El asesinato de Luis Donaldo Colosio en Lomas Taurinas, en las afueras de Tijuana, fue un golpe al hombre, pero no a su proyecto ni mucho menos a su recuerdo. El legado permanece para quien lo quiera retomar
Por Rogelio Ríos Herrán
No he dejado de rememorar cada año, desde el 23 de marzo de 1994, el sacrificio de Luis Donaldo Colosio, el político del cambio generacional en su momento, como una gran oportunidad perdida para México en su evolución política.
Colosio era el rostro visible de una generación de renovación en el Partido Revolucionario Institucional (PRI) y, en general en la clase política mexicana, que pugnaba por cambios desde adentro del sistema político.
El cambio crucial para la clase política de entonces, como para la de hoy, consistía en debilitar o romper del todo las complicidades de gobernantes y narcotraficantes, cuyas denuncias, por ejemplo, le costaron la vida al periodista Manuel Buendía en 1984.
¿Se habría evitado el surgimiento del “Narcoestado” y el control territorial que el crimen organizado ejerce en el presente sobre un tercio del territorio, según afirmaciones del gobierno de los Estados Unidos, si Colosio hubiera sido presidente de la República?
Con la llegada al poder del equipo colosista conformado, me consta, por gente profesional, de alta preparación e integridad personal y sentido de compromiso con la Nación y bajo el liderazgo de Luis Donaldo, seguramente hubiera dado la batalla contra los intereses creados dentro del gobierno y en complicidad con delincuentes.
¿Habrían ganado ellos la batalla? Eso nunca lo sabremos, porque el asesinato del candidato presidencial priista en Tijuana, aquella infausta tarde del 23 de marzo de 1994, cortó de tajo no sólo la vida de un hombre valiente, sino el crecimiento de un proyecto político alternativo.
Levanto yo la mirada en 2025 no sólo al equipo gobernante, sino a los integrantes de la oposición, y los veo por debajo –muy por debajo- del estándar profesional y ético que tuvieron los colosistas en su momento, separados del salinismo durante la campaña electoral.
A nadie en la política mexicana parece importarle hoy –de dientes para adentro- el grave problema, el elefante en la sala que es el crimen organizado, su influencia y control en todos los niveles del Estado mexicano.
Muchos funcionarios creen que basta con voltear la vista, concentrarse en su área profesional y olvidarse de si los demás integrantes del gobierno están libres o no de las ataduras del crimen organizado, creyendo ingenuamente que, aunque son parte de los gobiernos enturbiados, a ellos no se les puede señalar de corrupción.
Es un problema complejo, por supuesto, y no hay soluciones ni recetas simples para arreglarlo. Lo primero, sin embargo, es la tener la voluntad de enderezar las cosas y compartir la visión de un México que no sea rehén del crimen organizado.
Eso fue, en esencia, además de la visión del desarrollo económico y social del país, lo que estaba en juego en la campaña electoral de 1994 y lo que el candidato Colosio representaba: dar al proyecto neoliberal un giro de conciencia social y quitarle las cadenas de las complicidades –el sometimiento- al crimen organizado.
Durante la campaña electoral, según testimonios periodísticos, al candidato presidencial Colosio lo buscaron en diversas ocasiones jefes criminales con el propósito de ofrecerle dinero a cambio de prebendas, lo cual él rechazó terminantemente.
Quién diría que, tres décadas después, el financiamiento ilícito a las campañas electorales de Morena, además de otros partidos, de todos los niveles, parece ser el pan de cada día en la política mexicana.
Nadie en la clase política lo acepta, por supuesto, a pesar de los innumerables reportajes e investigaciones periodísticas nacionales e internacionales, de periodistas audaces como Anabel Hernández, Ramón Alberto Garza, Carlos Loret de Mola, Héctor de Mauleón, Luz Elena Chávez, Marcela Turatti y otros, de revelaciones de agencias de gobierno de Estados Unidos sobre los “miles de millones de dólares” ilícitos que fluyen a las campañas electorales, etcétera. Aquí no pasa nada.
Por esas y otras razones, el asesinato de Luis Donaldo Colosio en Lomas Taurinas, en las afueras de Tijuana, fue un golpe al hombre, pero no a su proyecto ni mucho menos a su recuerdo. El legado permanece para quien lo quiera retomar, además de su hijo: la visión de un país libre de las complicidades entre gobiernos y crimen organizado.
Cada 23 de marzo me pregunto lo mismo: ¿Qué hubiera pasado si Colosio viviera? ¿Qué clase de país seríamos?
FB: @rogelioriosherran
YouTube: @rrios1960
No hay comentarios.:
Publicar un comentario