martes, junio 06, 2017

USA: Son las drogas...


Fuente: Google.com

Por Rogelio Ríos Herrán
  
Cuando las prioridades de los gobernantes están de cabeza, se ven enemigos fuera de casa, pero no se reconocen los que habitan en ella.

Mientras Washington persigue obsesivamente a “terroristas islámicos” alrededor del mundo, crece como epidemia la adicción a las drogas entre los propios estadounidenses.

El año 2016 marcó un récord triste para Estados Unidos: la cifra de muertes por sobredosis de drogas dio un salto respecto al 2015 para llegar a más de 59 mil decesos (de 52 mil 404 ocurridos el año anterior), algo nunca registrado en ese país, según estimaciones de The New York Times.

Se calcula en 2 millones la cifra de adictos a los llamados “opioides” (medicamentos originalmente diseñados para aliviar el dolor): la heroína, el fentanyl (50 veces más potente que la heroína y 100 veces más poderoso que la morfina) y sus similares como el carfentanil, un tranquilizante para elefantes (sí, para elefantes) cuya potencia es 5 mil veces superior a la heroína, imagínense lo que puede hacer en el cuerpo humano.

Otros 95 millones de estadounidenses recurrieron a analgésicos con receta el año pasado (número mayor al de los consumidores de tabaco), por lo cual el panorama de las adicciones para 2017 no se ve nada esperanzador.

El problema no es estrictamente estadounidense, pues la demanda de drogas para consumir en Estados Unidos tiene un impacto global: la mayoría del fentanyl que se consume en Estados Unidos, por ejemplo, se fabrica, frecuentemente de manera legal, en China, de donde se embarca a organizaciones criminales en México y Canadá para ser contrabandeado a territorio estadounidense. Para los narcotraficantes, el rendimiento de un kilogramo de fentanyl comprado en China por 4 mil dólares puede llegar hasta los 1.6 millones de dólares una vez que se vende en las calles, según estimaciones de la revista The Economist.

Un gran cambio en la manera de abordar este grave problema sería el de enfocarlo primordialmente como un tema de salud pública, es decir, del lado de las adicciones: cómo prevenirlas, pero además cómo ayudar a quienes luchan contra su adicción a drogas sintéticas tan destructivas que matan ya a casi 60 mil estadounidenses al año, además de los que mueren a consecuencia del abuso prolongado de drogas.

¿Cómo es posible que no esté en primer plano en la opinión pública estadounidense, en su Congreso, Casa Blanca y Suprema Corte el saldo de esta guerra cuyas muertes por sobredosis -nada más en 2016- es similar al de todos los soldados americanos caídos en Vietnam?

Hablar de miles de muertos, manejar estadísticas y tendencias no debe alejarnos de la cara más oscura del consumo de drogas: la red que atrapa a una persona, como a una mosca en la telaraña, y no la suelta hasta que destroza su vida o muere.

Cada historia personal perdida, el dolor de sus familias y amigos, la devastación de pueblos enteros en la Unión Americana que se quedan sin jóvenes o personas aptas para el trabajo al caer en las adicciones, eso no se contabiliza en las estadísticas, pero su impacto es suficiente para rasgar en sus cimientos a una sociedad entera, ¿qué van a hacer al respecto sus gobernantes? ¿Seguirán el mismo camino o cambiarán el rumbo?

rogelio.rios60@gmail.com

Fuentes:

New York Times: “Drug Deaths in America are raising faster than ever”, Josh Katz, 5 de Junio, 2017

The Economist: “Fentanyl is the next wave of America´s opioid crisis”, 20 de Mayo, 2017.









lunes, junio 05, 2017

TIMÓN SIN RUMBO

Fuente: Google.com

Por Rogelio Ríos Herrán

No sé qué tanto contribuyen las campañas electorales -al estilo mexicano- al avance de la democracia. Nadie en su sano juicio en México cree que las campañas de proselitismo de los candidatos, la votación, el conteo de votos y los inevitables conflictos poselectorales que se dirimen en los tribunales nos hagan un mejor país, políticamente hablando.

La opción no es dejar de celebrar elecciones, ni renunciar a la democracia representativa, por supuesto. Lo que no dejo de preguntarme es que si, en efecto, queremos una democracia, ¿a qué precio la conseguiremos? ¿Llegaremos al punto de la degradación total de la vida pública con tal de seguir manteniendo un sistema electoral sumamente costoso en un país cuya mitad de la población, por lo menos, vive en el nivel de pobreza?

¿Cuántas campañas electorales más como la que vivimos en el Estado de México aguantará este país? ¿Hacia qué rumbo va el sistema político en su conjunto que no sea el de la anarquía y la desaparición en la práctica de los poderes y la presencia del Estado?

El gasto tan elevado de recursos públicos en el sistema de partidos y en la organización y calificación de las elecciones es inaceptable en vista de los resultados que producen: con cada elección, en lugar de disminuir, crece el escepticismo de los ciudadanos ante el lamentable espectáculo de dispendio, corrupción y trinquetes en que se han convertido las campañas electorales.

Ni siquiera al abstencionismo se ha derrotado cabalmente. El mal mexicano de la baja participación de los ciudadanos en las votaciones sigue presente, en mayor o menor grado, en cada jornada electoral.

Los candidatos ganadores, desde los alcaldes hasta el Presidente de la República, llegan al poder con una representatividad muy cuestionable: sigue sin votar la mayoría de los mexicanos; los que votan, además, no alcanzan para conferir a los candidatos ganadores una legitimidad plena ni para reforzar la gobernabilidad de todo el sistema político, la cual hoy está por los suelos.

Si lo que pasó en el Estado de México, en donde para apoyar al candidato ganador priista se volcaron todo tipo de recursos públicos y privados, es una probadita de lo que viene en la elección presidencial del 2018, entonces no se augura otro escenario que el desastre.

Las probabilidades de que la sociedad rechace en su conjunto y sin distinciones a la clase política entera se elevan con cada caso de corrupción que se descubre, con cada golpe del narcotráfico a las fuerzas armadas del Estado, con cada ocasión en que el mexicano común y corriente se topa con una burocracia voraz que no hace más que sacarle como sea el poco dinero que le queda después de haber padecido a los delincuentes.

Si eso no se ve desde las alturas del poder, tanto peor para los gobernantes. El peligro de un rompimiento social generalizado, de una vuelta al México dividido y enfrentado del siglo 19, está latente. Desactivarlo es tarea de todos, no solo de quienes nos gobiernan, porque si se derrumba el Estado se desintegra la sociedad.

Hay demasiado en juego para los ciudadanos como para no esforzarnos para que las cosas cambien. Si en el timón de México siguen fijando el rumbo los políticos de siempre con sus costumbres de toda la vida, vamos al naufragio. Todavía estamos a tiempo de evitar una catástrofe nacional.

rogelio.rios60@gmail.com



domingo, junio 04, 2017

VIDAS SEPARADAS

Fuente: Google.com

Por Rogelio Ríos Herrán

No solamente un hombre y una mujer cuyo matrimonio está en desintegración viven sus vidas aparte, aunque sea bajo el mismo techo. Así también lo hacen los gobernantes y los ciudadanos: bajo el mismo techo, pero con un abismo de distancia entre ellos.

Cada jornada electoral de importancia, como la que hoy se vive en el Estado de México, Coahuila, Nayarit y Veracruz, se convierte en uno de esos raros puntos de encuentro de políticos y ciudadanos en las urnas, como si los días de distanciamiento matrimonial fueran a dar paso a una reconciliación afectuosa.

Pero la ilusión dura poco. No bien transcurrirá el domingo electoral, cuando el lunes volvamos a la realidad del abismo de separación entre sociedad y gobierno. Puede ser que en Edomex incluso resulte ganador un gobierno de alternancia al PRI, pero de todas maneras quienes ganen se volcarán sobre su tarea de gobierno que inevitablemente los empezará a alejar de los ciudadanos en cuyo nombre gobiernan.

No es ésa una ley fatal, ni mucho menos, pero la experiencia de la vida pública mexicana así lo ha puesto en evidencia. Más allá de las urnas y los días de votación, no hay casi puntos de encuentro de los ciudadanos con sus funcionarios. No es solamente cuestión de nombrarse “independientes” los candidatos o gobiernos en funciones, ni se agota el asunto en incorporar de alguna manera o de otra a ciudadanos como consejeros de las tareas públicas.

Lo que no hemos podido lograr plenamente desde 1997, año que marcó el inicio de la transición democrática en México cuando el PRI perdió por primera vez la mayoría en el Congreso de la Unión, es que tanto gobernantes como ciudadanos no se observen desde banquetas opuestas de la calle, sino que caminen juntos por la misma vereda.

Es decir que, junto con la transmisión del poder a través de sus votos, los ciudadanos transfirieran igualmente sus esperanzas y anhelos, los problemas que los angustian, sus intereses inmediatos de una vida más segura en sus casas y calles, el sueño de un país en donde se pueda prosperar y no meramente sobrevivir en el día a día.

Desde las calles, entre la gente, rodeado de servicios públicos deficientes, burocracia mal encarada, policías que no protegen y transporte público caro y malo, el ciudadano observa -cuando atina a levantar la vista- en las alturas celestiales a una clase política que vive, literalmente, en otro mundo en el cual se diluyen los llamados de los ciudadanos hasta hacerse inaudibles.

Aun con elecciones confiables, cuyos resultados no son cuestionados en lo esencial, dos décadas de transición democrática no nos han podido llevar a una nueva cultura política en donde impere la legalidad y realmente se gobierne con el interés público en mente.

No llegan los gritos desde la tribuna a la cancha del poder. Los gobernantes se enfrascan en sus juegos políticos, en sus disputas y acusaciones, mientras en las gradas el público mejor abandona el estadio ante la lamentable calidad del espectáculo que se le ofrece.

Que los sistemas electorales nos llevan con frecuencia a callejones sin salida al llegar al poder candidatos ineptos y detestables, es algo bien sabido, son los riesgos de las elecciones cuando el abanico de opciones no deja alternativa alguna.

Pero que el sistema político en su conjunto (gobernantes e instituciones) pierda contacto con la realidad de la vida de los millones de mexicanos a quienes supuestamente gobierna, es una verdadera tragedia que deberíamos estar debatiendo públicamente a la vez que acudimos a las urnas con todo nuestro escepticismo a cuestas: ¿por qué no nos satisface la política? ¿Viviremos siempre frustrados con ella?


Un matrimonio en desintegración no será salvado más que por el resurgimiento del amor y la comprensión por sobre las desavenencias de la pareja. Lo que urge ante el escenario de la tremenda descomposición de la vida pública mexicana por la corrupción y la violencia es ver cómo puede darse esa “reconciliación” entre gobernantes y gobernados, cómo podría reconquistar la clase política “el amor” de los mexicanos antes de que sea demasiado tarde y los echen a patadas a la calle con todo y tiliches, ¿de veras no se dan cuenta de eso?

rogelio.rios60@gmail.com

lunes, mayo 01, 2017

'BAÑO DE PUEBLO'

Niña en zona marginada.
Fuente: Google.com



Por Rogelio Ríos Herrán

Como parte del catálogo del colorido lenguaje político mexicano de otras épocas, darse un “baño de pueblo” implicaba para los candidatos en una contienda electoral recorrer colonias marginadas, zonas rurales paupérrimas, comer y poner buena cara a tacos y tamales que la gente les ofrecía en esas bien orquestadas giras populares.

La expresión se extendía también a funcionarios en el cargo: el Presidente de la República, los gobernadores, incontables alcaldes de ciudades y pueblos, diputados, directores de paraestatales, etcétera, quienes en busca de afianzar sus posiciones políticas presentes y futuras no dudaban en darse un baño de pueblo a la primera oportunidad que tenían, tomándose la foto abrazando a una abuelita y enfundados en sus pantalones de mezclilla.

La cobertura de los medios de comunicación siempre ha sido profusa en esos eventos, pues ofrecen en un solo paquete todo lo necesario para armar la nota: una figura pública relevante, discursos y frases para los titulares, abundantes fotos y videos, y al final la sensación de que se plasmó como noticia un acto relevante del día.

Así persiste hasta nuestros días la escenografía de los baños de pueblo en las campañas electorales y entre funcionarios de gobierno. De haberse concebido de otra manera, de existir realmente un contacto cercano y constante de los funcionarios y representantes con “el pueblo”, no habría necesidad alguna de darse baños ocasionalmente con algo que debería estar siempre presente en las consideraciones de los gobernantes: se gobierna para el pueblo, es decir, para satisfacer el interés público.

Y no habría necesidad alguna de coberturas especiales y grandiosas de los medios de comunicación. La información sobre lo que pasa y atribula a la sociedad provendría directamente de las personas y grupos, no de la mediación ficticia de los gobernantes.

Ahí estaría la verdadera razón de ser de la expresión “baño de pueblo”: dar voz a los que no la tienen para expresar sus posturas y opiniones sobre los asuntos públicos; dar espacio mediático a las voces genuinas de los ciudadanos, a sus anhelos y frustraciones, sin que necesariamente pasen por el filtro de los funcionarios públicos.

Hay un mundo allá afuera, vasto y diversificado, esperando a ser revelado a los ojos de todo México. Zonas urbanas y rurales extensas, cuyos habitantes luchan día a día para ganarse el pan, sostener a sus familias y educar a sus hijos. Muchachos y estudiantes cuyo horizonte de vida está limitado por sus escasos recursos, su entorno físico limitado, su paisaje urbano o rural francamente miserable, pero que en una buena parte mantienen un sólido optimismo sobre su futuro y sus posibilidades.

No leen periódicos, no ven noticieros, tienen un acceso difícil a internet, no pueden comprar caros smartphones ni costosas laptops, pero viven, trabajan y se divierten con mucho entusiasmo. No necesitan darse ningún baño de pueblo: ellos son el pueblo.

Las campañas políticas les pasan de lado, pues carecen de atractivo para ellos, les resultan aburridas y repetitivas. Sospechan que los políticos son rolleros y transas, su politización es mínima ante el imperativo de trabajar y ganarse la vida, y no los seduce realmente ninguna ideología.

Recorro grandes sectores del área metropolitana de Monterrey y me convenzo cada vez más de que no hay puentes, sino grandes abismos entre los políticos que nos gobiernan y la gente de las colonias populares, millones de personas que no sienten que sean esos políticos los que conocen y comprenden sus problemas ni los que irán a resolverlos.

Calles y más calles en mal estado, colonias y más colonias con casas grises de block apenas alegradas aquí o allá con alguna mano de pintura, parques abandonados, pandillas y asaltantes, drogas y alcohol a pasto, polvo y rutas de camiones inseguras, tardadas y caras, en fin, el paisaje de vida de quienes cada día ponen un pie al salir de sus casas para desde ese instante luchar contra las adversidades.


¿Baño de pueblo? Suena a broma cruel. Mejor vivan como el pueblo, a ver si así empiezan a comprender para qué sirve gobernar.

rogelio.rios60@gmail.com

miércoles, marzo 22, 2017

ATRAPADOS EN EL 2018

Fuente: Google.com

Por Rogelio Ríos Herrán

Como si no tuviéramos nada más de qué preocuparnos, los mexicanos nos metimos de lleno a la carrera por la sucesión presidencial del 2018 y casi nos olvidamos de todo lo demás.

Qué importan el calentamiento global, los mercados petroleros, la guerra de Siria, la crisis de refugiados que buscan llegar a Europa, las nuevas políticas migratorias de Trump, entre otras muchas cuestiones, si no tenemos ojos para nada más que tratar de adivinar quién será nuestro próximo Presidente de la República.

Todo se observa en función de la próxima elección presidencial: las elecciones en Coahuila y el Estado de México, el desempeño de Miguel Mancera en gobierno de la CDMX o de El Bronco en Nuevo León, los escándalos de corrupción, el golpeteo político intenso entre los partidos, etc.

Nada escapa a la fuerza de gravedad de la elección presidencial. Es como un hoyo negro sideral que todo se traga sin remedio y al cual hay que someter las voluntades y el pensamiento.

Es un terrible lastre del presidencialismo mexicano eso de hacernos creer que no hay nada más importante en México que la renovación sexenal del Ejecutivo federal, que sigue siendo el Señor Presidente la figura clave del sistema político, y que a su sombra -quién quite- quede algún familiar o amigo al cual podamos pedirle una chamba o algunos favores. Así funciona más o menos la lógica electoral de muchos mexicanos.

Parece como si nada valieran los avances de tres décadas en materia de reformas políticas y electorales, de empujar la agenda del acceso a la información y la transparencia, de construir un sistema electoral mucho más confiable que el anterior, y de elevar la causa de la defensa de los derechos humanos a niveles constitucionales.

Surgió en México desde los años posteriores a los trágicos eventos de Tlaltelolco en 1968, una nueva manera de percibir y actuar en la política, pero el peso de los factores más retrógrados del viejo sistema -la corrupción, la violencia y el autoritarismo-  y la fuerza de la figura presidencial, aunque muy disminuida, no han dejado de prevalecer en la mente de muchos mexicanos.

La maldición del sexenio -la de creer que México muere y nace cada seis años- sigue tan presente como siempre, como en el país de la época del presidencialismo triunfante y avasallador. Ahora, además, con la novedad de que cualquier Gobernador, apenas pone un pie en la silla de su estado, se siente llamado a glorias más altas: las de Los Pinos.

Así no se puede gobernar un estado, ni mucho menos un país. La conducción de los asuntos públicos requiere dedicación completa, vocación de servicio intensa y una integridad a prueba de los “cañonazos de 50 mil pesos” de la época de Álvaro Obregón.

Eso solamente para empezar, pues además son indispensables otras virtudes: tolerancia, mente abierta, sensibilidad social, cariño por el terruño.

Me duele decirlo, pero mi favorito para “la grande” del 2018 sigue siendo el abstencionismo, pues ningún candidato se acercará siquiera a lo que pudiera ser una cifra histórica de mexicanos que no acudan a las urnas ese año por diversas razones, pero que se resumen en un desencanto profundo con la política y los políticos en general.

Si bien las cifras indican que del 41.4 por ciento de abstencionismo en 2006 se pasó al 36.9 por ciento en 2012 (un nivel similar al de la elección del 2006, según cifras del Centro de Estudios Sociales y de Opinión Pública), el nivel de desprestigio de la clase política por los escándalos de corrupción a los ojos de los ciudadanos, además de otros factores, y la falta de rendición de cuentas ante la justicia, podría volver a elevar en el 2018 el voto de abstención a niveles cercanos al 50 por ciento para una elección presidencial.

El primer paso para revertir esta situación y el negro panorama que se vislumbra sería el de sacudirnos las telarañas mentales del presidencialismo y de la vieja cultura política mexicana. El relevo generacional de políticos y ciudadanos ya se está dando, a las mentalidades tradicionales las sustituirán las mentalidades modernas, pero nada garantiza que el proceso culmine con éxito.

Habrá que dar igualmente una extensa batalla para sacudirnos al “viejo régimen” que todavía nos quiere aprisionar en su discurso político y su presidencialismo obsoleto para poner en práctica una política moderna inclusiva, tolerante, sustentada en las normas democráticas y en el bien común. Ya estamos en el siglo 21, bien nos merecemos eso los mexicanos.

rogelio.rios60@gmail.com

domingo, marzo 19, 2017

De rodillas, no

Por Rogelio Ríos Herrán

No sé si justa o injustamente, pero prevalece en muchas personas la percepción de que el Gobierno mexicano no ha tomado una posición realmente firme ante los embates de la nueva administración de Donald Trump.

Escucho críticas por todos lados sobre que la postura oficial mexicana es “tibia”, que debería responderse con mucho mayor firmeza a los “insultos” y “agresiones” verbales de Trump, en fin, que tendría una figura gubernamental de peso que elevar una voz más crítica ante la Casa Blanca para recoger los agravios que muchos mexicanos sienten bajo el nuevo Gobierno estadounidense.

Pero difícilmente puede esperarse, por ejemplo, de Luis Videgaray o de Ildefonso Guajardo, secretarios de Relaciones Exteriores y Economía respectivamente y ambos con muchas tablas en la administración pública, que asuman posturas radicales con las cuales pondrían en riesgo su papel clave en las negociaciones políticas y comerciales con los funcionarios estadounidenses.

Otras voces de analistas y expertos en la relación bilateral México-Estados Unidos aconsejan, por su parte, recurrir al cabildeo intenso ante legisladores norteamericanos, litigar sin descanso en sus cortes, cortejar a sus ONGs, utilizar los foros de sus universidades como plataformas para difundir las posturas críticas de los mexicanos, en fin, tener la mayor presencia posible en los medios de comunicación y las redes sociales al norte de la frontera para reafirmar las posiciones y presentar los desacuerdos que en todo México se sienten, en particular, ante la política migratoria de Trump.

¿Cuál es el mejor camino con Estados Unidos? ¿Confrontar o convencer? ¿Aguantarse las ganas de reaccionar de inmediato con represalias de botepronto o guardar la compostura y tomar la ruta larga de una batalla de las ideas?

A la larga tendrá mayor impacto la estrategia de presentar y defender nuestros argumentos directamente ante la sociedad estadounidense, de convencerlos en su propio terreno y con argumentos sólidos de la justeza de nuestra causa (que se resume en que los mexicanos son muy valiosos para la economía y la sociedad de Estados Unidos, no unos criminales y violadores), que los beneficios de cualquier golpe temporal que por la vía de una represalia –comercial o de otro tipo- podamos asestar a las políticas de la Casa Blanca.

No olvidemos jamás una cuestión de fondo entre México y Estados Unidos: la existente asimetría o desigualdad de poder e influencia que subyace a la relación bilateral, la cual no desaparecerá como por arte de magia por los eventos que se susciten día a día entre ambos países.

La asimetría y la elevada concentración de nuestra economía hacia Estados Unidos no son realidades que benefician al poder negociador de los mexicanos, es verdad, aunque ciertamente no nos ponen de rodillas ante nadie.

Lo que digo es que no debemos perder la cabeza ante Donald Trump. Presidentes van y vienen tanto en México como en Estados Unidos y ninguno de ellos, por más ominosas que sean sus políticas, van a alterar un hecho fundamental: somos vecinos geográficos que viviremos por siempre uno al lado del otro, nadie se va a mudar a otra parte. Es mejor para todos, entonces, tratar de entendernos y de vivir en paz.

Una cosa es segura: elevar el tema de México a un lugar prioritario en la opinion pública estadounidense es nuestro principal reto, una batalla que se pelea con la fuerza de las ideas y de los argumentos  y que será posible de lograr si hacemos los mexicanos –como usted y yo- el gran esfuerzo de involucrarnos y participar activamente en ello, algo que siempre nos cuesta mucho trabajo.


De otra manera, si nos abandonamos a la inercia de las cosas, a dejar pasar lo que venga, pesará sobre nosotros el poderío de nuestro vecino del norte. Por lo menos, no nos pongamos nosotros mismos de rodillas, busquemos a quienes dentro de Estados Unidos son afines y solidarios con nuestras posiciones y peleemos por ese conducto nuestra batalla sin armas: el poder de la argumentación y del debate. A eso no nos podrá ganar nadie.

rogelio.rios60@gmail.com

viernes, marzo 03, 2017

Seducidos por el poder

Superman, el Hombre de Acero.
Fuente: Google.com


Por Rogelio Ríos Herrán


No deja de sorprenderme, aunque ya debería estar acostumbrado a ello, la transfiguración sorprendente que se ve en una persona una vez que pasa de ciudadano o candidato a asumir el poder al ganar –de la manera que sea- una elección.

No me refiero únicamente al caso emblemático de Donald Trump en Estados Unidos, el cual todos tenemos en mente en estos días, sino en general a cualquier gobernante de prácticamente cada pueblo o gran ciudad en nuestro país y en el Continente Americano.

Desde este punto de vista, Trump no sería más que otro caso de ebriedad de poder, de asumir casi como una conquista militar lo que debería ser una responsabilidad de gobernar para todos, es decir, de considerar a todos los sectores sociales, formas de vivir y de pensar diferentes, en un gobierno que fuera lo más incluyente posible.

Nada de eso se vislumbra en Estados Unidos. Washington es ahora la capital de los conquistadores del poder que pretenden gobernar por decreto, en lugar de la negociación legislativa, y que no dudan en cuestionar e insultar a los jueces si sus decisiones no les son favorables.

En mayor o menor medida, sin embargo, encontramos eso en la experiencia política más inmediata que percibimos a nuestro alrededor. El ganador se lleva todo, parece ser la consigna. No se toman prisioneros, los derrotados deben ser eliminados si ellos mismos no se hacen a un lado.

No hay interés alguno en gobernar con todos y para todos. Eso es retórica de candidato en campaña que no se aplica una vez logrado el poder.

Con todo ello la clase gobernante recién llegada se empobrece, se cierra las puertas a aprovechar la riqueza que proviene de la diversidad de opiniones y perspectivas sobre el gobierno, sobre lo que la sociedad espera de sus gobernantes ante los problemas que agobian a los ciudadanos y en vista de la incapacidad o ineptitud de las autoridades para resolverlos.

El abismo entre los gobernantes y los ciudadanos no se salva simplemente porque una camarilla sustituye a otra en el poder o porque el candidato demagogo y mesiánico logra ganar sorpresivamente una elección. Sea la Casa Blanca o el Palacio Municipal de Hualahuises, N.L., el dilema es el mismo para el ciudadano. ¿en qué me beneficia que tal o cual candidato gane si de todas maneras no va a resolver mis problemas, sino al contrario, los va a aumentar? ¿Qué diferencia hay entre los candidatos si una vez en el cargo todos ellos –sin excepción- resultan seducidos por el poder y se conducen con el menor sentido democrático posible?

Si, además, los ganadores son pintorescos –como Trump en Estados Unidos o Duterte en Filipinas e innumerables ejemplos en México- y la atención se desvía hacia sus ocurrencias y caprichos diarios, entonces los temas y asuntos que realmente interesan a las personas quedarán sepultados bajo una gran capa de frivolidades y poses de falsa bravura a las que se recurre para entretener al respetable público.

¿Cómo romper esa rueda de molino en la que el ciudadano arrastra a sus gobernantes? Con un voto mejor razonado, para empezar, que evite al máximo las sorpresas de candidatos super héroes que luego no saben qué hacer cuando llegan al poder, pero sobre todo con una actitud de mayor involucramiento en la vida pública -a través de partidos políticos u organizaciones ciudadanas- que vaya más allá de la acción de depositar un voto en la urna.

Exigir, demandar, vigilar y asegurarnos de que quienes gobiernen lo hagan para nosotros, no sólo para la camarilla de aliados y amigos de la que invariablemente se rodean y que saquean las arcas públicas. Eso sería un buen comienzo.

rogelio.rios60@gmail.com

¡Qué pena con el INE!

¿Habrá tiempo para detener la degradación del INE y volver a confiar en él? ¿O terminaremos viendo en 2027 el fin de las elecciones confiabl...