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Una voluntaria ayuda en los rescates en la CDMX. Fuente: google.com |
Por Rogelio Ríos Herrán
Tiene mucho de reminiscencias prehispánicas el ciclo
que desde el siglo pasado vive la sociedad mexicana en su relación con el
Gobierno: cada tanto en tanto, a golpes de huracanes y temblores, de sequías e
inundaciones, de migraciones y desplazamientos de refugiados, se rompe por unos
momentos la subordinación tradicional de los mexicanos a sus autoridades y se
libera el impulso enérgico y magnífico de los ciudadanos que toman el destino
en sus manos.
Como en el renacimiento del fuego nuevo de los aztecas
cada 52 años, el temblor del 19 de septiembre pasado, justo en el aniversario
del terrible terremoto de 1985, nos hizo revivir las escenas de solidaridad
desbordada de los habitantes de la Ciudad de México hacia sus congéneres en
desgracia.
Igual que hace 32 años, la primera reacción fue la de
los capitalinos mismos, ahora con una mayor coordinación con sus autoridades,
pero sin dejar de criticar la imprevisión y la corrupción gubernamentales, así
como sin escatimar su desdén hacia los políticos y funcionarios que aprovechan
el suceso para lucirse en los reflectores.
Esta vez, sin embargo, siento que el contexto es
distinto al de tres décadas atrás. Que el centro político y económico del país
haya sido casi paralizado por el temblor es grave por sí mismo, pero a ello
debemos sumar los daños en Puebla y Morelos y la más reciente devastación en
Oaxaca y Chiapas.
Si consideramos además los daños de las tormentas
tropicales y huracanes como el “Frankin” que golpeó en agosto a Veracruz, nos
damos cuenta que México es un territorio sumamente vulnerable a los fenómenos
naturales y que ni la mejor voluntad de sus autoridades ni la heroica
resistencia de su sociedad civil bastan para aliviar totalmente la situación en
el corto plazo ni nos permite pensar en una reconstrucción a largo plazo.
No alcanza para todo lo urgente, no son suficientes
los recursos disponibles ni la capacidad de movilización del Estado para
atender tantos desastres que se dan de manera casi simultánea y que dejan
muchas víctimas. Es una triste realidad que es preciso enfrentar. Hoy se
atiende a la Ciudad de México, pero ¿a costa de desatender a Oaxaca y Chiapas?
Eso sería entendible, aunque inaceptable.
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Vista de la CDMX tras el terremoto. Fuente: google.com |
Aplaudo la propuesta de Enrique Krauze sobre la
formación de una Comisión Nacional de Reconstrucción con participación
ciudadana y una contraloría internacional (ver en www.letraslibres.com)
para los estados de Oaxaca, Chiapas, Puebla, Morelos y la Ciudad de México,
pues va en el sentido de que el horizonte de grandes desastres que enfrentamos
demanda respuestas extraordinarias y la concentración de recursos en tareas
útiles, no en dispendios electorales ante la proximidad del 2018.
Tal vez tendría que convertirse, sin embargo, en una
Comisión de carácter permanente. Seguirá temblando en el Eje Volcánico sobre el
cual está montado el México central, vendrán cada año más tormentas tropicales
y huracanes de fuerzas devastadoras, las sequías e inundaciones en nuestro
territorio no cesarán.
Los mexicanos tendremos que aprender a vivir no sólo
con la historia en mente, sino con la geografía. Recuerdo que el historiador y
geógrafo Bernardo García Martínez -recientemente fallecido- proponía en sus
“Consideraciones corográficas” sobre México (en la “Historia General de México”
publicada por El Colegio de México, 1977) no separar las dos grandes
dimensiones de la realidad humana: la histórica y la geográfica.
Para García Martínez, “las dos dimensiones deberían
estar tan estrechamente unidas en el conocimiento como lo están en la realidad;
por eso, algún día debiera la historia conquistar ese territorio de la
dimensión espacial… no separar nunca más el tiempo del espacio”.
Solamente la plena consciencia de los mexicanos sobre
nuestra realidad geográfica puede ayudarnos a enfrentar las adversidades
naturales que seguramente vendrán. La orientación de todos nuestros recursos y
buena voluntad sobre la consideración de nuestra vulnerabilidad ante la
Naturaleza nos hará más fuertes y nos permitirá estar mejor preparados para lo
que venga.
Me parte el corazón observar los esfuerzos titánicos
de gente de la calle, soldados, marinos, rescatistas de todo el país y del
extranjero, que salvan a personas atrapadas bajo los escombros en la Ciudad de
México y de otras poblaciones. Ojalá que como nación lleguemos algún día al
punto en que, en los próximos temblores, la planeación rigurosa de las
construcciones evite al máximo el desmoronamiento de edificios y casas y la
muerte de tantos mexicanos.
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Frida, la perrita rescatista de la Marina. Fuente: google.com |
Somos “hijos de la tierra que tiembla”, como nos llamó
el antropólogo Eric Wolf, y nuestro subsuelo volcánico no conoce el descanso,
no tiene término su actividad subterránea. Al final de la quinta era, nuestra
propia era según los antiguos mitos prehispánicos (después de terminadas las cuatro
eras anteriores por el derrumbe del cielo sobre la Tierra, las tormentas, el
fuego y las inundaciones, respectivamente), el final llegará en la forma de un
terremoto cataclísmico.
Como hombres modernos que somos, plantemos frente a
los mitos la racionalidad científica que nos ayude a romper la fatalidad de los
ciclos de desastres. No separemos nuestra historia de nuestra geografía. No
dejemos que México se nos vaya de las manos.
rogelio.rios60@gmail.com