Cada día me siento más decepcionado por la incapacidad del gobierno nacional de ofrecer un nivel mínimo de seguridad a las personas, además de su falta de rendición de cuentas ante la evidencia de la corrupción que aqueja al Movimiento de Regeneración Nacional.
Por Rogelio Ríos Herrán
La empatía es el bien escaso de nuestra época. Sin ella, el sufrimiento ajeno se hace normal para los gobernantes en medio de su complaciente indiferencia.
Las reacciones de las autoridades mexicanas, desde las nacionales a las municipales, son de cajón, es decir, estandarizadas para eludir responsabilidades cuando se presenta información ante los medios de comunicación.
También de cajón es la falta de información a las familias de las víctimas mortales de atrocidades, asaltos, desapariciones y secuestros colectivos: diez ingenieros y empleados mineros en Sinaloa; once personas asesinadas en un campo de fútbol dominguero en Salamanca, pero los familiares no merecen el respeto a su dolor y dignidad ni el cumplimiento de su derecho a la información.
En el púlpito nacional, la conferencia matutina presidencial en Palacio Nacional, el rito de la elusión de responsabilidades y de distorsión de la información de los gobernantes se cumple a cabalidad.
Los mineros fueron confundidos por los grupos criminales, nos dice un alto funcionario de seguridad pública, quien se pone a elucubrar con hipótesis en una investigación en curso, mientras los familiares siguen en la sombra de la desesperación y la desinformación.
Nula empatía, cero sensibilidad y carencia absoluta de decencia de quienes, desde el gobierno, se comportan y hablan con desparpajo burocrático.
¿Qué pasa con la presidenta Sheinbaum? No lo sé. Yo esperaba que, aun siendo crítico de ella y su forma de llegar al poder, como la mujer que ocupa por primera vez el cargo, habría de aplaudir que ella rompiera la muralla de la indiferencia con los mexicanos que sufren y se sienten abandonados por sus gobernantes, y mostrara empatía, calor humano.
Hasta el momento, mis expectativas no se han cumplido. Cada día me siento más decepcionado por la incapacidad del gobierno nacional de ofrecer un nivel mínimo de seguridad a las personas, además de su falta de rendición de cuentas ante la evidencia de la corrupción que aqueja al Movimiento de Regeneración Nacional.
La acción del gobierno federal no se aprecia en los hechos, más allá de lo que se habla y anuncian las conferencias matutinas en Palacio Nacional.
Bajo la espectacularidad de los anuncios de detenciones de criminales y extradiciones supuestamente irregulares de narcotraficantes a Estados Unidos, se oculta el hecho de que esos actos son apenas rasguños a una estructura criminal que sigue teniendo control territorial efectivo en regiones del país.
Los indicadores económicos revelan con crudeza el estancamiento de la economía y la inutilidad de la política económica seguida por el actual gobierno, lo cual echa por tierra el triunfalismo retórico del gobierno morenista.
El tono del ambiente político nacional es el de la cerrazón y el exclusivismo del partido gobernante, desde el cual no se dialoga con persona u organización alguna que no sea incondicional de Morena.
Tal como heredó de López Obrador la arrogancia de gobernar sólo para él y su movimiento político, Claudia Sheinbaum ha repetido fielmente la receta del partido único que sufre un caso severo de sordera autoritaria.
De la arrogancia política y la indiferencia al sufrimiento ajeno deriva la falta de empatía de los morenistas más duros, empezando por Sheinbaum, hacia una población mexicana que, a nivel del suelo, vive una de las épocas más violentas de que se tenga noticia en México.
Me duele constatar que la primera mujer presidente de la república no ha estado, después de un año de gobierno, a la altura del cargo ni ha llegado a la estatura de estadista.
Yo hablo de la arrogancia de los morenistas porque antes viví la arrogancia de los priistas y panistas que los antecedieron. Nunca, sin embargo, la soberbia del poder alcanzó antes los niveles y la extensión a los que llegaron López Obrador, primero, y Claudia Sheinbaum, después.
Lo de hoy es inaudito: una combinación de ineptitud, arrogancia y corrupción que se refleja en una gobernanza mediocre de México en manos de los morenistas, la nueva aristocracia de la política mexicana.
¿Hacia dónde va México en este barco sin timonel?
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