viernes, febrero 06, 2026

San Antonio sin ICE

En “San Antonio sin ICE”, como escuché en la calle, cada viaje sirve para comprobar que la ciudad sigue creciendo, construyendo infraestructura vial, conservando limpias las calles y, en general, con ciudadanos y automovilistas respetuosos de la ley y el orden.

Por Rogelio Ríos Herrán


Me bastó un viaje familiar corto a San Antonio, Texas, durante la semana que termina, para constatar lo que he escuchado decir de amigos o conocidos que estuvieron de viaje, o vivieron en el extranjero, y vuelven a la patria con sentimientos encontrados.

Todos ellos, ricos, pobres o clasemedieros, han visto el mundo y, al regresar, no pueden evitar el sentimiento de desencanto al ver que, como país, nos vamos quedando atrás.

¿Atrás de qué?, me preguntarán algunos de ustedes con justa razón. Si México es nuestra patria y el hogar de nuestras familias, el sitio en que descansan en paz nuestros padres y familiares, ¿qué necesitamos andar comparando lo que tenemos con lo de otros países?

Antes de contestar, les describo, por si lo olvidaron o no quisieron ver, que el cruce fronterizo de Laredo, Texas, a Nuevo Laredo, Tamaulipas, es una escena de película de descenso a niveles inferiores de país.

Las instalaciones de la Aduana en el puente, las actitudes de los elementos de la Guardia Nacional, las extorsiones a la luz del día de quienes traen camionetas con equipaje o personas (no nos afectó a nosotros, afortunadamente), son el comienzo.

Sin seguir protocolos ni adoptar la actitud de servicio hacia el ciudadano, con mala cara y pésimo trato, los guardias nacionales intimidan y atemorizan con su sola presencia.

La salida inmediata de la Aduana es hacia una calle estrecha, llena de baches. Es una calle de barrio, sin vigilancia y poblada de personas y vehículos que, por lo menos, no inspiran confianza ni para bajar el vidrio de una ventanilla.

El bulevar conecta, después de unos kilómetros en los que el conductor debe cuidarse del acecho de los policías municipales que andan “taloneando el varo”, como dicen en la CDMX, y se arrojan sobre cualquier vehículo con placas foráneas.

Si usted libró todo esto sin daño alguno y ya va por la carretera federal hacia Monterrey, espere un momento. Todavía debe pasar, en el kilómetro 26, las instalaciones recientes, pero ruinosas (¿cómo le hicieron para deteriorarlas así en pocos años?), de lo que queda de la garita aduanal.

De nuevo, la Guardia Nacional parece, desde lejos, un piquete de facinerosos salidos de las películas de Mad Max, quienes ponen conos naranjas en el camino y, con sus armas pesadas en mano, te miran como si uno fuera el delincuente más peligroso de la región disfrazado de padre de familia.

Todo eso entre baches, bordos y desniveles en la carretera. A los costados de la ruta, decenas de camiones y tráileres bloquean los acotamientos y accesos a gasolineras y negocios, sin orden alguno y sin vigilancia a la vista.

Antes de llegar a la conexión a la autopista, es preciso tener una destreza como la de Checo Pérez para sortear las maniobras descuidadas de traileros y automovilistas que no respetan límites de velocidad, cambios de carril ni nada, sólo marchan al grito de “¡golpe avisa!”.

La cereza en el pastel del viaje de regreso fue un accidente de camiones (otro más) casi al terminar la autopista a Monterrey, a la altura de Salinas Victoria, que bloqueaba el camino. Para escapar del atorón vial, tomamos una carretera vecinal hacia Salinas Victoria y Escobedo, una que conecta con la carretera a Colombia.

Había oscurecido y, aunque a lo largo del camino había postes de alumbrado público durante varios kilómetros, ninguna, repito, ninguna de las luces estaba encendida.

Así que íbamos de noche por un camino lleno de baches, sin carriles ni señalamientos marcados, sin alumbrado público, lleno de camiones y autos con conductores fastidiados y, además, con desviaciones por obras de construcción de pasos a desnivel sin señalamientos ni avisos.

Las comparaciones no son odiosas, sino una forma de resistencia a la degradación de la vida de los mexicanos y sus ciudades; las considero absolutamente indispensables para ubicar en qué país vivimos en realidad.

En “San Antonio sin ICE”, como escuché en la calle, cada viaje sirve para comprobar que la ciudad sigue creciendo, construyendo infraestructura vial, conservando limpias las calles y, en general, con ciudadanos y automovilistas respetuosos de la ley y el orden.

Viajar y conocer el mundo, a cualquier nivel socioeconómico que se haga, es la única forma de rechazar lo inaceptable: quedar condenados a la mediocridad de la vida cívica, a padecer gobiernos ineficientes y corruptos, a que los policías, guardias nacionales y militares te vigilan desde las miras de sus fusiles.

No, nada de eso es normal, ni lo será jamás. Ay de nosotros si no nos damos cuenta y no hacemos, desde ahora, algo al respecto.

Hoy, la mediocridad y la corrupción tienen las siglas de MORENA (Movimiento de Regeneración Nacional), como antes hubo otras siglas.

¿A esta clase de país incivilizado nos van a condenar los morenistas?



No hay comentarios.:

San Antonio sin ICE

En “San Antonio sin ICE”, como escuché en la calle, cada viaje sirve para comprobar que la ciudad sigue creciendo, construyendo infraestruct...