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Una plataforma petrolera en las costas de Campeche. Fuente: google.com |
Por Rogelio Ríos
Herrán
Se celebra en estos
días en muchos círculos públicos y del sector empresarial la aprobación de un
paquete de reformas -entre las que brilla con luz propia la energética- que
fueron el fruto de una larga e intensa negociación entre partidos políticos,
empresarios y grupos de opinión.
Las cámaras
legislativas fueron el escenario de discusión de senadores y diputados en torno
a los temas de las reformas en un tono apocalíptico que hizo recordar otros
momentos de la historia de México en los cuales, se decía, se jugaba el futuro
de la Patria: o reformamos o nos hundimos.
El Presidente
Enrique Peña Nieto sentó el tono –desde la perspectiva oficial- del momento que
vive hoy nuestro país en un editorial publicado el 24 de agosto en el diario El
País: las reformas aprobadas fueron “la plataforma sobre la cual se generó una
agenda de cambios profundos que han sentado las bases jurídicas e
institucionales para la construcción de un nuevo México”.
“Estas reformas”,
agregó el Presidente de México, “tienen tres grandes objetivos: elevar la
productividad de México para impulsar el crecimiento y el desarrollo económico;
fortalecer y ampliar los derechos de los mexicanos; y afianzar nuestro régimen
democrático y de libertades”.
Al abrirse ahora el
ciclo de la implementación de las reformas, el desafío para gobierno, sociedad
y sectores empresariales será llevarlas a la vida diaria de los mexicanos en
forma de beneficios tangibles que permitan hablar en efecto “de un nuevo
México”.
En esta ocasión, y
en particular en torno a la reforma energética, no sólo las expectativas de los
mexicanos son muy altas, sino que la conciencia crítica de una buena parte de
la sociedad –en especial de la clase media- respecto a las acciones de gobierno
y a la manera en cómo se hacen negocios en México, será la que marque la
diferencia frente a otras épocas.
Es verdad que el
marco institucional y el estado de derecho siguen siendo débiles o muy
vulnerables en México, pero lo que existe, con lo que contamos, es un punto de
partida para que los ciudadanos por sí mismos o a través de las organizaciones
y partidos políticos hagan valer en la realidad sus derechos, reciban los
beneficios concretos y perciban que verdaderamente se combate y se abate a la
corrupción.
Contra el optimismo
gubernamental y empresarial va a contracorriente un escepticismo profundo de
los mexicanos que una y otra vez han escuchado promesas y ofrecimientos
similares de sus gobernantes sólo para padecer profundas devaluaciones y crisis
económicas cuyas cicatrices todavía perduran en la memoria colectiva.
No pienso en cómo
el gobierno va a implementar las reformas, sino en cómo la respuesta de la
sociedad a ellas permitirá o no que se concreten y que sean benéficas para la
sociedad mexicana.
No pienso en la
inercia gubernamental, sino en la iniciativa de la sociedad, en los mexicanos
proactivos y críticos que no cejarán en la tarea cotidiana, dura y desgastante
de tratar de ejercer plenamente sus derechos y cumplir sus obligaciones.
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¿Cuándo llegarán las reformas a nuestros bolsillos? Fuente: google.com |
México sigue siendo
un país de jóvenes, de muchachos que apenas acceden a la edad económicamente
activa y que no se van a conformar, en su mayor parte, simplemente con vivir en
un país que los adultos les entregan con tantas carencias y rezagos y con tan
pocas oportunidades para los recién llegados.
¿Cuál será el
alcance de las reformas? ¿Está nuestro petróleo en riesgo o en efecto será el
detonante de una nueva etapa de desarrollo? Los ojos de un adulto y los ojos de
un joven lo ven de maneras distintas: alguno de los dos tendrá la respuesta
correcta.
rogelio.rios60@gmail.com