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Niña en zona marginada. Fuente: Google.com |
Por Rogelio Ríos Herrán
Como parte del catálogo del colorido lenguaje político
mexicano de otras épocas, darse un “baño de pueblo” implicaba para los
candidatos en una contienda electoral recorrer colonias marginadas, zonas rurales
paupérrimas, comer y poner buena cara a tacos y tamales que la gente les
ofrecía en esas bien orquestadas giras populares.
La expresión se extendía también a funcionarios en el
cargo: el Presidente de la República, los gobernadores, incontables alcaldes de
ciudades y pueblos, diputados, directores de paraestatales, etcétera, quienes
en busca de afianzar sus posiciones políticas presentes y futuras no dudaban en
darse un baño de pueblo a la primera oportunidad que tenían, tomándose la foto
abrazando a una abuelita y enfundados en sus pantalones de mezclilla.
La cobertura de los medios de comunicación siempre ha
sido profusa en esos eventos, pues ofrecen en un solo paquete todo lo necesario
para armar la nota: una figura pública relevante, discursos y frases para los
titulares, abundantes fotos y videos, y al final la sensación de que se plasmó
como noticia un acto relevante del día.
Así persiste hasta nuestros días la escenografía de
los baños de pueblo en las campañas electorales y entre funcionarios de
gobierno. De haberse concebido de otra manera, de existir realmente un contacto
cercano y constante de los funcionarios y representantes con “el pueblo”, no
habría necesidad alguna de darse baños ocasionalmente con algo que debería
estar siempre presente en las consideraciones de los gobernantes: se gobierna
para el pueblo, es decir, para satisfacer el interés público.
Y no habría necesidad alguna de coberturas especiales
y grandiosas de los medios de comunicación. La información sobre lo que pasa y
atribula a la sociedad provendría directamente de las personas y grupos, no de
la mediación ficticia de los gobernantes.
Ahí estaría la verdadera razón de ser de la expresión “baño
de pueblo”: dar voz a los que no la tienen para expresar sus posturas y
opiniones sobre los asuntos públicos; dar espacio mediático a las voces genuinas
de los ciudadanos, a sus anhelos y frustraciones, sin que necesariamente pasen
por el filtro de los funcionarios públicos.
Hay un mundo allá afuera, vasto y diversificado,
esperando a ser revelado a los ojos de todo México. Zonas urbanas y rurales
extensas, cuyos habitantes luchan día a día para ganarse el pan, sostener a sus
familias y educar a sus hijos. Muchachos y estudiantes cuyo horizonte de vida
está limitado por sus escasos recursos, su entorno físico limitado, su paisaje
urbano o rural francamente miserable, pero que en una buena parte mantienen un
sólido optimismo sobre su futuro y sus posibilidades.
No leen periódicos, no ven noticieros, tienen un
acceso difícil a internet, no pueden comprar caros smartphones ni costosas
laptops, pero viven, trabajan y se divierten con mucho entusiasmo. No necesitan
darse ningún baño de pueblo: ellos son el pueblo.
Las campañas políticas les pasan de lado, pues carecen
de atractivo para ellos, les resultan aburridas y repetitivas. Sospechan que
los políticos son rolleros y transas, su politización es mínima ante el
imperativo de trabajar y ganarse la vida, y no los seduce realmente ninguna
ideología.
Recorro grandes sectores del área metropolitana de
Monterrey y me convenzo cada vez más de que no hay puentes, sino grandes
abismos entre los políticos que nos gobiernan y la gente de las colonias
populares, millones de personas que no sienten
que sean esos políticos los que conocen y comprenden sus problemas ni los que
irán a resolverlos.
Calles y más calles en mal estado, colonias y más
colonias con casas grises de block apenas alegradas aquí o allá con alguna mano
de pintura, parques abandonados, pandillas y asaltantes, drogas y alcohol a
pasto, polvo y rutas de camiones inseguras, tardadas y caras, en fin, el
paisaje de vida de quienes cada día ponen un pie al salir de sus casas para
desde ese instante luchar contra las adversidades.
¿Baño de pueblo? Suena a broma cruel. Mejor vivan como
el pueblo, a ver si así empiezan a comprender para qué sirve gobernar.
rogelio.rios60@gmail.com