Mirada al Mundo es un espacio de periodismo de opinión y reflexión donde la historia, la espiritualidad, la diplomacia y la vida cotidiana se entrelazan. Cada entrada busca cultivar el pensamiento crítico y celebrar la riqueza cultural que nos rodea.
viernes, agosto 26, 2011
Monterrey que duele
Por Rogelio Rios
¿Cuando empezó todo esto? Esa sensación de ciudad perdida, de regiomontanos atrapados en una red tan grande de la cual no se ve el principio ni el fin, ¿de dónde viene? ¿Cayó como una plaga de langosta, súbita, inesperada, completamente mortífera? ¿O fue más bien como el moho que crece lentamente, seguro de alcanzar cualquier rincón de la casona si se le da el tiempo y las condiciones apropiadas? Los abuelos no dan crédito a lo que ven, a lo que los demás les cuentan, a la comparación con la ciudad que ellos habitaron y disfrutaron en sus años mozos, una ciudad acogedora y generosa con sus hijos nativos y con sus hijos adoptados que a todos por igual repartía las oportunidades de vida. Los padres más jóvenes tampoco conciben que una ciudad violenta como ésta sus hijos puedan crecer sin riesgo, sin terminar como víctimas de una delincuencia rampante que no conoce límite alguno a su crueldad y avaricia.
¿Por qué mueren personas en cantidades masivas? ¿Cuál es el límite de la indignación: Uno, dos, treinta, sesenta muertos? ¿A partir de cuándo dejar de contar los bultos carbonizados de incendios, granadazos, balaceras, secuestros y asesinatos callejeros? Si alguien puede cuantificar la muerte, muy bien, adelante, que cuente los muertos, pero ¿cómo contar el dolor profundo, el agravio irreparable de perder una sola vida? No hay manera de cuantificar eso, no existe método alguno para recoger la agonía de quien pierde a una persona cercana, amada, entrañable, única en un universo que no la volverá a ver. No, no hay forma de hacer eso. Llegados a ese punto, no hay retorno.
Qué tragedia, sin embargo, saber que en ese punto estamos precisamente. Uno en donde no hay garantía de la vida propia, de las vidas que queremos proteger. Un lugar en el que la soledad nos abruma, la impotencia de nuestros escasos recursos nos llena de frustración, el alcance limitado de nuestras voces aisladas se pierde en la nada. Un páramo que jamás pensábamos que existiría, ahí en medio de nuestro asombro, plantado por un jardinero vengativo que se roba nuestra tierra, se lleva nuestros frutos con todo y árboles y raíces tan sólo para su propia ganancia, para colmar su absoluto amor enfermizo por el dinero y las ganancias. Un Monterrey que duele.
Todos volteamos ahora al interior de nuestros pensamientos, exploramos los sentimientos que teníamos arrinconados, que pensábamos jamás tener que usar en el curso de nuestras vidas, para desenterrar el dolor extremo, la pesadumbre por nuestra suerte y la de los demás, con el fin de ayudarnos a contestar la pregunta que nos devora. ¿Qué hacer? ¿En quién confiar? ¿Cómo resolver este problema que nos amenaza de manera terrible?
¿Rescatar la Ciudad o rescatarse a uno mismo? ¿Es incompatible una cosa con la otra? ¿Somos solamente un grupo de individuos viviendo unos al lado de otros a los que difícilmente se le puede llamar colectividad? ¿O en verdad somos, quizá sin saberlo y sin medir el potencial, una comunidad a la que agrupan una identidad compartida en rasgos comunes, el orgullo del suelo nativo o adoptado, y, sobre todo, el miedo común a perderlo todo?
Apuesto por esto último, a pesar de todo. A pesar de los muertos por decenas del Casino Royale, del Sabino Gordo, de todos los que día a día sucumben en nuestras calles, sean culpables o inocentes, verdugos o víctimas, porque ellos pudieron haber construido, si hubieran tenido la oportunidad, un Monterrey muy distinto al que hoy vivimos. Ya muertos todos, no hay remedio. Nada se puede hacer ni construir ni proponer como ejemplo de sociedad próspera y feliz.
¿Qué hacer? Sacudirnos de una vez la inmovilidad que nos atenaza, levantar la voz que ha estado enmudecida, participar, reclamar, proponer, debatir interminablemente, actuar en la medida de nuestras posibilidades y en nuestro ámbito personal, ser, en una palabra, mucho mejores ciudadanos, mucha mejor sociedad. Adentrarnos en la política, llegar a los puestos de decisión, renovar y relevar a una clase política vieja y gastada cuyo único mérito, si lo hay, es que ha llenado un espacio (el de los cargos de elección popular) que nadie más ha querido llenar.
Ya basta de más de lo mismo, de las viejas actitudes. Hay una ciudad que rescatar, hay un presente que hacer nuestro y un futuro que asegurar a las generaciones venideras. Es nuestra tarea y responsabilidad, de nadie más, ¿estaremos a la altura de lo que hoy nos demanda la Historia como habitantes de Monterrey? Así lo creo, y no tengo más evidencia de ello que mi propia fe y convicción.
rogelio.rios60@gmail.com
lunes, mayo 02, 2011
Osama: ¿Terminó la guerra contra Al Qaeda?
Por Rogelio Ríos Herrán
Ciertamente que la captura y muerte de Osama bin Laden a manos de fuerzas especiales estadounidenses en Paquistán cubre uno de los objetivos esenciales de los ocupantes de la Casa Blanca desde el inicio de la guerra en Afganistán, hace poco más de una década, como represalia al ataque del 9/11 en Nueva York perpetrado por la organización terrorista Al Qaeda: la captura y eliminación de los altos jefes de esa organización nefasta.
Es verdad, además, que la concepción y ejecución del ataque a las Torres Gemelas fue fruto de mentes tan fanatizadas y deshumanizadas, entre las que sobresalía la de bin Laden, que no tuvieron el menor escrúpulo en eliminar de manera artera a más de tres mil personas, destruir el magnífico complejo de las Torres Gemelas, y asestar un golpe terrorista de alcance universal, pues entre los escombros del World Trade Center quedaron los cuerpos de personas de muchas partes del mundo.
Por último, pero no de menor importancia, el Presidente Obama ganó una especie de lotería política al pegarle al “jack pot” más codiciado: la siniestra figura de bin Laden, aquel a quien el Presidente Bush persiguiera con tanto afán que resultó infructuoso, viene a inyectar una bocanada de aire fresco a la causa política de Obama al interior de Estados Unidos, en donde la magnitud de los problemas y desafíos políticos nacionales ensombrecía sus posibilidades de buscar la reelección presidencial en el 2012.
Considerado todo lo anterior, sin embargo, al analizar la cuestión de la captura de bin Laden como un observador mexicano , no deja uno de plantearse que, a fin de cuentas, el ahora finado terrorista no fue más que una figura adicional en esa larga lista de personajes siniestros auspiciados y puestos en el balcón de la notoriedad por impulso y a conveniencia de los intereses estratégicos de Estados Unidos, cuando en la ya lejana guerra de la Unión Soviética en Afganistán, en los años ochentas, bin Laden encabezó la resistencia afgana a los tanques soviéticos apoyado por la misma Agencia Central de Inteligencia que hoy se anota el mérito de haberlo localizado y liquidado.
Es cierto que como enemiga de la humanidad, Al Qaeda es también una organización enemiga de México (por los cientos de mexicanos que perecieron en el 9/11), y a la cual bajo ningún concepto, ni siquiera con el pretexto del más acendrado antinorteamericanismo, se le debe rendir la menor simpatía, pues no representa más que el pensamiento oscuro y desviado de personas que bajo la bandera de una cruzada santa podrían eliminar, si estuviera a su alcance, a la humanidad entera. Al Qaeda no encarna nada que no sea intolerancia, métodos violentos y objetivos retrógrados.
Pero queda en el aire la cuestión de saber bajo qué cálculo político del pensamiento estratégico norteamericano se permitió el encumbramiento de Osama bin Laden, durante los años ochentas, al nivel de combatiente aliado de Estados Unidos en los campos afganos, y, en consecuencia, en el gran teatro de la Guerra Fría. ¿Por qué se creó un Frankenstein árabe que luego se volvería en contra de su creador? En esa historia, ¿quién le va a responder al pueblo estadounidense por el grave error cometido de darle inicialmente a Osama la notoriedad para volverse después, con esas mismas herramientas, el enemigo número uno de Estados Unidos y del resto del mundo?
La perplejidad que provoca en el observador latinoamericano la biografía de Obama y su relación peculiar con Estados Unidos abre la puerta a un debate que promete ser intenso, apasionado y desgastante para la opinión pública norteamericana, pues la maldición de toda gran potencia es la de fomentar aliados locales de la más baja estofa, verdaderos títeres que se pueden utilizar a conveniencia, para luego darse por sorprendida cuando este títere se vuelve en su contra con trágicas consecuencias.
Una base para la discusión quedó establecida en el “9/11 Commission Report” (2004) de la Comisión Nacional sobre Ataques Terroristas a los Estados Unidos cuando se asegura lo siguiente en relación a la actuación de Osama bin Laden en Afganistán en el conflicto que se extendió desde 1979 a 1989:
“Bin Laden entendió mejor que la mayoría de los voluntarios la medida en la cual la continuación y el triunfo eventual de la jihad en Afganistán dependía de una organización crecientemente compleja y casi de alcance mundial. Esta organización incluía una red de soporte financiero que vendría a ser conocida como la “Cadena Dorada” ensamblada principalmente por financieros desde Arabia Saudita y los estados del Golfo Pérsico. Los donativos fluyeron a través de organizaciones de caridad y otras no guernamentales . Bin Laden y los “Árabes Afganos” se mantuvieron principalmente de fondos de estas organizaciones cuyos agentes recorrieron los mercados mundiales en busca de armas y pertrechos para los mujaidines o ‘guerreros sagrados’.
El ambiente internacional para los esfuerzos de bin Laden era ideal. Arabia Saudita y Estados Unidos proporcionaron asistencia secreta por un valor de miles de millones de dólares a los grupos rebeldes en Afganistán que peleaban en contra de la ocupación soviética. Esta asistencia se canalizó a través de Paquistán: el servicio de inteligencia militar paquistaní ayudó a entrenar a los rebeldes y a distribuir las armas. Pero bin Laden y sus camaradas tenían sus propias fuentes de financiamiento y entrenamiento, y recibieron poca o ninguna asistencia de Estados Unidos”.
Verídica o no la versión oficial estadounidense sobre el “nulo” financiamiento a Osama bin Laden durante el conflicto ruso-afgano, mientras a su alrededor fluían miles de millones de dólares para los rebeldes, el punto es que el perfil de la relación de bin Laden con el gobierno de Estados Unidos es consistente con aquel cuya mejor definición se atribuye al entonces Presidente Roosevelt sobre el dictador Anastasio Somoza, de Nicaragua: “Puede que sea un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”. Punto.
Ya se cerró el cilo de bin Laden, pero ¿quiénes faltan?, ¿cuántos más hay por ahí como él que seducen y engatusan como colegialas a Estados Unidos y a las grandes potencias (Gadaffi, por ejemplo) para luego pelearse a muerte con ellas?
Dejemos las interrogantes (¿terminó la guerra contra Al Qaeda?) para después: hoy es día de fiesta en Estados Unidos.
rogelio.rios60@gmail.com
martes, abril 26, 2011
Normalidad mexicana
Por Rogelio Ríos Herrán
Que la vida cotidiana en las ciudades mexicanas se vea tan severamente perturbada por actos violentos, balaceras y ejecuciones en lugares públicos, bloqueos de calles y avenidas, asaltos a mano armada, secuestros y extorsiones, es la manifestación visible de la descomposición de un régimen político que nunca supo cambiar a tiempo, y ahora se ve forzado a hacerlo por la presión de la delincuencia organizada y el narcotráfico que lo ha puesto, literalmente, en posición de jaque mate.
Todo eso no sucede solamente en las alturas, allá entre las élites que tradicionalmente han dominado a México a su modo y provecho, sino que llega directamente a los hogares de cada uno de los mexicanos comunes y corrientes que padecen los nuevos tiempos con estoicismo digno de mejores causas.
Las penalidades son ahora el pan de cada día. Lo normal, lo que antaño se percibía como un ambiente tranquilo y de paz en las calles, aunque era un sentimiento engañoso y ciertamente evasivo, proporcionaba, sin embargo, una sensación de “normalidad” (la ausencia de violencia abierta e incontenible en lugares públicos) que le permitía a la gente ocuparse de sus propios asuntos en su ámbito privado.
Todo eso se añora, hoy, cuando en muchos rostros y corazones se percibe miedo y suspicacia profunda no sólo frente a las ineptas autoridades, sino frente a los demás ciudadanos. Al final, el veneno ha llegado a emponzoñar a la convivencia social, y nos lleva a desconfiar hasta del vecino con el cual hemos convivido durante muchos años.
Muerte, destrucción y miedo son ahora los ingredientes de una “normalidad” mexicana absolutamente insoportable, y ante la cual hay que oponer todos los medios posibles de los que disponen los ciudadanos de bien para contenerla, el primero de ellos, el de elevar la voz crítica y de protesta por la indefensión ante la que nos han dejado las autoridades que deben garantizar la seguridad pública.
Desde Monterrey veo un panorama incierto para el futuro inmediato de México, pero también observo que hay un potencial muy grande que no ha despertado en cada uno de nosotros como ciudadanos para participar activamente en los asuntos públicos. Veo a padres que han perdido a sus hijos, a madres que lloran a sus secuestrados y ejecutados, a familias destrozadas por las adicciones a las drogas y al alcohol, pero sigo creyendo que el túnel no se ha cerrado del todo, que todavía se percibe la luz al final del mismo. Quienes han pasado ya del lamento a la acción práctica son nuestros pioneros: si los seguimos, seguramente, hallaremos la normalidad verdadera que hoy tanto añoramos. El camino está señalado.
rogelio.rios60@gmail.com
jueves, enero 27, 2011
Na Li: La jugadora china
Por Rogelio Ríos Herrán
Apenas dos días después de que en su segundo mensaje a la nación el Presidente Barack Obama anunciara que Estados Unidos enfrenta ante la India y China a dos formidables competidores en la lucha por la competitividad global, una señal que confirma el ascenso de China Popular como potencia mundial se dio inesperadamente en el terreno del tenis profesional: la jugadora china Na Li derrotó a la danesa Caroline Wozniacki (la sembrada número uno del torneo) en semifinales del Abierto de Australia 2011 para acceder de esa manera a jugar la final femenil de singles del torneo en contra de la belga Kim Clijsters, lo que representa la primera vez que una jugadora china estará presente, y con grandes posibilidades de ganarlo, en la última fase de un torneo de Grand Slam, es decir, de la élite de torneos profesionales de tenis.
Después de más de un siglo de torneos femeniles profesionales de tenis, Na Li (28 años, casada, profesional desde 1999, y clasificada entre las diez primeras jugadoras en el ranking profesional) es la primera jugadora china en llegar a una final. De movimientos habilidosos y excelente golpeo de pelota, Li presentó una batalla épica a Wozniacki y se recuperó de un match point para remontar el marcador, agotar a su rival y ganar el partido. Sus posibilidades ganadoras en la final son muy elevadas.
Según el New York Times, la Asociación Mundial de Tenis ya considera a China Popular como una de sus prioridades en el desarrollo de ese deporte al determinar, por ejemplo, que el Abierto de China que se celebra cada año en octubre, sea un torneo obligatorio para los jugadores profesionales. Para ese fin, el Gobierno chino construye un estadio de 15 mil asientos para albergarlo a a partir de este año, además de que ya cuenta con el Centro Olímpico de Tenis que se utilizó en 2008.
Na Li ha ganado seis torneos profesionales en total, cuatro títulos individuales y dos en dobles, pero nada que se compare con la hazaña que está a punto de consumar si, además de haber llegado a la final, lograra derrotar a Clijsters y llevarse el primer Grand Slam de su carrera en Australia.
Ni qué decir la gran proyección internacional que Li obtendría para sí misma y para su país justo cuando China Popular está ávida de recobrar el reconocimiento mundial que se ha visto golpeado últimamente en el terreno político por el manejo riguroso y autoritario de su gobierno hacia los disidentes, por ejemplo, en el caso del ganador del Premio Nobel de la Paz 2010, Liu Xiaobo, activista de derechos humanos y profesor de la Universidad de Beijing que hoy se encuentra en prisión en su país.
Nación de contrastes, China Popular es una potencia capaz de impulsar el deporte amateur y profesional y producir jugadoras de la talla de Na Li, a la vez que de suscitar la crítica mundial por su manejo de la oposición política y los derechos humanos. Por lo pronto, la Arena Rod Laver podrá ser testigo de una nueva hazaña deportiva china si la jugadora Na Li juega su mejor tenis en la final australiana el próximo sábado 29 de enero.
Li ya pisó tierras regiomontanas al participar en el 2009 en el Abierto de Monterrey y llegar a la final de ese torneo, en donde cayó ante la francesa Marion Bartoli, así que su participación en la final australiana, aunada a su carisma y simpatía chispeante, la hará tener muchos seguidores mexicanos.
En el siglo 21 el ascenso chino, indudablemente, se reflejará particularmente en deportes de alto rendimiento como el tenis profesional, ¡buena suerte, Na Li!
miércoles, enero 26, 2011
RUMBO AL FUTURO
Por Rogelio Ríos Herrán
The future is not a gift. It is an achievement
Robert Kennedy
El mensaje político del Presidente Barack Obama en su segundo informe a la Nación del 25 de enero (http://www.whitehouse.gov/) fue claro y preciso: “avanzamos juntos (demócratas y republicanos) o no avanzamos”, no sólo hacia la reconciliación política, sino a metas ulteriores: la recuperación del crecimiento económico a niveles previos a la crisis del 2008; y la recuperación de la competitividad estadounidense para enfrentar los nuevos desafíos globales y el surgimiento de la India y China como potencias mundiales económicas y políticas.
Los objetivos fijados por Obama en su mensaje a la Nación trascienden los límites territoriales de Estados Unidos y repercutirán seguramente en todos los continentes: si Estados Unidos está de regreso en la globalización, entonces, habrá que ajustarse el resto del mundo a ello. Su énfasis en la utilización de energías alternativas a un ritmo acelerado que equivale a una verdadera y profunda reconversión industrial es un presagio de que la lucha por la competitividad a nivel mundial entra en una fase de máxima aceleración, en la cual la ventaja que se logre en la década que inicia será decisiva para consolidar los liderazgos mundiales en el resto del siglo 21.
De ahí el insistente llamado a la unidad bipartisana entre Demócratas y Republicanos para sacar delante de manera conjunta las reformas que Estados Unidos necesita para sentar las bases de un mayor crecimiento económico, entre ellas, la urgente reparación general que su obsoleto sistema migratorio demanda para darle certidumbre a una parte importante de la fuerza laboral disponible en su territorio; y, por supuesto, la reforma educativa que les permita posicionar de nuevo a sus escuelas entre las mejores y más competitivas del mundo mediante la transformación de sus maestros en “nation-builders”, es decir, no sólo formadores de niños, sino constructores de naciones.
Al poner en manos del Congreso estadounidense –ahora de mayoría republicana- un llamado a la unidad de los contrarios tradicionales por encima de sus diferencias políticas profundas del momento, el Presidente Obama trata de instruir a los legisladores sobre el alcance de sus acciones políticas hasta más allá de sus fronteras: son, en cierto modo, legisladores del mundo, por la importancia de lo que se acuerde en su recinto legislativo y porque las consecuencias de sus actos se dejarán sentir hasta el último rincón del planeta, pero ¿tendrán la capacidad de verse a sí mismo como tales?
El Congreso de mayoría republicana y el panorama de un gobierno dividido para la Casa Blanca marcarán el escenario político de Estados Unidos en 2011 y 2012, año de la próxima elección presidencial. No hay nada definido, por supuesto, sobre qué curso tomarán finalmente la política y la economía estadounidenses cuando el norteamericano promedio se siente abrumado por los efectos persistentes en sus bolsillos de la crisis del 2008, y, por otro lado, por la insistente amenaza a su seguridad nacional que el fantasma del terrorismo le inflige sin descanso. Por no hablar, además, de su creciente desilusión y escepticismo hacia todo lo que es la política y los políticos de su país.
Barack Obama tuvo la habilidad de vislumbrar con su discurso la tierra prometida, allá en el horizonte, para dar esperanza de una vida mejor a sus compatriotas. Pero el futuro, como bien lo recordó en una cita de Robert Kennedy, no llega si no se le busca con ahínco: hay que ganárselo dando el máximo esfuerzo, como en el Súper Bowl.
rogelio.rios60@gmail.com
martes, enero 11, 2011
México 2011: ¿de qué color?
Por Rogelio Ríos Herrán
Creo que como muy pocas veces en su historia reciente, los problemas del momento, los de coyuntura, los urgentes, no han dejado que los mexicanos levanten la mirada y avisten lo que viene no sólo para el año que ha arrancado, sino para la década que concluirá en 2020.
Al juicio no sólo de la opinión pública, sino incluso al de especialistas, académicos y observadores experimentados de la escena nacional, lo nubla todo tipo de consideraciones que giran en torno a la violencia e inseguridad que padecemos, al escándalo político del momento, a la crisis que estalla en Estados Unidos, Grecia, Irlanda o cualquiera de los países europeos severamente empantanados entre déficits y endeudamientos.
No es que se haya perdido, pero la tradición académica y de especialistas de diversos ámbitos de la vida pública de analizar escenarios posibles a mediano y largo plazo se ve relegada a un segundo o tercer plano ante la avalancha de información sobre el narco y su cultura de violencia que han impactado a la opinión pública mexicana de tal manera que no la dejan pensar en otras cosas de mayor provecho para el país.
Así, el color con el que se ve el presente, el 2011 que apenas comienza a despuntar, es invariablemente negro. Por extrapolación, los años venideros lo serán también si nos atenemos a la visión actual en la que predomina el desánimo y el escepticismo no digamos ya en los negocios y la empresa, sino en el seno mismo de los hogares mexicanos.
El arcoiris mexicano se ha extraviado bajo la avalancha de información sobre inseguridad y narcotráfico, la luz es devorada por la oscuridad. El día lluvioso no tiene fin, y parece que nunca saldrá el sol.
¿De veras? Entonces, ¿cómo explicar que a pesar de todo y de todos los que se empeñan con acabar con este País, nos damos cuenta de que México sigue adelante con un paso firme? ¿Cómo explicar que no hemos tenido las crisis catastróficas de otros sexenios en donde las devaluaciones, la inflación y la ineptitud gubernamental y empresarial dieron al traste con el horizonte de vida de muchas empresas y personas?
En una palabra, y tras décadas de actividad de narcotraficantes, secuestradores y toda clase de delincuentes, el País sigue en pie, su economía crece a ritmo moderado y la inversión extranjera sigue fluyendo año con año. Por increíble que parezca, hay quienes ven a México para el 2011 y para la década que empieza, como un lugar de riesgos, es verdad, pero también de muchas oportunidades.
Ellos, los bien informados, son los más optimistas sobre cómo pinta nuestro país para el futuro, si bien no es un optimismo desbordado ni irreal: hay condiciones que cumplir y problemas que resolver para asegurar que, después de la tormenta, salga el sol a revelarnos el esplendor del arcoiris mexicano.
¿Seremos capaces de tomar el futuro en nuestras propias manos? ¿Podremos navegar con rumbo o seguiremos a la deriva?
Cualquiera que sea nuestra respuesta personal o institucional a esas interrogantes, no dejemos que nuestro juicio sea impetuoso y poco razonado, ni que se quede atrapado en las consideraciones imperativas del momento; por el contrario, dejemos volar a nuestra capacidad de reflexión y de imaginación a los más alto posible, sin el lastre de lo cotidiano ni la opresión del temor.
A esas alturas, no habrá nubes que nos impidan ver el horizonte completo de nuestras posibilidades.
¡Feliz año 2011!
domingo, enero 02, 2011
¡Hey, Dilma!
Por Rogelio Ríos
Entregó el 1 de enero Lula la Presidencia de Brasil a la sucesora Dilma Rousseff, de su misma filiación política, con el gran activo que significa el posicionamiento actual de Brasil en la arena internacional, con una aceptación de la figura presidencial que rebasa el 80 por ciento, es decir, por las nubes, y con una Copa Mundial (2014) y unos Juegos Olímpicos (2016) en el horizonte.
¿Se puede pedir más para la sucesora? Sí, por supuesto, algo que va a necesitar a raudales, y que constituye el único don de la política que es imposible heredar: el carisma.
Lula no podrá legar la atracción carismática que lo convirtió, en los últimos ocho años, en un líder latinoamericano y de proyección mundial, al punto de hacerlo perder el piso por momentos.
Dilma, la fiel ex funcionaria lulista y ahora primera mujer presidenta de Brasil, tendrá que procurarse sus propios métodos de seducción de masas, y ahí se verá, ya sin el cobijo de su mentor en la Presidencia del coloso sudamericano, si ella tiene realmente la madera del líder que una convulsionada sociedad brasileña reclama.
No será la polémica relación de Brasil con Irán y el vínculo Lula-Ahmmadinejad la que le sirva de apoyo para reconstruir el distanciamiento entre Lula y Barack Obama, entre Brasil y Estados Unidos, que por un error grave de cálculo estratégico el viejo militante del Partido de los Trabajadores cambió en el camino: oro por espejitos, es decir, lo más con los estadounidenses por lo menos con el liderazgo iraní, uno de los más detestados sobre la faz de la tierra.
Por eso, el lamento de Lula de que Washington “no tiene una visión más optimista para América Latina porque siempre prevaleció una visión de imperio”, suena bastante a destiempo (como si Bush fuera todavía el inquilino de la Casa Blanca), y como si el gran líder sudamericano y su staff no hubieran sabido leer los signos de cambio en Estados Unidos y las oportunidades abiertas a ciertos países para estrechar lazos con el “imperio”.
Por ejemplo, sobre el Canciller de Lula, Celso Amorim (“el mejor canciller del mundo en 2009, según la revista Foreign Policy), el gran posicionador de Brasil en foros internacionales, se expresó recientemente Michael Shifter (del think tank Diálogo Interamericano en Washington) diciendo que “fue menos exitoso en profundizar las relaciones con Estados Unidos, particularmente en los primeros dos años de la administración de Obama, por diferencias sobre el programa nuclear iraní”.
Eso, y el hecho de que Río de Janeiro le arrebatara a Chicago -la ciudad adoptiva de Obama- la sede de los Juegos Olímpicos de 2016, acabó por enfriar la relación bilateral que más le conviene a los brasileños.
No será seguramente la perspectiva de celebrar dos eventos deportivos de gran renombre como lo son una Olimpiada y una Copa del Mundo, con apenas unos años de diferencia, lo que más ayude a Dilma a mantener el liderazgo internacional de su país y una posible reelección. Suena paradójico, pero ese tipo de eventos conllevan riesgos muy elevados para las sociedades receptoras.
México ya vivió una experiencia similar con los Juegos Olímpicos de 1968 (celebrados apenas dos semanas después de la peor masacre estudiantil en nuestro país) y la Copa Mundial de 1970, grandes distractores para las sociedades, pero también grandes escaparates para que el mundo observe no sólo el fasto de las ceremonias, sino las miserias y carencias de sus anfitriones.
Las tensiones sociales en Brasil en ciudades y campos, los altos índices de criminalidad en ciudades como Río de Janeiro, la desigualdad del ingreso y las presiones que un crecimiento acelerado y sostenido provocan en sociedades emergentes y con grandes porciones de sus poblaciones en situación de pobreza extrema y marginalidad, al llevar a unos muy rápido hacia arriba en la escala social y dejar atrás a millones de personas, no se alivian con samba y futbol.
Lo vemos en México, lo vemos en Brasil: cuando la fiesta termina, y se vacía la última de las botellas, la crudísima realidad sigue ahí, intacta, amenazante, llena de pobreza y narcotráfico.
Así que ¡hey, Dilma!, despierta, despabílate: ya no estarán más Lula y su carisma contigo, eres tú sola de ahora en adelante con un gran pueblo en tus manos.
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