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Migrantes indocumentados abordan a "La Bestia". FUENTE: google.com |
Con mucha frecuencia olvidamos en nuestro país, especialmente en el centro y en el norte, que México es Centroamérica.
Por razones
históricas, por condiciones geográficas y por afinidades culturales evidentes a
primera vista en Chiapas, Oaxaca, Tabasco y Quintana Roo, Centroamérica está en
México tanto como los mexicanos somos centroamericanos.
Por eso el tema del
paso de los inmigrantes provenientes de Honduras, El Salvador, Nicaragua o
Guatemala rumbo a Estados Unidos resulta un tema extremadamente sensible para
la opinión pública mexicana e incide frontalmente en la situación de los
derechos humanos en México.
Dos sucesos
recientes nos ayudan a poner en perspectiva lo que llamaría la “cuestión
centroamericana”.
Primero, el anuncio
del Gobierno del Presidente Barack Obama de que su administración solicitará en
febrero al Congreso estadounidense un paquete presupuestal de mil millones de
dólares para ser aplicados en la región centroamericana, particularmente
enfocados a que El Salvador, Honduras y Guatemala refuercen sus capacidades de
gobierno y den impulso a sus economías y a su integración regional.
La propuesta es
ambiciosa, pues, en palabras del Vicepresidente Joe Biden, se trata nada menos
que de promover un “cambio sistémico” en esos países para impulsar su
desarrollo y, entre otros objetivos, evitar que sigan siendo expulsores de
migrantes hacia Estados Unidos.
En la próxima
década, explica Biden, 6 millones de jóvenes de América Central van a ingresar
al mercado de trabajo, y si no hay oportunidades laborales para ellos, será el
Hemisferio Occidental en su totalidad quien sufra las consecuencias.
La gravedad de la
crisis de niños migrantes que entraron a Estados Unidos en el verano del año
pasado fue una poderosa llamada de atención para Washington sobre la necesidad
de enfocarse y atender a la región de Centroamérica.
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Travesía de migrantes en un tren. Fuente: google.com |
¿Cuáles pueden ser
las consecuencias para México? Por supuesto que nuestro país se beneficiaría de
inmediato de un alivio en las condiciones internas de Honduras o El Salvador,
por ejemplo, cuyos ciudadanos atraviesan constantemente nuestro territorio
rumbo al norte y en medio de riesgos y sucesos trágicos que viven en el camino.
Y en el mediano y
largo plazos, sería posible cambiar por completo las bases de la relación con
nuestra frontera sur hacia una en donde la economía, no la seguridad, sea el
tema predominante.
El fenómeno
migratorio es uno que por su volumen y persistencia parece tener rebasadas desde
hace años a las autoridades del sur del país, no se diga a los gobiernos
estatales.
La situación llega
al punto de tragedias que parecen increíbles, que no puede ser que estén
pasando: dos mujeres hondureñas fueron asesinadas a bordo del tren “La Bestia”
(por donde cada día se transportan sobre los techos de los vagones de carga cientos o
miles de migrantes centroamericanos), días después de que tuvieron el valor de
denunciar a un grupo delictivo que extorsionaba a los migrantes que abordan ese
tren.
La denuncia fue
presentada ante las autoridades locales de Chiapas, pero la fiscalía que las
atendió falló lamentablemente en protegerlas y prevenir que fueran, nuevamente,
víctimas de los delincuentes que ya las habían amenazado.
La Comisión
Nacional de Derechos Humanos emitió una recomendación al Gobierno de Chiapas
sobre la negligencia en que incurrieron sus autoridades judiciales, pero el
daño está hecho de manera irreversible para esas mujeres hondureñas.
Llegamos al
arrancar 2015, entonces, al punto en que por lo menos la perspectiva del
fenómeno migratorio se amplía, desde el punto de vista de los gobiernos, a un
nivel regional: los problemas internos de Honduras, El Salvador y Guatemala
afectan de manera directa y profunda a México y Estados Unidos. La solución a esa
situación no puede ser sólo nacional, sino necesariamente será de nivel
regional.
El éxito de la
iniciativa del Presidente Obama hacia América Central requerirá de un
compromiso absoluto y de voluntad política de los gobiernos centroamericanos
involucrados. Si los mil millones de dólares son muchos o pocos para el tamaño
del problema, en todo caso, es sólo una parte de la cuestión.
La verdad, lo
sabemos, es que ninguna ayuda externa es suficiente si el propio país
beneficiado no impulsa desde adentro el “cambio sistémico”, como lo expresó
Biden, necesario para sacar a sus pueblos de la pobreza y del subdesarrollo
político.
Desde México
deberemos estar atentos a sus resultados y elaborar una política propia de
ayuda hacia quienes, en muchos sentidos, son nuestros hermanos
centroamericanos.
rogelio.rios60@gmail.com