Al reducir la doble nacionalidad a un “conflicto de lealtades” se pierde de vista el significado amplio de la nacionalidad: es una identidad jurídica de la persona con raíces familiares y culturales que la une a países diversos.
Por Rogelio Ríos Herrán
Los comentarios recientes de Claudia Sheinbaum sobre la prohibición de la candidatura a la presidencia de la república y a las gubernaturas a quienes tengan una doble nacionalidad, reflejan desconocimiento sobre este concepto.
Si tienes doble nacionalidad, ¿a quién vas a ser leal?, se preguntaba, palabras más o menos, la presidente en una reciente conferencia de prensa matutina.
Por tanto, agregó, nadie con doble nacionalidad deberá ser candidato a la presidencia de la república o la gubernatura de un estado.
Lógica simple, pero errada e inexplicable en boca de una descendiente de inmigrantes europeos.
Al reducir la doble nacionalidad a un “conflicto de lealtades” se pierde de vista el significado amplio de la nacionalidad: es una identidad jurídica de la persona con raíces familiares y culturales que la une a países diversos.
El reconocimiento de una doble o triple nacionalidad lo administran los gobiernos, pero lo otorgan los Estados que reconocen la riqueza de la diversidad nacional.
Es un vínculo legal entre el Estado otorgante y la persona reconocida.
Quienes agregan una nacionalidad a la de nacimiento no restan, sino suman sus raíces de sangre y cultura a las que tienen con su nacionalidad original.
No es un juego de suma cero la doble nacionalidad.
No se deja de ser mexicano por, además, ser estadounidense o español.
El doble nacional no es el espía infiltrado de un gobierno extranjero en territorio mexicano, como parece alucinar la perspectiva morenista.
El futbolista argentino nacionalizado mexicano, por ejemplo, no anotará autogoles en la portería mexicana al jugar contra Argentina.
Los millones de mexicanos con doble nacionalidad estadounidense y mexicana se beneficiaron de la derogación de la prohibición de la doble nacionalidad y no “traicionaron” a México.
El ejercicio de la doble nacionalidad está regulado por la Constitución (ver artículo 32 y otros) y las leyes secundarias, a las cuales la nueva iniciativa de ley morenista quiere hacer modificaciones.
Lo que me preocupa, antes que los detalles legales, es el espíritu que mueve a Sheinbaum y a los serviles legisladores morenistas a meter mano a un tema delicado.
La perspectiva patriotera de los morenistas quiere restringir aún más lo establecido en las leyes mexicanas.
Existen hoy restricciones para dobles nacionales en México:
No pueden servir en las Fuerzas Armadas en tiempos de paz ni en el Servicio Exterior Mexicano (SEM).
“El ejercicio de los cargos y funciones para los cuales… se requiera ser mexicano por nacimiento, se reserva a quienes tengan esa calidad y no adquieran otra nacionalidad” (artículo 32 constitucional).
Esa misma calidad será indispensable para todo el personal que tripule cualquier embarcación o aeronave que se ampare bajo la bandera mercante mexicana (artículo 32).
Las personas con doble nacionalidad deben identificarse siempre como mexicanas al ingresar o salir del territorio nacional (artículo 12, Ley de Nacionalidad).
Restringir el alcance de la doble nacionalidad por consideraciones políticas y electorales de corto plazo es un ataque a la esencia del concepto.
A raíz de la nacionalidad múltiple encontramos un anhelo de la persona por la universalidad de su visión política y cultural.
Bajo esa perspectiva, las fronteras dejan de ser murallas y se convierten en puentes entre personas de distintos territorios nacionales.
El mayor nivel de entendimiento del mundo y el fomento a la solidaridad humana entre los dobles nacionales es una aportación positiva a México.
Si me apuran, el camino de la doble nacionalidad es una ruta segura para iniciar el desmantelamiento de la polarización cultural que envenena a México.
Es sencillo: las múltiples nacionalidades e idiomas se traducen en diversas maneras de hablar y estar en el mundo, en amplias posibilidades de entendimiento y en una senda hacia la paz.
Entonces, ¿por qué reducir la doble nacionalidad, desde la perspectiva morenista, a un imaginario “conflicto de lealtades”?
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