Si no hay otro camino para llamar a cuentas a los morenistas corruptos y su “narcogobierno”, que entonces vengan las cortes extranjeras, desde Estados Unidos o desde la CIDH.
Por Rogelio Ríos Herrán
Un hilo negro engarza en la corriente impetuosa de la corrupción a dos movimientos de inspiración marxista: los socialistas españoles (PSOE) y los morenos mexicanos (Morena).
No sólo el gobierno socialista de Pedro Sánchez, sino el expresidente José Luis Rodríguez Zapatero (2004-2011) son objeto de investigaciones y procesos judiciales por la Audiencia Nacional y tribunales españoles.
Los morenistas mexicanos son exhibidos constantemente en actos de corrupción grandes y pequeños por los periodistas de investigación y medios de comunicación críticos.
En México, el expresidente López Obrador enfrenta tres denuncias y quejas en proceso en cortes internacionales.
La más reciente en junio, la del Partido Acción Nacional, en la Corte Penal Internacional, por presuntos vínculos con grupos criminales y una estrategia de seguridad omisa (“abrazos, no balazos”).
En marzo, la Comisión Internacional de Derechos Humanos, a petición de 65 jueces y magistrados mexicanos, emplazó al Estado mexicano a responder a la acusación de que la reforma judicial de AMLO vulnera gravemente la independencia del poder judicial.
En 2024, la Corte Interamericana de Derechos HUmanos sentenció al gobierno de México (al de López Obrador) a eliminar la prisión preventiva oficiosa por violar los derechos humanos.
Los hijos del primer matrimonio y la generación de “compañeros del movimiento” que lo acompañan desde sus días de activista tabasqueño, son señalados por presunto tráfico de influencias y enriquecimiento inexplicable.
Los socialistas españoles y mexicanos comparten también el “apetito por la destrucción” (como el álbum de Guns & Roses) de la democracia.
Lo que no pudieron destruir los izquierdistas españoles por la resistencia de las instituciones peninsulares, los hace ver con envidia a sus congéneres mexicanos.
Aquí, los morenistas agarraron vuelo y en apenas ocho años no sólo obstruyeron la transición democrática, sino que revirtieron el sistema y las instituciones hacia el viejo presidencialismo mexicano.
Persiste, sin embargo, una diferencia fundamental, hasta el momento, entre “zurdos” peninsulares y aztecas.
No sé si fue por falta de oportunidades o por un último escrúpulo moral, pero a los socialistas españoles se les puede acusar de muchas cosas, menos de tener complicidades profundas con el narcotráfico.
En contraste, la escala industrial de la red de complicidades entre políticos y narcos mexicanos que exhiben los gobiernos morenistas es impresionante.
He observado al sistema político mexicano desde mis años estudiantiles, pero lo que veo hoy supera a mi imaginación.
Con la democracia semi destruida, el poder judicial y la fiscalía de la nación capturadas por personas incondicionales, el mismo Pedro Sánchez envidiaría la capacidad de los morenistas de blindarse contra acusaciones graves.
Al revisar los documentos del Tribunal del Distrito Sur de Nueva York con la acusación al gobernador de Sinaloa y nueve cómplices más, resalta la figura de la “asociación delictuosa”, de los fiscales estadounidenses.
Prácticamente toda la capa superior del gobierno estatal de Sinaloa se hizo cómplice del Cártel de Sinaloa a cambio de sobornos y beneficios.
El modelo sinaloense se replica, afirman los fiscales neoyorquinos, en otros estados de la República Mexicana y en su gobierno nacional.
Claudia Sheinbaum, sucesora presidencial por deseo de López Obrador, tomó la decisión de no obedecer la solicitud de extradición de Estados Unidos, a pesar del tratado existente entre ambas naciones.
Con esa decisión, Sheinbaum definió la postura de su gobierno en la línea de López Obrador: no reconocer la complicidad criminal y seguir conviviendo con ella.
A algunos observadores españoles y extranjeros la etiqueta de “narco gobierno” y “narco presidente” que los mexicanos han colgado a los morenistas pudiera parecer excesiva.
Pero no es exagerado. De ello se dan cuenta en cuanto ponen un pie en la realidad mexicana.
¿Por qué no castigan a los corruptos en México?, pregunta un amigo español. En Madrid están dando palos judiciales a Sánchez y a Rodríguez Zapatero.
Porque en México capturaron todo el aparato del Estado,yo intento responder, con el fin de protegerse.
No se sorprenden, entonces, los observadores extranjeros de que haya muchos mexicanos que esperan con ansiedad más acusaciones contra morenistas corruptos desde Estados Unidos.
No son antinacionalistas, no son “traidores” a la Patria, ni aplauden a Donald Trump.
Si no hay otro camino para llamar a cuentas a los morenistas corruptos y su “narcogobierno”, que entonces vengan las cortes extranjeras, desde Estados Unidos o desde la CIDH.
En España, afortunadamente, no se ha llegado a los extremos que se viven en México.
Como dije, el hilo negro de la corrupción engarza a los socialistas españoles y mexicanos metidos en aprietos por corruptos.
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