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Jóvenes venezolanas se preparan para una protesta callejera. Fuente: Google search. |
Por Rogelio Ríos
Herrán
Los acontecimientos
violentos se precipitan en las calles de Caracas, San Cristóbal y otras ciudades de Venezuela, las imágenes de
la Policía Bolivariana y grupos paramilitares arremetiendo contra los
opositores al Gobierno de Maduro, golpeando a discreción y deteniéndolos para
someterlos a procesos judiciales que no ofrecen garantías de imparcialidad (como
en el caso de Leopoldo López) son cosa ya de todos los días.
La situación
económica del país araucano no tiene un horizonte de mejoría a corto y mediano
plazos, la inflación sigue rampante, el control de cambios causa estragos en las empresas nacionales y foráneas (la
línea aérea Alitalia anunció su próxima suspensión de vuelos a Venezuela, por
ejemplo), el desabasto de productos de primera necesidad es grave.
El sostén del
Presidente Nicolás Maduro y de su Gobierno cada día se reduce más a la mera fuerza
policiaca y militar y paulinamente se sustenta menos en la legitimidad que le
dio su triunfo duramente cuestionado en las urnas en las pasadas elecciones
presidenciales, en las cuales derrotó al candidato opositor Henrique Capriles
por un estrecho margen en medio de acusaciones de haber tomado ventajas
indebidas en la campaña electoral al disponer para sí del aparato mediático
controlado por el Gobierno venezolano, y de prácticamente excluir la imagen de
su contendiente de los medios electrónicos.
Hasta ahora, los
países de América Latina agrupados en organismos internacionales como la OEA y
la Unasur han asumido que siendo el de Maduro un gobierno electo en las urnas,
merece el respaldo de la comunidad internacional a pesar de que Caracas recurre
a la fuerza y a la violencia en contra de sus opositores en niveles que ya han rebasado
el punto crítico.
La mediación
ofrecida recientemente por la Unasur, por ejemplo, para abrir una Mesa de
Diálogo, resultó un fracaso: el Gobierno de Maduro no ha podido convencer a los
opositores de sentarse a dicha Mesa cuando, por un lado, tiende una rama de
olivo para el diálogo pero, por el otro, arrasa en plena madrugada contra los
campamentos de protesta de los opositores en Caracas, y los acusa de tener
armas y divisas en ellos, además de encarcelar a una decena de detenidos.
Es contradictorio,
por decir lo menos, el tono del discurso de Nicolás Maduro y sus funcionarios
de alto nivel cuando hablan de ‘defender la legalidad’ de su Gobierno y de
ofrecer su ‘disposición al diálogo’, pero en sus discursos públicos acusan a
los opositores de intentar un golpe de Estado, de recibir financiamiento
externo y de ser terroristas y delincuentes.
Es prácticamente
imposible para cualquier fuerza opositora venezolana creer que un Gobierno que
les habla en esos términos, que los apalea y encarcela y que permite a grupos
paramilitares asesinar a estudiantes en las calles, tenga realmente disposición
al diálogo; no se puede menos que pensar, en esas circunstancias., que la
invitación a la Mesa de Diálogo suena como a una emboscada ante la dureza del
discurso oficial y la criminalización de la Oposición, como en el caso de las
figuras de Leopoldo López y Corina Machado.
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María Corina Machado, opositora y ex asambleísta depuesta de forma irregular de su curul en la Asamblea Nacional venezolana. Fuente: Google search. |
¿Qué va a hacer
México ante el deterioro acelerado de la situación en Venezuela? La amplia
difusión mediática de las violaciones a los derechos humanos en Venezuela, de
las restricciones a la libertad de expresión, del encarcelamiento sin el debido
proceso a los opositores o su defenestración irregular de la Asamblea Nacional
como en el caso de Corina Machado, no deja lugar a dudas de que la postura
mexicana –compartida con la mayoría de las naciones latinoamericanas- de apoyo
a un Gobierno electo en las urnas y de llamado al diálogo entre las partes en
conflicto ya se ha visto rebasada por las circunstancias.
El dilema para
México en Venezuela es el de seguir o no apoyando formalmente al Gobierno de
Maduro cuando éste no hace caso de los llamados diplomáticos a detener el uso
de métodos violentos en contra de la oposición, garantizar los derechos y
libertades fundamentales a todos los ciudadanos venezolanos y verdaderamente comprometerse
a escuchar a la Oposición y a no criminalizarla, no nada más decirlo de dientes
para afuera.
Por el contrario,
el deterioro de Maduro y la debacle de su legitimidad a cada minuto que aumenta
la violencia en las calles venezolanas podría arrastrar en su caída al
prestigio de los gobiernos latinoamericanos que hasta ahora lo han apoyado en
el plano formal. No se puede ayudar a quien no se ayuda a sí mismo.
Los mexicanos
observan con horror a la distancia, a través de los medios de comunicación, la
violencia con que el Gobierno venezolano trata a los ciudadanos opositores y
las penurias que hace pasar a la población en general en el abasto de alimentos
y por hacerles padecer una inflación tan elevada; no pasará mucho tiempo antes
de que sea la misma sociedad mexicana la que se cuestione si realmente vale la
pena y se justifica que su Gobierno siga apoyando -con el argumento de que se
trata de un Gobierno electo en las urnas- al régimen de Nicolás Maduro: ¿Por
qué comprometer a México con el apoyo a Gobiernos violentos e irrespetuosos de
los derechos humanos?
@rogeliux
rogelio.rios60@gmail.com