miércoles, agosto 12, 2026

JUGAR CON LA HISTORIA

Sheinbaum demuestra, como su antecesor López Obrador, un rasgo de personalidad preocupante: la arrogancia de nombrar a discreción los lugares y las cosas.

Por Rogelio Ríos Herrán


Una de las grandes tentaciones de los movimientos populistas es la manipulación de la historia de las naciones.

No se salva ninguno.

A lo largo de todo el espectro político, desde la extrema derecha hasta la izquierda radical, el hombre o la mujer demagoga distorsiona la historia a su conveniencia.

Como si fuera plastilina en manos de un niño, los líderes populistas hacen y deshacen el discurso histórico a su gusto.

En América Latina, jugar con la historia es un rasgo presente en cada gobernante populista.

México no es la excepción.

Desde los liberales del siglo 19 hasta los morenistas del siglo 21, la tentación se repite puntualmente en la figura de cada presidente mexicano.

Por ejemplo, en el caso de la presidente Sheinbaum, ¿a cuenta de qué vino lo de cambiar el nombre al Paso de Cortés?

¿No le suena a usted la similitud con la decisión del presidente Donald Trump de renombrar el Golfo de México como Golfo de América?

Los nombres de los lugares geográficos no están sujetos al capricho del gobernante en turno.

¿Qué sigue en México?

En buena lógica, el siguiente paso es cambiar el nombre al Mar de Cortés o no sé qué.

Sheinbaum demuestra, como su antecesor López Obrador, un rasgo de personalidad preocupante: la arrogancia de nombrar a discreción los lugares y las cosas.

Los morenistas no son solamente los reyes del eufemismo, sino los nuevos cartógrafos del siglo 21.

En lugar de reconocer con seriedad la gravedad de los problemas que aquejan a México, Sheinbaum decide ponerse chistosa en el Paso de Cortés.

No contenta con la incapacidad de su gobierno de solucionar el desabasto de medicinas, mejor se pone a jugar con la plastilina de la historia.

¿Madres buscadoras de familiares desaparecidos? ¿Extorsiones del crimen organizado a diestra y siniestra por todo el país?

¿Casos flagrantes de corrupción de funcionarios públicos?

¿Acusaciones graves de posible complicidad de funcionarios públicos y gobernantes morenistas con el crimen organizado?

Nada de eso, no.

Lo importante para ella es mover estatuas de Cristóbal Colón, cambiar nombres a las calles de la CDMX y, la última novedad, borrar el nombre al Paso de Cortés.

Eso es lo que la patria requiere hoy con urgencia que sobrepasa a cualquier otro problema nacional.

Ni un minuto más llevará el paraje entre los volcanes Popo e Izta la maldición del apellido del conquistador español.

El próximo 16 de septiembre la nación mexicana sabrá la nueva buena de la eliminación del nombre oprobioso, quizá ante otro desfile de soldados rusos invitados por el Palacio Nacional, como ocurrió en 2023.

Me prometí no comentar sobre el cambio de nombre del Paso de Cortés por ser un acto pueril e irrelevante, pero no aguanté las ganas.

No es un hecho aislado, sino el eslabón de una cadena que atraviesa a izquierdas y derechas populistas en América Latina.

No pueden evitarlo: se sienten Dios nombrando las cosas en el día de la creación.




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