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Vista de una cerca en un tramo de la frontera con USA. FUENTE: Google.com |
Por ROGELIO RÍOS HERRÁN
Apenas al conocerse los resultados de la jornada
electoral estadounidense del martes 8 de Noviembre con el triunfo sorprendente del
candidato republicano Donald Trump sobre la demócrata Hillary Clinton, se abrió en México un interesante debate
sobre la relación bilateral con nuestros vecinos del norte que sucintamente
puede resumirse en estos términos: ¿Está suficientemente estructurada e
institucionalizada la relación bilateral México-Estados Unidos como para
soportar cualquier cambio o giro inesperado en las cúpulas de los gobiernos de
ambos países?
Es decir, ¿estamos ante una relación sólidamente
sustentada por economías entrelazadas y firmes vínculos políticos que datan de
décadas atrás y que han superado en otras ocasiones la llegada de
administraciones republicanas muy conservadoras a la Casa Blanca?
Por supuesto que, de entrada, es obvio que nuestra
vecindad geográfica con Estados Unidos, los lazos históricos, sociales y
culturales ya forjados, superan con mucho a cualquier vaivén político, llámese
incluso Donald Trump y su propuesta absurda de un muro a lo largo de la
frontera con México para evitar la entrada a Estados Unidos de inmigrantes
indocumentados mexicanos.
No olvidemos que los condicionamientos
que pesan sobre cada Presidente de Estados Unidos lo harán igualmente sobre la
gestión de Trump, quien mostrará seguramente una cara distinta a la que le
conocemos como candidato.
Buena parte de esos vínculos económicos de los que
hablamos corresponden al comercio y a las inversiones de empresas
estadounidenses en México, de las cuales las automotrices son el mejor ejemplo,
por lo cual desde el mundo corporativo norteamericano saldrá el primer
contrapeso a las ansias proteccionistas del nuevo inquilino de la Casa Blanca.
En la época de Ronald Reagan, en los años 80, Washington
y México se enfrentaron con visiones contrapuestas en su política hacia América
Central, cuando estallaron las revoluciones en Nicaragua y El Salvador. No
obstante la dureza de Reagan y con la parte mexicana sosteniendo su posición de
apoyo a las fuerza rebeldes que luchaban contra los gobiernos dictatoriales que
en Managua y El Salvador eran apoyados por Washington, los vínculos económicos
se mantuvieron y el comercio y las inversiones siguieron fluyendo a través de
la frontera, incluso cuando no existía todavía el TLCAN.
Un Presidente de Estados Unidos no es omnipotente,
como parecen creer muchos mexicanos. No lo es cuando el mundo ha observado un
reacomodo de poder en el siglo 21 con el surgimiento de China y Rusia y actores
no nacionales e individuos empoderados como entidades con influencia eficaz en
los conflictos regionales en donde se enfrentan a los intereses
norteamericanos.
Y no lo es tampoco al interior de la Unión Americana.
Consistentemente, los enfrentamientos entre el Congreso y el Ejecutivo han
llevado a la casi total paralización del Gobierno norteamericano, a disputas
acres sobre el presupuesto y nombramientos de funcionarios y magistrados, en
fin, a un enfrentamiento feroz y sin concesiones en cada punto, cada política
pública y cada área de gobierno en que republicanos y demócratas se enfrentan.
Ha sido tan grande el desgaste político interno en
Estados Unidos que ha cobrado por fuerza su cuota en la proyección de su
poderío al exterior: Washington no puede “contener” por completo a Moscú y a
Beijing (como se creía que lo podía hacer durante la Guerra Fría), el mundo es mucho más
complejo que eso con problemas de fondo que superan a la capacidad de acción de
cada gobierno en lo individual, no importa qué tan poderoso se considere cada
uno de ellos, como es el caso del debate sobre el cambio climático.
Así que la preocupación mexicana sobre la llegada de
Trump a la Casa Blanca, siendo genuino el temor que se siente de que una
persona completamente inexperta en la administración pública y el gobierno
asuma el timón estadounidense, debe considerar también que lo efímero -una
administración presidencial de cuatro años- no sustituye a lo permanente: una
relación bilateral asentada firmemente sobre intereses económicos y políticos
que resisten al día a día de los políticos y sus disparatados dichos y
alegatos.
Mucho ruido hará la gran batalla que se viene encima:
¿construirá Trump o no el muro que prometió en la frontera? Con todo, con muro
o sin muro, la economía, la migración y el entrelazamiento entre las sociedades
mexicana y norteamericana seguirá adelante en su incesante y azaroso avance. No
hay marcha atrás en su integración social.
rogelio.rios60@gmail.com