Una solicitud de detención de políticos sinaloenses con fines de extradición fue el detonante de la descomposición del gobierno nacional hacia el nivel ínfimo de instrumento del partido político en el poder.
Por Rogelio Ríos Herrán
A lo largo de este año fue creciendo una crisis política en nuestro país que hoy ha madurado y abre un panorama oscuro para el corto plazo.
Parece increíble, pero es cierto, que el gobierno nacional de Claudia Sheinbaum se las haya arreglado para tornar la mayor ventaja geopolítica del país -la vecindad con Estados Unidos- y convertirla en una fuente de conflicto.
Hoy, su gobierno ha decidido llegar a la ruptura con el de Estados Unidos en torno a un tema de seguridad que debió ser menor, pero escaló a la primera fila de la relación bilateral.
Una solicitud de detención de políticos sinaloenses con fines de extradición fue el detonante de la descomposición del gobierno nacional hacia el nivel ínfimo de instrumento del partido político en el poder.
La crisis política no se reduce, sin embargo, a una ruptura en los hechos con Washington.
En su conformación debemos considerar un efecto pernicioso que derivó de la excesiva concentración de poder en Morena y en la presidente Sheinbaum: la ilusión de la omnipotencia.
Me refiero al mal que afectó severamente a Andrés Manuel López Obrador y llevó su administración al desastre económico y político que todos conocemos.
Claudia heredó ese mal: acaparar todo el poder, pero no saber manejarlo en su beneficio y el de su causa.
Como los nuevos ricos inexpertos, López Obrador y Claudia se han gastado el inmenso capital político que tenían en sus manos en pitos y flautas.
Lejos de observar que en el interior de Morena hubiera crecimiento y sofisticación partidista desde su llegada al poder en 2019, lo que hemos visto es lo opuesto: un partido fragmentado y mal fraguado.
A mayor concentración de poder, menor capacidad de gobierno.
A mayor concentración de poder, menor crecimiento económico.
Si el desempeño en el cargo presidencial de López Obrador y Claudia ha sido magro, conflictivo e insuficiente para hacer avanzar al país, no es por culpa de Estados Unidos, sino de ellos mismos.
Hoy, con la sombra de la complicidad de gobernantes y militares con el crimen organizado gravitando sobre el gobierno de Claudia, su decisión final sobre los acusados en Sinaloa la ha vaciado de poder de negociación ante Estados Unidos.
Al interior del país, las etiquetas de “narcopartido”, “narcogobierno” y “narcocandidatos”, injustas o no, quedarán pegadas al gobierno nacional y a Morena tanto como a sus candidatos a puestos electorales en todos los niveles.
El financiamiento ilícito a las campañas electorales morenistas en miles de millones de dólares, documentado desde hace años por el Departamento del Tesoro de Estados Unidos, es el paso siguiente de la crisis política.
No me complace eso ni mucho menos.
La mejor manera de sustituir a un gobierno inepto y corrupto no es su derrumbe rápido y estrepitoso que siembre el caos en México.
He vivido demasiadas crisis de fin de sexenio, devaluaciones y derrumbes de presidentes mexicanos como para desear lo mismo al de Claudia.
Ella misma, sin embargo, junto con su equipo y partido político, tomó la peor decisión de su gobierno al enfrentar a Estados Unidos por la defensa de Rocha Moya y sus asociados acusados de cargos graves.
Por tanto, ella misma debe responder a las consecuencias y dar cuentas a la nación mexicana, antes que a Estados Unidos, de su decisión de proteger a funcionarios públicos implicados en acusaciones criminales desde otro país.
Si me apuran, el gobierno nacional de Sheinbaum ha terminado, a pesar de que ella siga en el cargo.
¿Hasta cuándo se dará cuenta?
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