Con variantes y modalidades distintas, cada líder viejo e inmaduro propicia la desestabilización de la geopolítica mundial al inyectarle riesgo y azar, deliberadamente, a un comportamiento político que debería, idealmente, tender a la seguridad y la previsibilidad.
Por Rogelio Ríos Herrán
Una forma de entender por qué la política internacional se finca casi exclusivamente en la fuerza armada, el cálculo político y la potencia económica, es porque algunos de los principales gobernantes de países influyentes viven una etapa de deterioro físico y mental avanzado.
Pienso, por supuesto, en Donald Trump (79 años), pero también en Vladimir Putin (73 años), Xi Jinping (72 años), Ayatola Jamenei (86 años), Benjamin Netanyahu (76 años), Narendra Modi (75 años), Lula da Silva (80 años) y Andrés Manuel López Obrador (72 años), el poder tras el trono en México.
A lo largo del espectro político que va de la derecha a la izquierda, la edad se vive como una tragedia, no como la cumbre de la madurez que compensa el decaimiento del cuerpo.
“Breaking bad”, dicen los americanos de quienes pasan de la legalidad a la ilegalidad. “Aging bad”, diría yo, envejeciendo mal, de quienes pasan de la vida adulta a una madurez interrumpida o que algunos de ellos no tuvieron jamás.
El liderazgo de las grandes potencias se encuentra hoy en manos de personajes inmaduros, paranoicos, alejados de la realidad e incapaces de sentir empatía, no digamos de otros países, sino de sus propias naciones.
El frenesí de dominación política, conquista territorial e imposición cultural, como el desatado por Putin al agredir a Ucrania, es un mal generalizado, no la excepción a la regla.
Con variantes y modalidades distintas, cada líder viejo e inmaduro propicia la desestabilización de la geopolítica mundial al inyectarle riesgo y azar, deliberadamente, a un comportamiento político que debería, idealmente, tender a la seguridad y la previsibilidad.
Con sus vidas familiares rotas, lejanas o inexistentes, sus complejos, peores impulsos y desplantes de vanidad y autoritarismo no tienen freno.
No hay para ellos una tranquila chimenea frente a la cual leer, tomar café o platicar y jugar con los nietos.
No existe una compañera de vida que los modere, los haga entrar en razón, les recrimine sus desplantes machistas y los induzca a sentir una pizca de empatía al momento de tomar sus decisiones de política y de guerra.
No tienen una fe o devoción que los cobije en sus momentos de duda y apremio, que les indique los parámetros morales de sus decisiones o les haga sentir remordimiento por las consecuencias terribles de sus actos.
No tienen temor de la ley, el prójimo ni de Dios.
Al lado de la indignación que me invade por sus actos absurdos y malvados, superando el coraje y la frustración en su contra, al final siento pena por ellos: la clase de tristeza que da al observar a personas que, al final de sus vidas, no encontraron la madurez en sus mentes ni la paz en el alma, después de una vida inútil de odio y ambición.
El mundo puede vivir otra guerra mundial si la chispa se enciende por la decisión errónea, absurda o disparatada de un gobernante, en cualquier parte del planeta, cuando los líderes no son mínimamente racionales ni ligeramente empáticos.
¿Qué nos espera en el futuro inmediato?
El ciclo de sus vidas terminará cuando reciban el llamado divino final de la providencia.
Si en vida no tuvieron temor de Dios, no quiero saber cómo les irá en el juicio final: cosecharán lo que sembraron.
@RiosH60
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