesta del enemigo. Así de absurda puede ser la estupidez humana.


Afortunadamente, en el mundo no callaron, sino que se acrecentaron las voces y acciones en favor de las restricciones a las armas nucleares, el establecimiento de zonas libres de armas atómicas y por el desarme nuclear total.


América Latina, por ejemplo, es una zona libre de armas nucleares gracias al Tratado de Tlatelolco (Tratado para la Proscripción de las Armas Nucleares en América Latina y el Caribe, firmado en 1967), impulsado por un equipo de diplomáticos mexicanos bajo la guía de Alfonso García Robles (Premio Nobel de la Paz, 1982, junto con Alva Myrdal), y se ha podido mantener así en lo que va transcurrido el siglo 21.


Otras regiones del mundo siguieron la pauta de la desnuclearización: el Pacífico Sur, el Sudeste de Asia, África y Asia Central.

 

Japón, el país flagelado por dos bombas atómicas, se ve hoy envuelto en una discusión nacional sobre si debe rearmarse e incrementar su ejército y capacidades defensivas ante las amenazas de China y Corea del Norte, países armados con bombas atómicas.


Los acuerdos de restricción de armas nucleares en vigor durante décadas entre Estados Unidos y Rusia están a punto de expirar y no hay voluntad manifiesta de las partes para renovarlos.


China ha incrementado durante el siglo 21 el tamaño de su Ejército y Armada y ha duplicado, según algunas fuentes, su armamento nuclear.


El mundo vive hoy una nueva amenaza de destrucción nuclear global: entre tantos países armados con bombas atómicas infinitamente más destructivas que las arrojadas sobre Japón en 1945, el peligro de destrucción global de la Humanidad y la Tierra es real, inmediato y altamente probable.


Cualquier chispa en un conflicto regional (Ucrania, Medio Oriente, India y Paquistán, Corea del Norte y Corea del Sur) puede detonar una escalada atómica mundial.


Guardaré hoy un minuto de silencio por las víctimas de Hiroshima en 1945 y elevaré mis oraciones porque no se repita el holocausto japonés en mundo en 2025.


FIN 

 


martes, agosto 05, 2025

México 2050: el escenario ‘Mad Max’

Gobierno tras gobierno, en cada sexenio, una vez establecido firmemente el poder autoritario, importará menos quién sea la persona que esté al frente en la presidencia que mantener el poder a toda costa sin importar cualquier sacrificio que se imponga a la población.


Por Rogelio Ríos Herrán


Si la gran mayoría de los mexicanos no planea su día entero, ni el siguiente día, la semana en curso o el mes que transcurre, mucho sería pedirle a cualquier persona que aplique su imaginación al escenario siguiente:


¿Cómo cree usted que sería México en el año 2050 si continúa gobernando el Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) durante los tres siguientes sexenios posteriores al de Claudia Sheinbaum?


No le pido a usted que haga un ejercicio científico de prospectiva con base en lo que hasta ahora han hecho en el país tanto el gobierno de Andrés Manuel López Obrador (2018-2024) como lo que hasta el momento ha hecho el gobierno de Sheinbaum (2024-2030), sino un simple acto de imaginación.


De seguir las tendencias actuales de autoritarismo, corrupción e ineficiencia gubernamentales, sin que otras variantes nacionales o los factores internacionales las modifiquen, ¿cuál será el país en dónde vivirán nuestros hijos como adultos y los nietos como jóvenes veinteañeros?


Los integrantes de mi generación (+60) no estarán probablemente vivos para llegar a la marca del medio siglo, pero me temo que eso sería mejor a vivir la vergüenza de observar a un país no solamente irreconocible en lo político, sino sumido en el subdesarrollo económico.


Si todo sigue igual al año 2050 México será:


  1. Una nación de partido único, excluyente de cualquier otra fuerza política en donde las elecciones serán una parodia necesaria para cubrir el último requisito formal de la democracia: un país con elecciones.

  2. Un país cuyo régimen político estará cortado a la medida del poder centralizado en la figura del presidente en turno y en cuya Constitución está consagrado el principio de la primacía del Poder Ejecutivo por sobre cualquier otro poder.

  3. Un modelo político en el que la confrontación entre el Estado y el Crimen Organizado dejó de ser un problema, pues la alianza entre el poder legal y el poder fáctico criminal está consagrada en la Constitución y avalada por los militares.

  4. Un país cerrado al exterior que ha renunciado a participar en las organizaciones internacionales (ONU, OEA, OMS, OCDE, Derechos Humanos, etcétera) y a la política exterior para salvaguardar la soberanía nacional de injerencias externas.

  5. Una economía que volvió, después de la cancelación del TMEC en 2026 y el alejamiento con Estados Unidos y Canadá, al modelo de los años 70: cerrada a la integración económica regional, reducida su industria a empresas nacionales protegidas, exprimido el mercado interno y reducido a la monotonía de marcas y productos en los anaqueles.

  6. La frontera con Estados Unidos, desde la cancelación del TMEC y la intervención militar directa norteamericana en 2026 para aniquilar a las bandas criminales productoras de fentanilo, estará semicerrada y el acceso de los mexicanos será ínfimo y excesivamente regulado.

  7. Las remesas provenientes de Estados Unidos habrán cesado desde hace décadas, al igual que la inversión norteamericana. Las plantas americanas y europeas establecidas en México salieron hace tiempo del país.

  8. De los aproximadamente 12 millones de mexicanos que estaban en Estados Unidos (unos 6 millones de ellos en calidad de indocumentados) en 2025, el 90 por ciento (10.8 millones) fueron deportados o expulsados antes del año 2035, al cancelar el gobierno estadounidense las residencias y ciudadanías otorgadas a mexicanos. Su retorno forzado a México agudizó todo tipo de problemas económicos, culturales, territoriales, alimenticios y un largo etcétera. 

  9. Las ciudades estarán envueltas en nubes de aire contaminado e irrespirable, el agua potable será un bien escaso y controlado por la burocracia y el crimen organizado, la contaminación de aguas y costas será mayúscula y habrá disminuido la cantidad disponible de tierra cultivable y bosques en el país. La vaquita marina se ha extinguido desde mucho antes.  

  10. Los hijos y nietos de padres mexicanos que pudieron salir del país antes de la debacle, gracias a la doble nacionalidad o simplemente por iniciativa y astucia propias, tratan de ayudar a sus padres y abuelos que se quedaron en México a través de envíos clandestinos de dólares, en vista del control de divisas riguroso establecido por el gobierno mexicano.

  11. Los millones de mexicanos del segmento de pobreza y pobreza extrema que dejaron de recibir las ayudas económicas de los programas del Bienestar al quedarse el tercer gobierno morenista, apenas iniciando en 2031, sin un peso en la Tesorería y con una montaña de deudas frente a las cuales el gobierno declaró la suspensión de pagos internacionales, quedaron abandonados a su suerte y sin el alivio de un sistema de salud que los ampare. Se desconoce si millones de ellos viven o murieron, pues en ese mismo año (2031) el gobierno reservó la información de los censos de población realizados un año antes por razones de seguridad nacional y desplegó a la Guardia Nacional y al Ejército para controlar con mano férrea cualquier asomo de protesta en contra de la Cuarta Transformación.

  12. Los mexicanos más pobres y desvalidos viven de la asistencia de la Iglesia católica y otras denominaciones religiosas, ONGs y de la ayuda directa de ciudadanos que cada día tratan de por lo menos darles de comer una vez al día. El gobierno nacional no permite la entrada de asistencia internacional de la ONU ni organizaciones privadas como World Central Kitchen para proporcionar alimentos, medicinas y atención médica a niños y ancianos, con el argumento de resguardar la soberanía nacional.


Si a usted le parece lo que he descrito como un escenario digno de la película “Mad Max” (1979, dirigida por George Miller), exagerado y delirante, solamente recuerde que éste es uno de varios escenarios posibles, pero es el peor escenario imaginables si las tendencias, reitero, si las tendencias actuales se mantienen.


¿Por qué lo digo? La tendencia central que llevaría al escenario apocalíptico, la del autoritarismo, ya está implantada en el régimen político que está construyendo desde hoy el gobierno de la Cuarta Transformación.


Gobierno tras gobierno, en cada sexenio, una vez establecido firmemente el poder autoritario, importará menos quién sea la persona que esté al frente en la presidencia que mantener el poder a toda costa sin importar cualquier sacrificio que se imponga a la población.


“Mad Max” no es un escenario imposible: cada acción política del gobierno nacional desde 2018 (y estamos en 2025) apunta al desastre del 2050. 


Árbol que nace torcido, nunca su tronco endereza.



jueves, julio 31, 2025

México: ¿Qué es la “mala política”?

Paso a paso, mi amado México se desintegra y pierde el rumbo hacia una nación democrática en la cual rija el estado de derecho y campee la rendición rigurosa de cuentas y actos de los gobernantes. El país va en sentido contrario. 

Por Rogelio Ríos Herrán


La mala política es la que hacen los malos políticos que gobiernan a malos ciudadanos, como en México.


Nadie se salva. Si entendemos lo de “malos” ciudadanos no tanto como perversidad, sino como la grave insuficiencia o la carencia total de educación cívica, cultura general y conciencia política en el común de los mexicanos, veremos que es imposible que los líderes políticos surgidos de tal sociedad fallida sean “buenos” (en el sentido de eficientes, preparados y capaces de entregar excelentes resultados).


Por “mala política” entiendo lo siguiente:


  1. La falta de cultivo de una moral sólida y positiva en las personas que se dedican a la actividad política y al gobierno. La educación moral endeble y movediza impide a los gobernantes comprender la noción básica de lo que es la ética del servidor público y su compromiso con el manejo escrupuloso del erario y los cargos públicos. Para ellos, no hay conflicto alguno en su interior: sin moral personal, no hay ética pública que los obligue.

  2. Aun cuando algún gobernante más ilustrado que el promedio de sus congéneres traiga consigo una educación moral sólida, sus actos y propuestas públicas se estrellan contra el muro de los intereses creados, las alianzas inconfesables de gobernantes y criminales y, en general, un ambiente poco propicio a la rendición de cuentas.

  3. La corrupción es, lisa y llanamente, la tentación de aprovechar el poder público para beneficios privados indebidos. Mientras más débil es la formación moral, la carencia de valores y la preparación profesional de las personas aspirantes a gobernantes o legisladores, más pronto que temprano caerán en la tentación.

  4. En el sector público mexicano, me temo que los líderes recién llegados al gobierno no están preparados para defender su idealismo, sus buenas intenciones y escrúpulos de conciencia una vez instalados en los cargos públicos. Si ellos no entran al juego de la complicidad, será muy corta su carrera en el servicio público o acabarán inculpados de delitos que no cometieron para que otros sigan haciendo sus trampas.

  5. En México, las sanciones a servidores públicos, la codificación en leyes y reglamentos de penas severas para los corruptos, no sirven para inhibir a quienes están decididos a manejar los bienes públicos como patrimonio personal. Estadísticamente hablando, su impacto es tan bajo que bien podría decirse que las contralorías y comisiones contra la corrupción están de adorno en las paredes.

  6.  El General Álvaro Obregón tenía razón: nadie aguanta un cañonazo de 50 mil pesos, que en su época (hace 100 años) eran una fortuna. Actualizada la cifra a pesos de hoy, la frase sigue siendo cierta.


Ahora bien, la otra parte de la ecuación de la corrupción del servidor público en México es la ciudadanía que propicia esa corrupción.


Casi ningún mexicano se siente “moralmente derrotado”, como diría un político mexicano, por dar una “mordida” o soborno, por ejemplo, al agente de tránsito para que no nos aplique una multa por cometer una infracción.


Al contrario, la persona que no da “mordidas” ni sobornos a empleados y funcionarios públicos para acelerar sus asuntos es considerada ingenua.


Y de ahí a permanecer indiferente ante la ineptitud de la clase política en su conjunto para gobernar al país y su apatía ante el saqueo del tesoro público, no hay más que un paso.


Paso a paso, mi amado México se desintegra y pierde el rumbo hacia una nación democrática en la cual rija el estado de derecho y campee la rendición rigurosa de cuentas y actos de los gobernantes. El país va en sentido contrario.


Tal vez los ciudadanos no se dan cuenta de lo que está pasando, pues vivimos enfrascados en el día a día y en el ámbito de las vidas privadas ante el espectáculo deprimente que cotidianamente exhibe la clase gobernante de este país.


Pero el resultado final es inevitable: un país a medias en todo, es decir, medio democrático, medio autoritario; medio desarrollado, medio subdesarrollado; medio educado, medio ignorante.


¿La solución? En mi opinión, es volcarnos hacia la reeducación de los mexicanos, trabajar con las nuevas generaciones en una educación libre de dogmas y prejuicios ideológicos y formar a los gobernantes de excelencia del mañana que relevarán a los mediocres de hoy.


Eso, mis estimados amigos, tomará generaciones y décadas para hacerse realidad. Mejor empecemos ya a hacerlo antes de que sea demasiado tarde.

 



martes, julio 22, 2025

San Francisco bien vale una visa

El reconocimiento de que la buena reputación permite a cualquier ciudadano libre de relaciones dudosas con los políticos mexicanos entrar tranquilamente a Estados Unidos, como en mi caso, me puso una amplia sonrisa en los labios plena de satisfacción a mitad de un aeropuerto californiano


Por Rogelio Ríos Herrán


San Francisco, California.- Un pequeño regalo de vida me llegó de manera inesperada, hace unos días, al pasar la aduana de la autoridad migratoria estadounidense en el Aeropuerto Internacional de San Francisco sin problema alguno con mi Visa B1 B2.


Después de pasar mi esposa e hijas por la revisión del agente migratorio, nos enfilamos a recoger las maletas y buscar transporte rumbo al centro de la ciudad.


En ese instante, me percaté que al entrar a los Estados Unidos con mi familia me puse en una posición de ciudadano con buena reputación con el gobierno de ese país, algo de lo que muchos políticos mexicanos no pueden presumir.


Sus reputaciones están arruinadas, son “personas de interés”, como se dice ahora, en indagaciones criminales, lo que sea, pero no pueden entrar legalmente a los Estados Unidos, ni ellos ni sus familias, socios y cómplices en sus negocios políticos turbios.


¡Lo que darían ellos por visitar San Francisco con toda tranquilidad y acompañados de sus familias!


Pensé entonces en lo valioso de este regalo que como ciudadano con buena reputación recibí, por las siguientes consideraciones:


No soy empleado ni funcionario de gobierno federal o estatal alguno, ni tengo puesto en las áreas de compras o pagos a proveedores de empresas públicas que brindan jugosas oportunidades de hacer más dinero que si me sacara la lotería, pero tengo mi visa norteamericana sin problemas.


No soy diputado federal ni senador del partido oficial o de los partidos comparsas en el Poder Legislativo, ni tengo inmunidad, privilegios, gastos pagados, camioneta con chofer, ni charola para apantallar bobos, pero tengo mi visa sin complicaciones.


No soy administrador de aduanas, no tengo compadres en Pemex ni en el Tren Maya o en el AIFA que me “echen la mano” con un contratito para juntar dinero para un penthouse en Houston, pero tengo mi visa en paz.


No soy amigo de los hijos de encumbrados políticos que reparten contratos y asignaciones directas como si fueran naipes en un juego de póker, embajadas y consulados a diestra y siniestra, pero tengo mi visa en orden.


No me tomo fotografías con políticos, no tengo amigos narcos o lavadores de dinero, no necesito que los criminales me financien nada, ni campañas electorales o como socios de algún negocio, simplemente mi visa está activa.


No me interesa frecuentar a políticos en desayunos y comidas, escribir bien de ellos por encargo, recibir favores o tratos preferenciales que me dejen las manos atadas, pero mi visa, ¿saben?, tiene buen récord.


El reconocimiento de que la buena reputación permite a cualquier ciudadano libre de relaciones dudosas con los políticos mexicanos entrar tranquilamente a Estados Unidos, como en mi caso, me puso una amplia sonrisa en los labios plena de satisfacción a mitad de un aeropuerto californiano.


“El crimen no paga”, decían en las viejas películas norteamericanas de policías y ladrones, pues siempre te alcanza “el largo brazo de la ley”.


En cuanto el agente migratorio me regresó la tarjeta plástica con mi Visa B1 B2, la guardé cuidadosamente en la cartera, la puse en el bolsillo del pantalón y le di una palmadita amorosa: es mi pequeño tesoro.


“San Francisco bien vale una visa", diré en adelante, parafraseando la frase atribuida al rey francés Enrique IV (“París bien vale una misa”), que es más, mucho más, de los que los políticos mexicanos de “la lista” mitológica pueden decir hoy.


Por eso, decía mi abuelita Mamá Chayito: “cuídate de las malas compañías, Rogelito”, ¡qué bueno que le hice caso!




lunes, julio 21, 2025

San Francisco: el estruendo de México

San Francisco me entregó, vale decirlo, su encanto y paisaje marino, sin ocultar a quienes viven marginados y mueren interminablemente por las adicciones ni a los homeless.

Por Rogelio Ríos Herrán


San Francisco, California. No se preocupen, estimados amigos, el estruendo de México no llega masivamente a la inmensa bahía que hospeda a la ciudad de San Francisco y otras ciudades y poblaciones, esa es la buena noticia.


¿Qué es el estruendo de México? Es la violencia que hace palidecer a las películas de Tarantino como si fueran un juego de niños, sus narcos que son celebridades en los medios de comunicación, rockstars del fentanilo, maestros de la extorsión, el secuestro y la trata de personas, entre otras lindezas, se quedan muy lejos de estas costas californianas.


Los políticos mexicanos ineptos y profundamente corruptos de siempre, los mismos pillos de ayer que en el presente cambian de bando político, pero no de mañas, pueden acaparar las primeras planas en México, pero en California a nadie interesan en nada, cero, kaput.


La mala noticia: México es, política y mediáticamente hablando, una nación irrelevante en este espléndido puerto que tiene un perfil incomparable a otras ciudades norteamericanas.


Verán ustedes, me sorprendió la extensa población asiática (china, coreana, vietnamita, los rostros serios y la piel oscura de indios y paquistaníes), pues todos ellos sobrepasan en proporción a los latinos, hasta donde yo alcancé a ver.


A los turistas mexicanos nos saludan con cortesía, pero nada más, como si California no hubiera sido territorio mexicano alguna vez.


Esta es mi primera visita a San Francisco, así que seguramente mis impresiones iniciales se irán afinando con visitas posteriores, si la Providencia lo permite.


Prácticamente todas las poblaciones tienen nombres hispanos en esta área del norte californiano, y el estado rinde tributo histórico a cada construcción de la época novohispana fundada por los misioneros.


De México no se habla, sin embargo, en tiempo presente, más que alguna mención ocasional y secundaria en los noticieros locales sobre alguna declaración del presidente Trump tundiendo al gobierno mexicano por su incapacidad de frenar el flujo del fentanilo proveniente de nuestro país.


La mezcla generosa de lenguas y culturas, la gran influencia de la población oriental y los homeless (casi todos hombres negros) lo envolverán a usted en cualquier caminata por Union Square y el centro histórico o por la zona de El Embarcadero.


El flujo incesante de turistas europeos, por ejemplo, le permitirá ver a un gran número de familias del tipo nórdico.


Al caminar por la calle Post Street, a media cuadra de Union Square hacia el sur, se me apareció el estruendo mexicano de forma inesperada: un hombre joven, quizá treintañero, de piel negra y pelo rasta, permanecía inmóvil a mitad de la banqueta, doblado el torso hacia adelante por completo como si ejecutara un ejercicio gimnástico de tocarse la punta de los pies, pero sin levantarse.


Era una contorsión grotesca que había detenido al muchacho en el tiempo: no se levantaba, no caía, no se movía a un lado u otro, sólo estaba doblado en cuerpo y, me temo, en alma, completamente indefenso y en el peor estado posible para un hombre: sin dignidad alguna.


Sentí un escalofrío al verlo: eso es fentanilo, seguramente, pues ya he visto en videos de algunas ciudades norteamericanas el efecto que esa droga provoca en los adictos hasta el punto de hacerlos perder el control de su propio cuerpo y de cualquier tipo de razonamiento.


Yo estaba presenciando el último eslabón de la cadena depredativa de las drogas: el consumidor final, el “junkie” doblado, literalmente, por la última dosis que proviene casi seguramente de México.


El estruendo de México termina aquí, en una calle de San Francisco en donde, bajo el sol de una mañana espléndida en la bahía, un joven negro se rinde con una reverencia grotesca ante la muerte lenta del fentanilo.


Ya no hay más a dónde ir en el negocio del narcotráfico, su objetivo está cumplido: esa mañana cobró una vida más, pues, aunque el cuerpo de ese joven siga respirando, se ha muerto en vida ante la indiferencia de los peatones y frente a mi impotencia absoluta de ayudar a un prójimo en trance de muerte.


Cada día, un nuevo muchacho o muchacha prueba por primera vez la droga y ahí queda “enganchado” a seguir un camino que acabará con su vida mucho antes de su muerte física.


Ahí estaba el estruendo mexicano obrando ante mis ojos su ciencia de la muerte administrada en pastillas de colores que parecen inofensivas.


Seguí mi camino por Post Street y llegué al hotel Donatello, en el cruce con Mason St., para descansar y recobrar fuerza, pues las calles franciscanas requieren energía y determinación para recorrerlas, particularmente en las zonas de las lomas.


San Francisco me entregó, vale decirlo, su encanto y paisaje marino, sin ocultar a quienes viven marginados y mueren interminablemente por las adicciones ni a los homeless.


Como mexicano, recibí agradecido con esta ciudad todo lo que me entregó, incluso cuando hasta sus calles llegó una parte del estruendo mexicano.


Volveré, seguramente, para disfrutar la brisa marina al caer la tarde en El Embarcadero antes de cenar en Cioppino’s y recorrer de nuevo, a mi paso lento, esta ciudad señorial.

 

Sólo espero que al volver a SF encuentre una cara de México distinta a la que hoy tristemente ofrecemos al mundo.


Mexicanos con bandera nacional

Siempre me pongo de pie al escuchar el Himno Nacional y para saludar a la bandera: son los símbolos incorruptibles de la conciencia cívica d...