jueves, agosto 22, 2024
México AT/DT
miércoles, agosto 21, 2024
Kamala Harris: Fiscal por vocación
Por Rogelio Ríos Herrán
La llegada de Kamala Harris a la candidatura demócrata por la Presidencia de Estados Unidos puso a muchos analistas y periodistas a averiguar más sobre la vida y perfil profesional de quien, hasta el momento, había jugado un papel discreto como la vicepresidenta del presidente Joseph Biden.
Siempre atrás del presidente, medio oculta entre los escasos reflectores que los medios estadounidenses dedican a la figura de la vicepresidencia, era evidente que Kamala refrenaba, por respeto a Biden, su vigorosa necesidad de participar y hablar fuertemente en la arena pública.
Ella se define como una fiscal por vocación. Desde sus años universitarios en sus estudios de Derecho (en Howard University), se forjó en su carácter la voluntad de combatir al crimen, perseguir delincuentes y castigarlos como una forma de proteger a los más vulnerables de la sociedad.
Me detengo en este punto de su vocación. Acudí a la lectura de su obra “The Truths We Hold. An American Journey”, (Penguin Random House, serie Penguin Books, 2020) para obtener una fotografía más clara de cómo se forjó profesionalmente una mujer que hoy, sin las ataduras de la vicepresidencia, muestra una energía, vitalidad y capacidad de debate que ha salvado lo que parecía el naufragio de la elección presidencial para el Partido Demócrata.
En el primer capítulo del libro (“Por el pueblo”), Kamala nos dice que “la razón por la cual tenemos oficinas públicas de fiscalías en Estados Unidos es que, en nuestro país, un crimen contra cualquiera de nosotros está considerado un crimen contra todos nosotros”.
De hecho, el juramento “Kamala Harris por el pueblo” que prestó al iniciar su primer caso como fiscal de distrito en San Francisco, California, fue un compromiso por la representación social que se aplicaba en cada caso individual que ella atendía.
“Casi por definición”, agrega Harris, “nuestro sistema de justicia criminal involucra asuntos en los que el poderoso ha dañado al menos poderoso, y no esperamos que la parte débil pueda obtener justicia por sí misma: lo convertimos en una tarea colectiva.”
Ésa es la razón, concluye, “por la cual los fiscales nunca representan a la víctima; ellos representan ‘al pueblo’, a la sociedad en su conjunto”.
El libro “The Truths We Hold” (en español "Las Verdades que Sostenemos") es precisamente un relato, entre biográfico y testimonial de su trayectoria en cargos públicos en los que ha intentado siempre proyectar su convicción profunda del alto honor y la elevada responsabilidad que significa el servicio público en Estados Unidos.
A cada paso de su carrera profesional, Kamala se enfrenta a la realidad del mundo de la política: los ideales elevados sucumben al cálculo político y personal. Formada en una convicción profunda del valor de la representación social y la defensa del vulnerable, ya se imaginarán ustedes la tensión permanente que ella ha vivido hasta el momento en la vida pública.
La pregunta es cómo va a conciliar Kamala su convicción de fiscal investigador con las necesidades estratégicas, realistas y políticas de la presidencia de Estados Unidos, en caso de que ella gane la elección general de noviembre.
“Yo mantuve ese principio (‘por el pueblo’) al frente y al centro en tanto trabajé con las víctimas, cuya dignidad y seguridad fueron siempre importantísimas para mí. Se necesita una cantidad enorme de coraje para que alguien comparta su historia y resista los interrogatorios cruzados, sabiendo que su credibilidad y detalles más personales pueden estar en la línea. Cuando ellos subían al podio, sin embargo, lo hacían por el beneficio de todos nosotros”.
Buen punto el de Kamala sobre la representación social, pero la carrera presidencial entre ella y Trump requiere, además de la convicción de una fiscal, una visión política que involucre tanto las cuestiones de principios como los cálculos políticos para la defensa del interés nacional de Estados Unidos.
El libro de Kamala es un viaje fascinante a su experiencia de vida, el origen de sus padres, y la formación de esta abogada californiana que sigue creyendo firmemente en la procuración de justicia y la representación social como su guía en la política.
Tal vez sea eso lo que la Casa Blanca necesita: la recuperación del sentido de legalidad y estado de derecho perdidos desde el Asalto al Capitolio en 2021.
Tome usted sus propias conclusiones; el buen libro de Kamala Harris le ayudará a decidir.
@rogeliux
sábado, agosto 10, 2024
‘Crisis permanente’: el oxímoron mexicano
viernes, agosto 09, 2024
AMLO: ‘apetito por la destrucción’
Por Rogelio Ríos Herrán
No utilizo el título de uno de los mejores discos de Guns & Roses (“Appetite for Destruction”, 1987) para identificar los motivos políticos de Andrés Manuel López Obrador por casualidad, sino por la precisión de la frase sobre la persona del tabasqueño: para él, transformar es construir sobre las ruinas de lo destruido.
No está López Obrador solitario en su alucinante pretensión que pretende culminar al fin del sexenio: lo acompañan, incondicionalmente, tanto la vieja izquierda marxista-estalinista heredada del Partido Comunista Mexicano como las legiones de simpatizantes más jóvenes cuya ideología no es tal (un cuerpo coherente de principios e ideas en torno al gobierno de la sociedad), sino una pasión ciega por el ataque violento a instituciones y personas que son señaladas como “enemigos”.
Entre esos extremos, hay, por supuesto, muchos otros grupos sociales que matizan su apoyo al proyecto de la Cuarta Transformación en algunos aspectos, pero lo siguen en lo fundamental.
El principio de “destruir para crear sobre las ruinas” una nueva forma de sociedad y gobierno tiene raíces religiosas y formas de culto similares a las devociones y a la fe. Quienes así se comportan lo hacen por dogma, no por racionalidad: el apoyo a López Obrador es un artículo de fe, se le prende una veladora invocando sus poderes milagrosos (como a un nuevo Niño Fidencio) y volviendo intachable su conducta.
Atribuir ciertos hechos históricos a la pura pasión fue una de las líneas de pensamiento del filósofo mexicano Samuel Ramos (1897-1959), quien defendía esa tesis cuando las demás explicaciones teóricas fallaban para explicar los acontecimientos y personajes de América Latina.
“Abundan en los países hispanoamericanos los conflictos y las luchas de todo orden, en los que no asoma para nada un cálculo interesado, porque a fin de cuentas nadie ha obtenido ventaja alguna, y el resultado es la ruina para todo el mundo”, nos dice en su escrito “La Pasión y el Interés” (en Samuel Ramos. “El perfil del hombre y la cultura en México”. México: Espasa Calpe, Colección Austral, 1981).
“En teoría”, agrega el maestro Ramos, “abundan en nuestra América los partidarios del ‘materialismo histórico’, pero en la práctica somos aún la raza más romántica de la tierra. Nuestro romanticismo en la vida es el de los adolescentes inmaduros que sacrifican la realidad a las ideas”.
En conclusión, “siempre estamos dispuestos a salvar los principios, aun a costa de un verdadero suicidio, conforme al modelo de aquella frase que expresa la más inhumana de todas las actitudes: ‘hágase la justicia, aunque perezca el mundo’”.
A partir de esta reflexión del maestro Ramos, yo puedo entender mejor las posturas irracionales de López Obrador y sus decisiones imprudentes tomadas sobre cualquier otra consideración que no sea su pasión: hay que destruir la república para crear un nuevo régimen político sobre las ruinas.
Más allá del “cálculo interesado” y la búsqueda de ventajas o beneficios políticos, el ideal de Amlo justifica, para muchos, cualquier acción y decisión sin necesidad de razonamientos previos ni análisis de costos y beneficios, ¿para qué perder el tiempo en argumentos cuando la pasión lo arrasa todo?
No importa si de sus decisiones se derivan daños profundos e irreversibles al tesoro público, a las instituciones, el Poder Judicial o los organismos autónomos, amén de la impresionante cifra de homicidios (casi 200 mil) que legará a la sociedad: si así lo decide López Obrador, entonces está bien decidido. Punto final.
Hablar de “apetito por la destrucción” es una forma de nombrar a la pasión política que prefiere destruir la tierra para hacer justicia, una violencia con tonos del Antiguo Testamento y los profetas por cuyas bocas hablaba un Dios implacable.
Nada queda ya por esperar -hasta el 30 de septiembre- cambio alguno en Andrés Manuel López Obrador, su conducta o decisiones. Viviremos, una vez más, en los días más peligrosos del sexenio de cada presidente mexicano: los días finales en los que cualquier cosa puede pasar.
Otra cosa sería si López Obrador hubiera leído a Samuel Ramos: “La pasión orientada hacia adentro y no hacia afuera representa para la vida social una fuerza negativa y destructora. Su intervención hace estériles los propósitos más meritorios, porque los convierte en mero pretexto para lograr sus fines propios. Por eso tantos esfuerzos y luchas en nuestra historia parecen no tener sentido ninguno y entristece el ver que sus resultados equivalen a cero”.
Gracias por sus reflexiones, maestro Samuel Ramos.
@rogeliux
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