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Fuente: Google.com |
Por
ROGELIO RÍOS HERRÁN
Si
nos detenemos un momento a pensar cómo será el perfil de la población en México
en una o dos décadas más, veremos que habrá para el año 2030 un elemento nuevo
ya definido: los hijos de coreanos que han vivido más tiempo en México que en
Corea del Sur, es decir, los nuevos mexicanos.
Esos
niños coreano-mexicanos que hoy vemos caminar y jugar en parques y plazas de
Monterrey y acompañan a sus padres al súper mercado, ya le van a Tigres o a
Rayados, además de que asisten al parque de beisbol a ver a los lanzadores
coreanos de los Sultanes de Monterrey.
Los
padres que los han criado en México verán que sus hijos terminarán sus carreras
universitarias en 10 ó 15 años más, y para el año 2040 ya estarán plenamente
integrados como profesionistas a la economía mexicana.
Para
ese año estarán pensando en casarse y formar sus propias familias. Habrán
pasado quizá sus veranos en Seúl o Busan visitando a sus abuelos coreanos, repasando
sus conocimientos de historia y cultura coreana, practicando su coreano y
manteniendo viva la llama de la identidad cultural con la tierra de sus
ancestros.
Pero,
definitivamente, ya se sentirán mexicanos. Echarán raíces en Monterrey,
Tijuana, la CDMX o en Mérida con una pareja mexicana y empezarán a añorar a
México cuando les toque vivir en otro país o viajar por el mundo.
Sus
padres, ambos coreanos pero también de matrimonios de coreanos y mexicanas o de
coreanas con mexicanos, les enseñarán el idioma y las costumbres, pero les
dejarán elegir a cuál tierra apegarse más: a la coreana o a la mexicana.
La
decisión final de la primera generación de los nuevos mexicanos será
probablemente una solución de compromiso: sentirse como mexicanos sin dejar de
ser coreanos. Ser como 50/50 porque la tradición cultural coreana no está
peleada con la nueva tierra mexicana en la que se han asentado sus padres y que
a ellos les gusta tanto, ¿por qué no combinar las dos patrias?
Estamos
en pleno siglo 21 y es perfectamente posible sentirse mexicano aunque se haya
nacido coreano. El reto de la adaptación social de los migrantes ha sido
enfrentado con determinación por los coreanos, en especial en lo referente a
los inmigrantes contemporáneos.
Los
inmigrantes coreanos más antiguos en México, los que llegaron a Mérida en 1905
a trabajar en las haciendas de henequén, nos dan una pauta a seguir: a lo largo
de varias generaciones lograron integrarse a la sociedad yucateca y sus
descendientes son parte esencial del comercio y la industria de la Península de
Yucatán.
Los
poco más de mil coreanos que vinieron a Yucatán lo hicieron amparados en la Ley
de Extranjería y Naturalización (1886) que decía: “Los colonos que vengan al
país en virtud de los contratos celebrados por el gobierno y cuyos gastos de
viaje e instalación sean costeados por éste, se considerarán como mexicanos…
así como los emigrantes de toda clase, pueden naturalizarse…”
Recientemente,
un funcionario del Gobierno municipal reconoció, durante la conmemoración de los
100 años del Movimiento de Independencia de Corea, que “como Ayuntamiento de
Mérida nos sentimos muy contentos de participar de manera activa en la vida de
los descendientes coreanos en Mérida, pues no podría entenderse a nuestra
ciudad sin la mezcla e influencia de razas como la coreana, libanesa, francesa
entre otras” (Luis Martínez Semerena, Secretario de Desarrollo Social de
Mérida, en la nota “Comunidad Coreana en Mérida celebra 100 años de su
independencia de Japón”, La Jornada Maya, 2 de marzo, 2019).
No
dudo que en varios años más estaremos hablando en Monterrey de un fenómeno
similar al de Mérida: la integración social de los coreanos a la sociedad
regiomontana. En Yucatán ya tienen una calle con el nombre de República de
Corea y el Ayuntamiento decretó la conmemoración del Día del Inmigrante Coreano
(4 de mayo) como una forma de honrar a los aproximadamente 2 mil coreanos que
conforman la comunidad coreana en esa ciudad y que son en su mayoría
descendientes de los migrantes originales.
Todo
esto lo pienso mientras veo por muchas partes de Monterrey la presencia de
niños y jóvenes coreanos tomando su lugar en nuestra sociedad. La comunidad
coreana en Nuevo León supera las 3 mil personas y en algunos municipios del
área metropolitana, como Apodaca y Pesquería es sumamente visible en los
abundantes letreros en coreano de sus negocios: talleres de automóviles,
peluquerías, restaurantes, tiendas de productos coreanos etcétera.
Por
primera vez en México, los coreanos formaron el Cuerpo de Policía Ciudadana de
Nuevo León, formado por voluntarios coreanos que trabajan de la mano con las
autoridades de policía de Apodaca y otros municipios y en coordinación con
Fuerza Civil (la policía del Gobierno de Nuevo León) para auxiliar a los
ciudadanos coreanos y a sus familias en cuestiones de vialidad y seguridad, así
como de contacto con las autoridades.
De
todo esto se ha visto beneficiada la primera generación de coreano-mexicanos.
Cuando alcancen su mayoría de edad, los nuevos mexicanos seguramente seguirán
los pasos de sus padres en lo que se refiere a mantener los lazos estrechos con
las autoridades y la sociedad de Nuevo León.
En
la segunda generación, y de ahí la tercera y cuarta generaciones, se vivirá la
prueba de fuego: después del año 2040, cuando ya empiecen a crecer los nietos
de los actuales papás coreanos, ¿se mantendrá el equilibrio del 50/50 entre
sentirse coreano y mexicano?
Es
posible que esas cifras empiecen a cambiar y en las futuras generaciones, la
tercera o cuarta, de descendientes de migrantes coreanos, sea predominantemente
mexicana (¿75/25?), pues eso nos dice la experiencia de quienes han estudiado
las migraciones en el mundo.
Para
los migrantes mexicanos a Estados Unidos es algo común que a partir de la
tercera generación, por ejemplo, se pierda casi por completo el uso del idioma
original de sus abuelos migrantes. Los nietos y bisnietos terminan por hablar
por completo el inglés y no utilizan el idioma español de sus ancestros.
No
olvidemos, sin embargo, que si el ciclo de inmigrantes coreanos se sostiene a
lo largo de los próximos años, siempre habrá recién llegados que renueven el
sentimiento de pertenencia a una cultura madre coreana. No veo ningún problema
en que las puertas de México se mantengan abiertas para los coreanos.
¿Quién
podría imaginar que dos países tan distantes se unirían a través de sus
migrantes? Serán los nuevos mexicanos (los coreanos descendientes de los padres
actuales) quienes aporten las pruebas de que la unión entre los pueblos no es
solamente un eslogan cursi, sino una realidad fecunda. Serán ellos los que, con
su trabajo y esfuerzo por México, rindan homenaje a los coreanos que desde 1905
pusieron un pie en territorio mexicano y dejaron aquí su sudor y esfuerzo por
construir un patrimonio para ellos y para el país que los recibió como su
hogar.
Seguiré
viendo a los niños mexicanos jugar con los coreanos en los parques, compartir
el salón de clases, forjar su amistad desde pequeños con ese lazo que sólo
desde la infancia se puede forjar. Soy optimista y sé que estoy viendo en ellos
la semilla de un futuro mejor para coreanos y mexicanos, quienes al final se
reconocerán como una sola comunidad bajo la bandera de la fraternidad: todos
somos mexicanos, todos queremos a nuestra tierra.
El
autor es periodista y amigo de la comunidad coreana en Nuevo León.