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Fuente: Google.com |
Por Rogelio Ríos Herrán
Como si no tuviéramos nada más de qué preocuparnos,
los mexicanos nos metimos de lleno a la carrera por la sucesión presidencial
del 2018 y casi nos olvidamos de todo lo demás.
Qué importan el calentamiento global, los mercados
petroleros, la guerra de Siria, la crisis de refugiados que buscan llegar a
Europa, las nuevas políticas migratorias de Trump, entre otras muchas
cuestiones, si no tenemos ojos para nada más que tratar de adivinar quién será
nuestro próximo Presidente de la República.
Todo se observa en función de la próxima elección
presidencial: las elecciones en Coahuila y el Estado de México, el desempeño de Miguel Mancera en gobierno de la CDMX o de El Bronco en Nuevo León, los
escándalos de corrupción, el golpeteo político intenso entre los partidos, etc.
Nada escapa a la fuerza de gravedad de la elección
presidencial. Es como un hoyo negro sideral que todo se traga sin remedio y al
cual hay que someter las voluntades y el pensamiento.
Es un terrible lastre del presidencialismo mexicano
eso de hacernos creer que no hay nada más importante en México que la
renovación sexenal del Ejecutivo federal, que sigue siendo el Señor Presidente
la figura clave del sistema político, y que a su sombra -quién quite- quede
algún familiar o amigo al cual podamos pedirle una chamba o algunos favores.
Así funciona más o menos la lógica electoral de muchos mexicanos.
Parece como si nada valieran los avances de tres
décadas en materia de reformas políticas y electorales, de empujar la agenda
del acceso a la información y la transparencia, de construir un sistema
electoral mucho más confiable que el anterior, y de elevar la causa de la
defensa de los derechos humanos a niveles constitucionales.
Surgió en México desde los años posteriores a los
trágicos eventos de Tlaltelolco en 1968, una nueva manera de percibir y actuar
en la política, pero el peso de los factores más retrógrados del viejo sistema
-la corrupción, la violencia y el autoritarismo- y la fuerza de la figura presidencial, aunque
muy disminuida, no han dejado de prevalecer en la mente de muchos mexicanos.
La maldición del sexenio -la de creer que México muere
y nace cada seis años- sigue tan presente como siempre, como en el país de la
época del presidencialismo triunfante y avasallador. Ahora, además, con la novedad de
que cualquier Gobernador, apenas pone un pie en la silla de su estado, se
siente llamado a glorias más altas: las de Los Pinos.
Así no se puede gobernar un estado, ni mucho menos un
país. La conducción de los asuntos públicos requiere dedicación completa,
vocación de servicio intensa y una integridad a prueba de los “cañonazos de 50
mil pesos” de la época de Álvaro Obregón.
Eso solamente para empezar, pues además son
indispensables otras virtudes: tolerancia, mente abierta, sensibilidad social,
cariño por el terruño.
Me duele decirlo, pero mi favorito para “la grande”
del 2018 sigue siendo el abstencionismo, pues ningún candidato se acercará
siquiera a lo que pudiera ser una cifra histórica de mexicanos que no acudan a
las urnas ese año por diversas razones, pero que se resumen en un desencanto profundo
con la política y los políticos en general.
Si bien las cifras indican que del 41.4 por ciento de
abstencionismo en 2006 se pasó al 36.9 por ciento en 2012 (un nivel similar al
de la elección del 2006, según cifras del Centro de Estudios Sociales y de
Opinión Pública), el nivel de desprestigio de la clase política por los
escándalos de corrupción a los ojos de los ciudadanos, además de otros
factores, y la falta de rendición de cuentas ante la justicia, podría volver a
elevar en el 2018 el voto de abstención a niveles cercanos al 50 por ciento para una elección presidencial.
El primer paso para revertir esta situación y el negro
panorama que se vislumbra sería el de sacudirnos las telarañas mentales del
presidencialismo y de la vieja cultura política mexicana. El relevo
generacional de políticos y ciudadanos ya se está dando, a las mentalidades
tradicionales las sustituirán las mentalidades modernas, pero nada garantiza
que el proceso culmine con éxito.
Habrá que dar igualmente una extensa batalla para sacudirnos al
“viejo régimen” que todavía nos quiere aprisionar en su discurso político y su
presidencialismo obsoleto para poner en práctica una política moderna
inclusiva, tolerante, sustentada en las normas democráticas y en el bien común.
Ya estamos en el siglo 21, bien nos merecemos eso los mexicanos.
rogelio.rios60@gmail.com