El 3 de noviembre llegó y estaré atento a cómo va a reaccionar el ciudadano estadounidense en las urnas ante la situación que atraviesa su país: guerras, tarifas arancelarias, inflación, división política extrema en la sociedad, persecución a migrantes, acusaciones de corrupción a servidores públicos, etcétera.
Por Rogelio Ríos Herrán
Al llegar el 3 de noviembre, yo tengo el presentimiento de que seré testigo a la distancia de una jornada electoral en Estados Unidos en que se empezará a cerrar una herida abierta en ese país: el asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021.
Desde aquel nefasto día del asalto de los seguidores de MAGA al recinto histórico con saldo de muertos y heridos, el Congreso estadounidense quedó atrapado en un limbo.
Se redujo al nivel de arena del coliseo romano en la cual gladiadores republicanos y demócratas cambiaban ataques e insultos.
No hubo ya personajes con la buena reputación y solvencia política necesaria para “cruzar el pasillo”, es decir, dialogar con colegas azules y rojos sobre la aprobación de las leyes.
Pienso en personajes de altura como fueron Ted Kennedy y John McCain.
Completada la captura del Partido Republicano por Donald Trump, lo siguiente fue la toma simbólica del Capitolio, después del fracaso del asalto violento.
En su segundo mandato, el presidente Trump gozó de dos años de control absoluto del Congreso y el Senado.
Sin contrapesos ni objeciones, la tarea legislativa pasó a segundo plano en vista de las demandas de la Casa Blanca.
Salvo en México, no había visto en ninguna otra democracia occidental una situación de subordinación casi total de los legisladores a los deseos del presidente.
Una presidencia sin autocontrol ni contrapesos legislativos es una receta segura para el fracaso de la gestión gubernamental.
En ese sentido, Estados Unidos no ha sido la excepción.
Ni en política interior ni mucho menos en política exterior, el presidente Trump ha cumplido con las expectativas fantásticas que planteó durante su campaña electoral.
Llegará la hora de que la sociedad norteamericana haga el balance de su gobierno con sus logros y fracasos.
Por lo pronto, al llegar las elecciones legislativas intermedias a la mitad de su segundo mandato, el presidente Trump tendrá un examen durísimo en las urnas.
Al americano promedio no se le puede engañar o confundir por mucho tiempo: su bolsillo es el mejor asesor electoral.
El 3 de noviembre llegó y estaré atento a cómo va a reaccionar el ciudadano estadounidense en las urnas ante la situación que atraviesa su país: guerras, tarifas arancelarias, inflación, división política extrema en la sociedad, persecución a migrantes, acusaciones de corrupción a servidores públicos, etcétera.
Desde México, la ansiedad no es menor que en Estados Unidos.
Es tan estrecha la interrelación entre mexicanos y estadounidenses, tan grande la dependencia de México ante su vecino, que una elección allá forma parte de la vida política acá.
El instinto me dice que debo confiar en la sabiduría del votante norteamericano cuando, en momentos como el presente, está en juego verdaderamente el destino de su país.
Sí, son los mismos electores que anteriormente votaron por Trump los que podrían castigarlo esta vez, excepto por su cada vez más reducida base de seguidores incondicionales.
Estoy saturado de revisar todo tipo de encuestas sobre el voto en el Congreso, el Senado y varias gubernaturas, entre ellas la de Texas.
Todas apuntan, sin embargo, a una “ola azul” demócrata que ganará seguramente en el Congreso, quizá en el Senado y, como plus, en Texas.
Esa sería mi apuesta “trifecta” personal, la cual incluye recuperar el Capitolio.
Hoy le toca hablar al votante americano en las urnas y a sus políticos parar las orejas.
@Rios60H