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Logotipo de la organización fundamentalista. Fuente: google.com |
Por Rogelio Ríos Herrán
Desde Dinamarca
hasta Túnez, en Paquistán, y en el prolongado conflicto en Nigeria entre el
Gobierno y sociedad nigerianos y los grupos radicales Boko Haram y Al Shabab
que han masacrado a la población civil en ataques violentos, el miedo al
terrorismo sacude a sociedades y pueblos enteros.
No basta que los
gobiernos de esos países, algunos con economías y democracias avanzadas y otros
en un lamentable atraso institucional o social, hagan ruidosas declaraciones
sobre su voluntad de luchar y acabar con las amenazas terroristas.
Bien saben los ciudadanos
tanto daneses como nigerianos que es materialmente imposible para cualquier
gobierno evitar un ataque perpetrado por células o grupos terroristas cuando
quienes los realizan son atacantes suicidas.
Los atentados de
grupos fundamentalistas musulmanes contra poblaciones y sociedades islamistas
son un señal de que esa lucha irracional de los radicales se llevó ahora a un
terreno distinto: ya no contra Occidente solamente, sino contra los propios “hermanos”
musulmanes.
La crueldad extrema
de los ataques y ejecuciones del Estado Islámico, por ejemplo, en Iraq y Siria
así lo atestiguan. No se diga la serie de atrocidades que han perpetrado Boko
Haram y Al Shabab en Nigeria, el último de ellos el de un ataque a un campus
universitario con un saldo de más de 140 muertos entre la población
estudiantil.
La peor
característica de esta lucha desigual entre grandes gobiernos y grupos pequeños
o dispersos de radicales es que son las sociedades las que quedan en medio del
fuego cruzado, el grupo más vulnerable a que en cualquier momento y en
cualquier lugar caiga sobre sus espaldas toda la furia del radicalismo.
El endurecimiento
de medidas que rayan en el autoritarismo en los gobiernos occidentales con sus
leyes de vigilancia sobre la sociedad y de restricciones ni controles más
estrictos a los movimientos de las personas eliminaron los ataques, desde
Estados Unidos hasta el corazón de Europa en Francia, por ejemplo, contra la
revista Charlie Hebdo.
Los grupos
radicales parece que siempre encuentran la manera de sobrevivir a esas medidas,
sacarles la vuelta y golpear en donde menos se espera. No los detiene ya
ninguna consideración o escrúpulo: golpean a occidentales y musulmanes por
igual.
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Militantes radicales de Al Shabab Fuente: ggogle.com |
¿Por dónde está la
salida a esta situación? No es la respuesta ciertamente la de un Estado Big
Brother que observe y controle rigurosamente a la sociedad en su totalidad,
escenario que por lo demás es imposible de materializar.
Lo inmediato es
buscar nuevas formas, desde las estructuras de autoridad, de enfrentar,
desmantelar y anular a la amenaza terrorista de los grupos radicales, pero no
pisoteando a la sociedad civil sino llevando la lucha a un plano superior que
el que proponen sus enemigos radicales: defender a la sociedad no a costa de su
integridad física y sus derechos, sino precisamente asegurando que esos
derechos sean la base de la derrota del radicalismo.
Se trata de
derrotar al terrorismo con nuestros propios valores, no con sus mismos métodos.
El caos que
pretende crear el radicalismo es el ambiente ideal para la descomposición
social y política de cualquier nación. No hay manera de combatir eso más que
con sociedades sólidas y gobiernos legítimos emanados de ellas, cuyo mandato
popular sea la fuente de su fuerza.
¿Cómo pretenden
gobiernos autoritarios y cuasi monárquicos, alejados de las necesidades de sus
pueblos, combatir al terrorismo si al mismo tiempo sujetan a sus sociedades?
¿Qué clase de
dilema es para un pueblo el de averiguar a qué va a temer más: a la violencia
de los terroristas o a la opresión de sus gobiernos?
Un largo camino
queda por delante en el siglo 21, sin soluciones mágicas ni rápidas, en esta
guerra contra los grupos terroristas que desafía los fundamentos mismos de
nuestra vida en sociedad.
rogelio.rios60@gmail.com